Esta semana, dado que en breve inicio curso en una otra universidad, decidí reforzar conocimientos y tomar algunos talleres que la institución en la que imparto clases, para reforzar habilidades (sí, estoy “hablando” como de manual).
Estos talleres (webinars, pa’ los cuates) pretenden dar las herramientas necesarias a los docentes, para que sus clases a distancia o en línea, sean funcionales y les permitan continuar sus cursos durante el confinamiento.
Pero, ¡oh, sorpresa!, algunos profesores y profesoras (creo que muchos se refugiaron en las preguntas del y la “valiente” que se aventaron al ruedo) estuvieron haciendo cuestionamientos que solo denotaban que en la vida habían pasado de usar Office. Pero lo peor no fue eso: conforme avanzaba el webinar, eso que molesta tanto a docentes de todos los niveles académicos, nos “aplastó”. Mientras los facilitadores del taller explicaban con el mayor detenimiento cada una de las actividades y las funcionalidades de las aplicaciones, uno de los participantes, cual alumno que llegó tarde a clase sin haber hecho la tarea y que, además, se puso a ver sus mensajes en el teléfono y molestar al de junto, empezó a lanzar preguntas como si no hubiera estado presente durante las dos horas que ya teníamos conectados.
Las preguntas del “compañero” denotaron algo que fue lo que me decidió a escribir al respecto: el analfabetismo digital.
He presentado ejemplos a lo largo de estas semanas que nos remiten a las deficiencias del sistema educativo, pero desde la cara de la moneda que corresponde a los alumnos. Sin embargo, este problema también está presente del lado de los profesores.
Si hablamos de Educación Básica, quienes deciden convertirse en profesores (maestros, como estamos acostumbrados a decirles) son formados en la presencialidad, a pesar de que muchos docentes en el pasado tomaron clases a distancia, como ya lo comentamos. Los esfuerzos gubernamentales por “educar a los educadores” en lo digital han terminado en fracaso y despilfarro. Un ejemplo, de la época del presidente Fox, es Enciclomedia, programa que buscaba entrelazar el programa de estudios, con los libros de texto, la interacción alumno-profesor, con herramientas tecnológicas a las que pocos tenían acceso.
Otro ejemplo, que se acuñó durante el sexenio pasado, es Prende 2.0, que en otras palabras es el Programa de Inclusión Digital. Este, tiene un apartado de Desarrollo Profesional en TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), que permitiría a los docentes acercarse al uso de herramientas y formatos a los que muchos alumnos, se supone, estarían más cercanos a lo que conocen los alumnos.
Sin embargo, como esto no es obligatorio, ni forma parte del plan de estudio para ser Licenciado en Educación Primaria, y tampoco implica un incentivo, pues queda en el cajón de los buenos deseos. Aclaro que esto no significa que no haya educadores dispuestos a aprender y usar estas herramientas; esto sería generalizar, y no se trata de eso.
Entonces, pedirles a los miles y miles de profesores en el país que ajusten su labor a esta nueva forma de enseñar se convierte en un problema, pues no cuentan con la capacitación ni con las herramientas para hacerlo, porque el sistema educativo no “pensó” en eso y está atrasado, obsoleto y rebasado.
En el caso de la Educación Superior, como les comenté en la columna anterior sobre los alumnos, suponemos que todos los profesores tienen acceso a las nuevas tecnologías, y que no tendrían problema alguno para dar sus clases a través de alguna plataforma educativa.
La mayoría de las personas que imparten clases en este nivel no recibieron con una capacitación, a pesar de que es un requisito haber dado clases para obtener un empleo como docente. Es decir, para algunos, la trayectoria profesional fue la llave para acceder a un salón de clases. Pero las cosas están cambiando, particularmente en el tema de la educación en línea.
Algunas universidades privadas, justo porque decidieron incursionar en este sistema formativo, han creado cursos para que sus docentes puedan impartir clases en línea; otras, dejan la decisión a los profesores y, al parecer, estos son los que me tope en el webinar con el que inicié este texto.
Más allá de la crítica al personaje, que da para otra columna, esta emergencia sanitaria nos enfrenta a una realidad que, por décadas, hemos decidido ignorar: un cambio drástico, contundente y necesario de nuestro sistema educativo. Quienes, por las razones que sean, quieren dedicar su vida a la enseñanza tendrían que recibir, a lo largo de su licenciatura o especialidad, una capacitación que abarque, desde el aprendizaje de un idioma hasta el uso de herramientas tecnológicas para impartir clases.
A esto podemos sumar un necesario propedéutico para los docentes universitarios.
Enseñar es una tarea titánica y, muchas veces, poco valorada; por eso, quienes tenemos la fortuna de compartir conocimiento, debemos reivindicar nuestra labor y capacitarnos para estar siempre al día, para que no venga ninguna pandemia, ningún sismo, y nos deje desnudos y sin elementos para defendernos.
“La profesión del educador contribuye más al futuro de la sociedad que cualquier otra profesión”, John Wooden, entrenador de la NCAA.

