Coger, rezar, amar: Mi primer descenso a una Casa Swinger

viernes, 12 de mayo de 2017 11:54

|Regina Mendoza



*Todo lo aquí expresado es responsabilidad de la autora. Lo
s nombres de los personajes fueron cambiados con el afán de preservar su identidad. 

Durante los cinco o diez segundos que duró su orgasmo, el hombre gimió áridamente. Poco a poco, su canto de placer fue cambiando hiperbólicamente hasta culminar en un bramido feroz, similar al que emite una vaquilla masacrada en el matadero. Se reincorporó como quien despierta de una siesta, sin prisa, satisfecho, con los ojos inflados. La mujer sobre la que retozó por espacio de 20 minutos se acomodó la falda —¡Qué cínica bitch! Todos la vimos mientras era trabada— y esperó a que su pareja original terminara con lo suyo; con la elegida de la noche, la novia o esposa del recién despachado, quien, al mismo tiempo, se retiraba el anticonceptivo sin pudor ni liviandad, sin importarle si esparcía su líquido funesto.

Una vez en su mano, sostuvo el látex blancuzco y lo observó durante algunos segundos con mirada de canino rabioso. Cuando su mujer se levantó, también recién cabalgada, le mostró el plástico como si se tratara de un laurel: la satisfacción de triunfar tantas noches entre las plantas de utilería groseras del burdel. Ella observó el galardón, insufrible, y asintió como aprobando la hazaña. Finalmente, el hombre arrojó el globillo a un bote de basura, el contenedor de todos los pecados del mundo. Se enfundó sus pantalones entallados, tomó a su pareja de la mano con una palma teñida del sexo de otra mujer y dejó atrás al hombre que había poseído a su novia, o a su esposa. Nadie se despidió de nadie.


I

La Casa Swinger (CS) podría ser el lugar más ecléctico de la ciudad. Cuando llegamos al congal, escupido en una de esas calles mexicanas de las que sabes que saldrás con algo de menos (dignidad, dinero, agallas), un reloj descompuesto palpitaba las 12:46. El cadenero, un calamar gigante hecho hombre, nos recibió en el portón que apestaba a chocolate por las fábricas de golosinas aledañas. Él tomaba Jarritos amarillo: esa fue la primera decepción de la noche. La segunda fue la cortina improvisada, una bolsa de basura negra que pretendía cubrir la ventana de uno de los cuartos del averno: todo un clásico. Y la tercera fue que Federico y yo, más que ser recibidos como pornstars, fuimos cambiados de identidad por un número: “¿Son la pareja 23?”, preguntó el hombre de la papada infinita. En realidad éramos la 37.

Cuando Priscila llegó para acompañar a Joaquín a cruzar el umbral, formamos un cuarteto un tanto patético: Era obvio que éramos unos novatos, los recién paridos del rito del intercambio de parejas en la CDMX. Yo estaba nerviosa, el porno en vivo me atraía, la perversión sin censura. Antes de entrar me confesé a mí misma que era voyerista. ¡Qué alivio!

Nos recibieron dos mujeres, no recuerdo ni qué dijeron ni cómo se llamaban. Creo que una se recibía el nombre artístico de Hannah Baker (neta), pero no puse demasiada atención. Estaba distraída con sus senos e intentando descifrar el tipo de depilación que habían solicitado para sus áreas de bikini. Pensé que mis chichis descubiertas no estaban tan mal en comparación con aquellas. Regresé de mi reflexión cuando una dijo con mucha seriedad: "La primera regla es que no es no". Claro, qué oportuno, y sí es sí. Como parte de nuestra novatada, nos dieron un recorrido precoz y breve por el lugar. La decoración neobarroca, naquísima, se volvía más espeluznante conforme ingresábamos a un nuevo cuarto.

Basta saber que la santísima trinidad de la CS está conformada por el infierno, el océano y el edén. El infierno sí era el infierno, el océano era océano por el olor salado que despedía —obra de las mil venidas— y el edén nos quedó mal: las hojas verdes, plastificadas y sucias decepcionarían absolutamente a Adán y mucho más a la pervertida de Eva (otra bitch). Nada te incitaba a pecar.

II
Trepamos por un túnel hechizo de cartón, frente a nosotros se manifestó la pista del lugar, el escenario del erotismo. Qué equivocados estábamos. Llegamos a la hora precisa del show inicial, donde un hombre presentó a todo el elenco con un micrófono de diadema del siglo pasado. A falta de bebida empezamos a fumar con nerviosismo. “¿Y si nos escogen a nosotras?”, soltó Priscila. Federico, por su parte, insistía en que le cambiara el lugar: ”No quiero que me caigan mecos”. Yo ya estaba en trance.

