La biología está detrás de nuestros actos deshonestos

martes, 13 de diciembre de 2016 8:01

|Manuel Gonzalez



La corrupción es una de las peores características de los individuos y nuestra sociedad. Es el enemigo público de los políticos y a la vez el pretexto perfecto para justificar su inoperancia. La corrupción no sólo cuesta millones de dólares al año, desviando dichos fondos de programas fundamentales como la educación, la salud y la búsqueda de la felicidad, es capaz de destruir la cohesión de grandes grupos y enfrentarlos unos con otros.

Esta enfermedad que ha acompañado a las sociedades humanas, por fin encuentra una  explicación.  

Dos estudios publicados este año en revistas de renombre en el campo de la neurociencia por diferentes grupos de expertos de China y en el Reino Unido, llegaron a conclusiones similares sobre la actividad cerebral de una persona al cometer este tipo de episodios y cómo funcionan los cerebros humanos cuando se cometen actos deshonestos.

El primer estudio apareció en septiembre en la publicación especializada Frontiers in Behaviorual Neuroscience. Los expertos del Instituto de Psicología de la Academia de Ciencias de China, comandados por el doctor Li Shu, se enfocaron en una región particular del cerebro, ubicado en la parte inferior izquierda, que se activaba cada vez que las personas toman una decisión sobre cometer un acto ilegal en su beneficio o no.

La parte experimental del tratado, donde participaron una treintena de personas, se llevó a cabo a través de una dinámica particular: una subasta.
Las primeras veces, algunos elegidos podían sobornar al subastador para obtener beneficios. En subastas posteriores, el perdedor de la subasta podía demandar una investigación.

Los elegidos para poder sobornar al subastador, lo hacían cada vez con más descaro en las primeras oportunidades, pero una vez que podían ser descubiertos, dejaban de hacerlo. La parte del cerebro en la que se enfocaron los investigadores asiáticos se activaba cada vez que las personas tomaban la decisión de corromper la subasta.

Cuando reinó la conducta honesta en el evento, la actividad cerebral en dicha región disminuyó considerablemente.
Para Shu y compañía, las “conductas corruptas” se alojan en la zona izquierda del cerebro.
Los investigadores afirman que el cerebro actúa con estímulos concretos y va “aprendiendo” conductas. Lo mismo sucede cuando se cometen actos de corrupción.

Pero hay una serie de factores sociales, biológicos y personales que provocan que la respuesta a los impulsos varíen entre los participantes del proyecto. Por ejemplo, algunos reaccionaron con mayor interés por el dinero cuando la cantidad involucrada en la subasta era mayor.
En cambio, otros reaccionaron de manera opuesta: entre más dinero había involucrado, más “miedo” sentían de ser descubiertos.

El segundo estudio fue realizado por expertos de la University College de Londres. Se publicó el mes pasado en la revista Nature Neruoscience y su principal conclusión es que el cerebro humano puede “acostumbrarse” a la corrupción.
En esta ocasión, los científicos británicos se concentraron en la amígdala cerebral, encargada de regular las emociones de las personas y sus memorias.

En este experimento, los 55 participantes formaron parte de un juego en el que algunos eran tentados para favorecerse económicamente de manera ilegal. El diseño permitía que aquellos que podían sacar una ventaja deshonesta no fueran descubiertos. Este tipo de actos crecían conforme el juego avanzaba. Los favorecidos cada vez intentaban favorecerse más a sí mismos.

La amígdala cerebral, monitoreada a lo largo de todo el juego, se activaba al principio con intensidad, pero con cada nuevo acto corrupto, disminuía hasta volverse casi imperceptible. Los cerebros “se acostumbraron” a cometer ilegalidades, según los científicos. Cada vez había menos consecuencias en las emociones de los involucrados.

La explicación de los expertos británicos es que en una sociedad en la que los actos de corrupción son comunes, las personas –sus amígdalas cerebrales– reaccionan con menor intensidad, generando un círculo vicioso. En las sociedades donde estos actos son sobresalientes, las amígdalas se activan con intensidad y se vuelve difícil que no haya consecuencias.

El siguiente paso, según la comunidad científica, será descubrir si, una vez descubiertas las zonas principales del cerebro que reaccionan ante los actos corruptos, se podrán recetar medicamentos o terapias para modificar este tipo de comportamientos.

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