Día 20: #LosDíasDelEncierro de un mexicano en Madrid

Día 20: #LosDíasDelEncierro de un mexicano en Madrid

Por: Víctor Olivares -

De pronto, los recuerdos de los últimos meses se vuelven lejanos y un tanto ajenos. El hallarnos solos, arrojados a nosotros mismos, puede ser lo más cruel que un confinamiento puede significar...


Día 20: Una luz al final del túnel del #COVID19

Al fin, ayer las cifras de fallecidos con COVID19 que daba el gobierno de España fueron a la baja desde el 24 de marzo. La sensación que me dio leer esto no fue más que de gratitud y una esperanza que, debo decir, pocas veces he experimentado en mi vida.

El simple hecho de saber que menos gente tendrá que morir a causa de este (aún) extraño virus que nos tiene encerrados en casa desde hace tres semanas -y que nos tendrá por al menos tres más- le da a estos días un sentido, y al encierro, uno que a veces no se logra asimilar.

Las cosas no han sido fáciles en España: una media de 900 muertos en la última semana encendió todas las alarmas, y lo que una cifra tan escalofriante como esta impacta en el ánimo no es poco. Hoy ya fueron 637 los muertos, un descenso importante que desde luego quisiéramos todos ver en cero. Pero esto es la realidad y esta trabaja de otra manera, no como una telenovela.

Tres semanas se nos han venido encima con días que se han vivido desde facetas tan disímiles como bares hay en Madrid: aquellos en los que uno no quiere poner un pie afuera de la cama, otros en los que el ejercicio o una buena lectura nos salva, otros donde todo pinta a que será una mierda y un rayo de luz por la ventana nos cambia el panorama, o bien, aquellos que pasan sin memoria alguna.

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La vida misma, condensada, se nos asoma en el encierro para mostrarnos de manera transparente lo que somos en diferentes ámbitos de nuestras vidas, nos guste o no, lo aceptemos o no. 

El hallarnos solos, arrojados a nosotros mismos -sensación insoportable para tantas personas que apenas despiertan comienzan a evadirse- puede ser lo más cruel que un confinamiento puede significar. Evasiones habrá muchas aún en el encierro, pero ninguna tan eficaz para no sentir un hueco en el estómago en algún momento del día. 

La realidad, sin embargo, es que ya pasaron veintiún días desde aquél primer día en que, casi como si fuésemos a entrar a un concurso de Big Brother, muchos tuvimos que confinarnos, y hay que decirlo, algunos -quizá muchos- lo tomamos con cierta expectación sobre lo que podríamos llegar a hacer -y ser- durante la cuarentena; una especie de extraño morbo sobre lo que estaría por venir se cubría de una extraña emoción que, a tres semanas, ya es otra cosa.

Si algo está claro para mi después de este tiempo, es que si bien esto pasará más pronto que tarde, habré sacado algunas lecciones importantes de todo esto, es que no podemos escapar de lo que somos, y la única manera de enfrentarlo, es dialogar con esa parte que muchas veces esquivamos y que nos llega a confrontar con los otros como estrategia cobarde de evasión.

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Tras estos días que parecen meses, cabe decir que la vida no es mejor ni peor, sino que simplemente es, y si la queremos que cambiar, habrá que empezar a dialogar con uno mismo bajo las cuatro paredes. Quizás, una prueba más dura que el mismo coronavirus.

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Día 15: Los recuerdos de hace un par de meses parecen lejanos.

Hoy estaba viendo fotos de mis últimos meses (llevo en Madrid desde septiembre del 2019, es decir, poco más de medio año) y de pronto me pareció que todo lo que viví en este tiempo no hubiera pasado

Las fotos empiezan a parecerme lejanas, por no decir ajenas. Los lugares que aparecen en ellas, de alguna manera, se marchitaron en mi memoria o se arrinconaron en una parte que, de no ser por las fotos, me costaría trabajo recordarlos.