De pronto el Chabelo de los swingers anunció la llegada del stripper más querido de la casa, el desnudista ‘doble’ de Alejandro Fernández pero ‘superdotado’. Priscila y yo coincidimos en que no estaba mal, pero cuando empezó a hacer playback de una canción cursi supimos lo que era un verdadero turndown. Dos afortunadas (o no) fueron seleccionadas para desvestir al charro de la zona conurbada de la ciudad: él le quitó la blusa y el sostén a una de ellas, la más adulta, y los tres terminaron haciendo un baile humillante. Todo tristísimo hasta que Fernández se dio la vuelta para mostrar su virilidad completa. No conozco al verdadero intérprete, pero supuse que este gemelo sí estaba mucho más dotado. Priscila y yo reaccionamos como adolescentes que nunca habían visto un pito en sus vidas.

Para ese momento ya todos se habían percatado de nuestra inexperiencia, era obvio que éramos los más jóvenes de la sala y que nunca habíamos puesto un pie ahí. Y al final resultó que también fuimos los menos lujuriosos, pues cuando Ale Fernández empezó a hacer marranadas con otra de las animadoras sobre una cama cuadricular a un costado de la pista, yo le apreté la pierna a Priscila y después a Federico. Era real, lo estaban haciendo. Estaban cogiendo frente a mis narices por primera vez en mi vida. Mi iniciación como voyerista. Pris solicitó mis lentes de inmediato para poder ver mejor la penetración. Una vez terminado el embate, el animador invitó a tres parejas a una “fiesta privada” con Hannah Baker. Al final los siete individuos terminaron en el cuadrilátero depravado haciéndose de todo unos a los otros: mamadas, penetraciones, toqueteos que no alcanzaba a distinguir. Imaginé a muchos hombres que podrían hacerlo mejor. Entonces solté la primera risilla de nervios de la noche.

La pornografía me había engañado durante tantos años. Gracias a Dios,  Priscila sugirió que fuéramos por unos drinks: “Vamos por chupe pero ya”. Yo me paré en chinga, “me tengo que poner hasta la madre si queremos aguantar esto”, le dije. Pero lo peor aún no llegaba, como a Dante, nos faltaban algunos círculos infernales. Esa noche nos perdimos la pelea del Canelo, pero vimos otro tipo de combate sobre un cuadrilátero más conciliador, con muchos más madrazos.



III

Acabó el show y la barahúnda salió despavorida, corriendo hasta la cogida prometida. ¿Monogamia? Jamás. Bajamos nuevamente para rellenar nuestros vasos con un chupe baratísimo. Difícil hacer una elección sin pensar en la cruda o en el vómito. ¿Vodka, tequila de 70 lanas o Bacardí?: Claro que opté por quien fue mi más fiel compañero de la noche. La única relación que tuve fue con mi vaso de cuba, con coca (cola) sin gas. Nadie nos había preparado para las tantísimas perversiones que habríamos de presenciar, así que ingresamos a la primera sala muy dispuestos: el infierno.

En sus entrañas no hacía calor, solamente producía un bochorno que nunca se me fue por ver a tantas parejas teniendo sexo a poca distancia de nosotros. Priscila, Joaquín y yo nos sentamos en un sillón rojo, a un metro de separación de una de las dos camas del salón de fuego, queríamos tener una vista perfecta de un señor que tenía su rostro oculto en la entrepierna de su mujer. Trabajaba arduamente, sólo se distinguía su “coronilla de fraile”, como la definió Pris. Cuando el franciscano suspendió su descenso al agua, volteó para invitarme. Sí, me llamó con su mano. Por supuesto que le dije que no, pero añadí un “gracias” al final. La cortesía debe prevalecer en tierra de swingers. No es que me halagara su solicitud, pero no me quería presentar como una observadora frígida: “ojalá que nadie piense que no cogemos”, le dije al Joaco. Él me confesó que no estaba nada excitado. Yo un poco, sí. Pero no lo suficiente como para revolcarme con un hombre con alopecia que recién había besado la vagina de una completa desconocida. ¡Qué asco!, ¿cómo saber si ella se la lavó esa mañana?


