
¿Qué misterios esconden las estrellas?
Esta pregunta rondaba en la mente de Annie desde que tuvo uso de razón. Desde pequeña, su madre le enseñó a mirar el cielo nocturno en las noches despejadas. Hace 150 años, no existía tal cosa conocida como contaminación lumínica y cada noche era posible divisar un majestuoso espectáculo en la bóveda celeste: dependiendo de la época del año, un sinfín de astros brillaban sobre el firmamento, despertando la fascinación infantil que guía irremediablemente a todo niño hacia lo desconocido.
Annie Jump Cannon nació en Dover, un pequeño poblado a unos cuantos kilómetros de la línea costera del este de los Estados Unidos, con tardes tibias e inviernos despejados, rodeado de un espeso bosque. Su madre, Mary Jump, tenía tiempo de sobra para alimentar la curiosidad de su hija gracias a la holgura económica de su padre, senador y constructor de barcos en Delaware, la capital del estado.
A los 17 años y contra todo pronóstico, Annie Jump Cannon ingresó al Wellesley College en Massachussets, donde afirmó su pasión por las estrellas y aprendió de mecánica newtoniana, cálculo y biología. Cuatro años más tarde y con un título en física, decidió embarcarse en una aventura por Europa, donde desarrolló un gusto por la fotografía, un arte novedoso en esa época.
Finalmente, Mary Jump falleció en 1894, cuando Annie tenía 31 años. Con una vida por delante, sin ningún compromiso sentimental y nada qué perder, Jump Cannon decidió llamar a una de sus profesoras en Massachussets para solicitar empleo como profesora de física, donde brilló por su dominio del tema.
El nuevo trabajo que tenía frente a sí era abismal: se trataba de recolectar un sinfín de datos de observaciones de estrellas de acuerdo a su espectro. Sin saberlo, Annie fue subcontratada por Pickering en un acto de sexismo y discriminación. El director del Observatorio sabía que la clasificación estelar era poco menos que una labor titánica que pocos científicos y colegas hombres estaban dispuestos a realizar a cambio de un salario bajo y de hacer el trabajo sucio para su investigación, sin obtener siquiera el debido reconocimiento.
A pesar de lo desgastante y mal pagado de su trabajo (ganaban un poco más que las mujeres que laboraban en fábricas), Annie y las demás “Computadoras de Harvard” se mantuvieron clasificando datos de Sol a Sol, durante poco más de tres años, en los que recibieron decenas de críticas desde las posiciones académicas más conservadoras, que argumentaban con fiereza lo absurdo que era tener a un grupo de mujeres laborando en una ciencia dura.
El éxito de su método fue tal, que en 1901 culminó su propia clasificación estelar; sin embargo, la parte más machista y conservadora de Harvard le negó la posibilidad de que la investigación llevara su nombre y su trabajo fue publicado bajo el nombre de “Henry Drapger Catalogue”. No sólo eso, también le negaron el ascenso a astrónoma del Observatorio y se tuvo que conformar con el puesto de conservadora de fotos astronómicas.
Con el tiempo, la clasificación espectral de Harvard se reconoció como invención suya y en la actualidad es la base de la clasificación estelar de uso común en la astronomía. Annie se retiró de los quehaceres científicos en 1940, un año antes de su muerte, pero su legado se mantiene vivo cada vez que alguien levanta la vista sobre su cabeza y, con curiosidad, se hace la misma pregunta que llevó a una niña inquieta a conocer más sobre el misterio que esconden los astros que brillan en lo más oscuro del firmamento.
Referencias:
The Atlantic
Smithsonian Institution Archives