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Una extraña capa de distancia irreconocible ha teñido todo lo que he vivido estos últimos meses desde que llegué a Europa, donde he tenido oportunidad de hacer algunos viajes dentro de España y fuera de ella, a Alemania, Portugal y Suiza, pero pareciera que esto hubiera ocurrido hace algunos años.

El encierro le ha dado una dimensión extraña a mi memoria inmediata. Los días en la cuarentena son irregulares: se hacen largos o cortos, pero algunos llegan a ser tan iguales que el tiempo se vuelve una especie de continuum.

Algo ha pasado con mis recuerdos, algo los ha suspendido y los ha arrinconado de tal manera que de pronto me atrevería a decir que, si bien pasaron, se convirtieron en memorias abarcables en unos cuantos días, saturadas de una melancolía que prefiere pasar de largo para no volverse insoportable.

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¿No será una especie de defensa de mi conciencia para no extrañar esa libertad que ahora mismo muchos añoramos?

Las fotos no mienten: apenas en febrero corría al amanecer viendo los hermosos alpes suizos en Lucerna, en fin de año pude visitar Lisboa y correr 21 KM (la distancia de un medio maratón), una mañana fría y solitaria por su bella costera mientras veía el día aclararse; fui un par de veces a Sevilla y he tenido días llenos de vida en Madrid. Pero todo esto me da la sensación de que no pasó, o que algo en mi recuerdo no lo hace cuajar aún.

Es extraño. Pareciera que mi memoria no quiere hacerme entrañables los momentos que lo fueron para blindarme de una nostalgia inútil en el encierro, o bien, quizá miro con resignación estos días que ya fueron y que pareciera de pronto que no volverán a ser.

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En todo esto, también siento que los meses anteriores a mi llegada a Madrid también se han vuelto difusos.

Me da la impresión que este aislamiento, este pasar de los días monótono y predecible, hace ver ajenos aquellos momentos saturados de lugares, horas y sensaciones. De pronto, nada es lo que parece ser, y bajo el cristal aberrado del recuerdo, quizá nada realmente es como uno cree que fue. 

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Día 12: ¿Es sábado?

Justo hoy aquí se cumplen dos semanas de confinamiento, y los días parecen repetirse uno tras otro de manera cada vez menos extraña, porque mi mente y mi cuerpo comienzan a asimilar esta nueva rutina, más por resignación que por convicción.

¿Es sábado? la verdad es que en uno normal todo esto sería muy diferente.

Hoy, al despertar, no estaba seguro que realmente fuera ese día que tan bien sabe después de un viernes, pero eso aparecía en la pantalla del celular y no tuve más remedio que creerle. 

También hoy, 14 días después, extrañé de manera especial beberme un chai, más por el ritual de irme a sentar a un café a sorber mientras leo algo, que quizá por el sabor de la bebida, que valga decirlo, me resulta disfrutable.

Ahí afuera poco pasa, basta salir al balcón para verse repetir infinitamente la misma escena: personas solitarias con mascarillas cargando la bolsa del súper, perros (¡oh, divino tesoro!) siendo paseados por sus dueños (o por los amigos de los dueños que han solicitado el favor como excusa para salir a dar un pequeño paseo), y algún ruido de sirenas lejano. Nada más.

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¿Cuántos sábados no habría querido poder estar en casa todo el día, tirado en la cama, viendo una película y comiendo? Muchos, seguramente. Pero pocas veces lo hacía, porque solía preferir salirme a correr o a desayunar por ahí, lo que de inmediato desbarataba mi intención de quedarme en casa todo el día. Y la verdad es que, unas vez activo, nunca me arrepentía.

Hoy cambiaría toda mi rutina porque mi deseo es totalmente inverso. Si bien no ha habido un solo día de confinamiento en que me haya quedado en cama todo el día (ni medio, siquiera), el hecho de estar entre estas cuatro paredes se me vuelve una tarea compleja. 

¿Qué no daría por poder salirme a correr temprano, volver a casa, coger un libro e irme a desayunar por ahí? Mucho. Porque los rituales importan, porque quizá somos nuestros rituales.