IV

Después, el océano. En medio del cuarto diminuto había una especie de pecera humana decorada con criaturas marinas que me recordaron a la portada del vinilo La Sinfonía Inconclusa en la Mar, del italiano Piero. Con ese cubetazo de agua pueril se me bajó toda la calentura que pude haber acumulado, que no era mucha y seguía sin ser suficiente. El contenedor tenía una serie de triadas de hoyos: uno, el central, era para el miembro viril (que claramente tenía que estar supererecto) y dos más arriba para los brazos. Federico me había explicado esa tarde que los círculos reciben el nombre de glory holes: hoyos improvisados en las paredes para penetrar a quien sea que esté del otro lado, siempre separados por un muro. Muy berlinés. “Es lo que te decía, por ahí metes el pene y los otros dos pa’ las manos, pa’ agarrarla”, soltó el experto. Sin embargo, en ese gran acuario de mierda los muros eran ventanas, así que sí podías ver a quien te la metía. ¡Aburrido!

Ahí experimenté mi primer ataque de la noche. Un hombre se hacía una paja mientras veía a través del cristal de la pecera, en cuyos adentros una pareja intentaba darle candela. Cometí el error de posicionarme a su lado, absorta en la pareja que no estaba obteniendo ninguna gloria (era obvio, del poseedor apenas se podía apreciar lo que sea que haya tenido entre las piernas: Such a loser) cuando de pronto se dio la vuelta y me acercó su falo —mientras lo seguía amasando—. Fue tan inesperado que di un saltito, estaba en shock, busqué la mano de Priscila y la apreté con fuerza para que saliéramos de ahí. Federico ni siquiera se había percatado del acercamiento y sólo se burló de mí por mi reacción de morrita de secundaria.

La segunda aproximación sucedió segundos después, cuando un sujeto que pasó rozándome con aires de dandy de Chimalhuacán preguntó si podía tocarme. Los dos fuimos corteses, él agregó un “amiga” al inicio y yo un “gracias” al final. Otra vez me había dejado ver como la mujer que menos se acostaba del lugar. Aunque iba únicamente a observar, eso no quitaba que pensaran que yo no usaba el catre sin parar.
El océano me dejó una gran enseñanza: me cagan las mujeres que no gritan mientras las toman.

V
Soda Stereo reza: “Tómate el tiempo en desmenuzarme, entre caníbales”. Y bien podría ser el lema del último cuarto: el edén. Cuando ingresamos yo ya estaba fatigada de ver tanta cogedera, además de sentirme un poco ebria, gracias a Dios. Joaquín seguía sufriendo, repitió nuevamente que no estaba “nada, nada prendido”. Pero a mí no me engañaba, sabía que llegando a su casa se iba a dar grasa él solito.

Cinco o seis parejas se turnaban para usar la cama, el cuadrado asqueroso y sudado que reposaba entre las ramas que tenías que retirar de tu camino para salir del cuartucho. “Apesta a sexo”, comentó Pris, no sé si gustosa o asqueada. Y era cierto, los humos eran tan espesos que podrían navajearse. Ninguna canción de reguetón me había dictado tal perversión. Hombres y mujeres se daban a las parejas de otros hombres y otras mujeres. Al mismo tiempo, por turnos, en catafixia. Daba igual. Lo importante es que todos se revolcaron.

Algunas mujeres gemían honestamente, otras brutalmente. Algunos hombres apenas se movían en compás, otros bombeaban con todas sus fuerzas. Algunos se las cogían de perrito, otros se las sentaban. Combinaciones infinitas. Sexo interminable. Si volteábamos hacia la derecha, una mujer ya estaba practicándole sexo oral a un desconocido. Si volteábamos hacia la izquierda, el señor más viejo del lugar se venía luego de la cabalgata con una jovenzuela: el mejor día de su vida.
La escena más lacerante de la noche fue cuando detectamos, en una esquina oscura, a un hombre gordísimo, con una panza demasiado henchida, sobre la que quizás podría sostener una chela. Intentaba abrirse paso hacia los adentros de una mujer, supongo que era difícil hallar su verga con esa cantidad de masa de por medio. Y eso fue suficiente para mí. 

 “Vámonos ya”, ordenó Pris. Yo no puse objeción alguna en seguirla, no sin antes voltear por última vez al averno, donde una pareja esperaba la llegada de otro dúo con el cual poder cumplir sus necesidades incomprensibles. Al final, cuando salí del túnel de cartón, concluí que no quería tener sexo en algún tiempo y que quería ir por tacos. Pero no de longaniza.


*

regina mendoza -01_1024



TAGS:
REFERENCIAS:
Regina Mendoza

Regina Mendoza


  COMENTARIOS