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Y mañana será domingo, quizá el día más emocionante de todos porque iré al quiosco por mi periódico y de vuelta a casa. Nada más. Pero eso de pronto basta. Salir a caminar unos metros más para comprobar que todo está solitario, que deambulamos algunos por ahí como fantasmas, y que todo esto apenas comienza.

También decidí que mañana aquí no se cocina. Pediré algo a domicilio o bien, escogeré algo de lo que venden preparado en el súper. Necesito que el domingo huela a algo diferente.

Por lo demás, mi bigote (que para quienes no lo sepan, he decidido dejarme crecer durante el confinamiento), sigue su trágico curso.

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Aquí valga decir que Marcel Proust es un monstruo. Al estar leyendo estos días “En busca del tiempo perdido”, no sólo he encontrado brillantes y hermosas descripciones de los sentimientos humanos, sino también muchas que parecen hechas a mi medida, es decir, que podrían describir algún estado de mi alma, no en un momento determinado, sino a lo largo de mi vida. 

Sin duda, “El camino de Swann” es el camino que podría describir varios pasajes de mi vida. Ahí se las dejo, sin spoilers.

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Nos leemos el lunes, bichos confinados.

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Día 10: Hoy entendí que hay cosas que no volverán después del confinamiento. 

Tras suspenderse tres semanas las clases presenciales del máster que estoy cursando en Madrid, las clases en línea continúan, y de momento son un buen espacio para poder ver los rostros de mis compañeros a través de la pantalla e interactuar un poco con ellos.

Sin embargo, esto no se compara con la sensación de entrar al salón, saludarlos, darles la mano o una palmada en el hombro y poder conversar con algunos de ellos mirándolos a los ojos, sintiendo sus expresiones y sus emociones de frente

Tampoco la virtualidad puede reemplazar la sensación de una clase presencial, y probablemente nunca lo hará. En la pantalla se pierden gestos, ambientes, tensiones, complicidades y extrañas revelaciones que suelen surgir en las aulas.

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Extraño un tanto el grupo que entre varios hacíamos para ir a comer juntos a la cafetería de la Facultad de Filosofía y Filología de la Complutense, donde teníamos una mesa más o menos fija donde nos amontonábamos conforme se iban uniendo compañeros, y entre comida, pan y buena conversación, se nos iba el tiempo para entrar a la clase de la tarde.

Es más, extraño al mesero que cuatro días no estaba de humor y uno sí que regularmente nos atendía, y casi estoy seguro que él también nos extraña.

Cosas tan sencillas y hasta ordinarias que los pocos días que llevo de confinamiento aquí en Madrid, me han puesto en una perspectiva un tanto melancólica. 

La facilidad de hacer actividades que parecen rutinarias y que hacemos de manera casi automática de pronto se vuelve algo que añoramos, como el simple hecho de saludar a un compañero, a un profesor o a alguien que conocemos que se nos cruza por ahí. 

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Estar encerrados en casa nos priva de un contacto social que, al menos para mí, es vital y me permite saber quién soy en relación a los demás. 

Porque en sociedad, en nuestros grupos de interacción, ocupamos un lugar -el que sea que ocupemos- y es ahí donde de alguna manera sabemos quienes somos -y también quién no-.

Estos espacios suelen darnos dirección y certezas, y perderlos de pronto puede volverse un tema que genera sensaciones desagradables, e incluso, sentimientos de pérdida. No es para menos.

Ahora entiendo que es importante mantener -más aún en la cuarentena- el contacto con la gente que nos da un lugar o un marco en el que podemos interactuar, generalmente estas personas son nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo o de instituto, los compañeros del equipo deportivo, o bien, de cualquier club del que seamos parte.

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El contacto, la interacción con el otro, creo que son parte fundamental para permanecer sanos mentalmente durante este tiempo, organizar llamadas con nuestros familiares a través de internet, nos ayudará a sentirnos acompañados e incluso, a fortalecer ciertos lazos que a veces descuidamos.

Hace unos días entrevisté a un vecino desde mi balcón y me dijo que, curiosamente, el confinamiento, es decir, este aislamiento, lo había acercado con su familia, lo cual me pareció una paradoja valiosa de todo esto.

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No sé si volveremos a sentarnos en esa mesa esquinada de la cafetería de la facultad -valga decir, la que mejor comida tiene de toda la Ciudad Universitaria, y esto lo puedo afirmar después de haber ido de chismoso a casi todas las demás facultades a probar su comida-, si volveremos a compartir la deliciosa sopa de lentejas que nos servían, el cocido madrileño o el helado de vainilla y chocolate de postre. 

Es probable que esto no vuelva a pasar, pero ahora entiendo que fueron momentos importantes donde pude hacer un vínculo con ellos, y ahí, en ese pequeño espacio donde todos estábamos más o menos apretados por el simple hecho de querer compartir, yo tenía un lugar.

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Se les extraña en presencia, psicoanalistas.

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Día 9: Tips sobre lo que debes y no debes hacer durante el confinamiento (según mi experiencia). Parte 1

Pues lo prometido es deuda.

Ayer les dije que comenzaría a escribir una lista de “Do’s & Doesnt’s” para el confinamiento que a muchos de ustedes en México y otros países de Latinoamérica comenzarán en breve o han empezado desde esta semana, ante la pandemia del coronavirus.

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Antes de soltar los primeros tres “tips” que les daré (también odio la palabra tips), quiero decirles que esto es con base en lo que he vivido durante semana y media de confinamiento aquí en Madrid, desde donde les escribo diario estos #DíasDelEncierro, que parece no tienen fecha de caducidad.

Esta lista no busca que ustedes hagan lo mismo que yo, ni guiarlos por el camino de la verdad ante la angustiante amenaza de un virus que nos ha venido a poner de cabeza a todos, sino, apelando al sentido común y a lo que bien que mal he logrado hacer, sentir y aprender durante estos días de cuarentena, creo que puedo transmitirles de la manera más clara y honesta posible.

Así que, aquí vamos, mis [email protected] [email protected]:

Lo primero que hay que hacer, y lo que probablemente más les va a costar por muchas razones será:

Dormir bien. 

Ya se que es difícil no estar pegado al Whatsapp y al Twitter leyendo sobre el #COVID19 hasta la madrugada para ver cómo va la cifra de contagios y muertes por el mundo, pero esto no sirve de nada y sí afecta mucho a tu sistema nervioso y a todo lo que haces durante el día. Incluso, no dormir bien te baja las defensas y te vuelve más propenso a un contagio (no sólo de coronavirus, sino de cualquier otro virus que ande por ahí).

Por eso, para dormir bien yo (porque tu amigo Víctor soy) te recomiendo:

1. No te desveles (por todo lo que te expliqué en el párrafo anterior).

2. Duerme entre 6 y 8 horas al día, en tu horario habitual, e incluso, si durante la cuarentena puedes reajustar tu horario de sueño a horas más saludables, mucho mejor.

3. Evita las siestas. Sé que tendrás todo el tiempo del mundo para echarte una siestita, pero es probable que esta empiece siendo de 20 minutos y en una semana sea de dos horas, lo que va a trastornar todos tus horarios de sueño.

4. Levántate temprano. Aprovecha el día, haz un calendario de actividades una noche antes, aunque sea muy básico, y procura que tu primera actividad sea algo que te permita activarte y poner tu mente a tono, porque los días en confinamiento no son fáciles, sobre todo después de la semana uno.

Si esperabas que te dijera que podías tirar la hueva todo el día (al fin, mañana habrá tiempo suficiente), lamento decepcionarte. La realidad es que si uno deja que los primeros días las cosas “se vayan dando”, la cuarentena se puede convertir rápidamente en un infiernito.

Sigamos.

La segunda cosa que creo ha sido clave durante los días que llevo de confinamiento aquí en Madrid, sin duda, ha sido comer bien, por lo que -repito-, mi consejo es:

Come bien.

Esto es quizá lo que permitirá que todas las demás actividades que tengas durante la cuarentena se desarrollen de manera adecuada (incluso dormir), por lo que llegó el momento de retomar esos propósitos de enero y entrarle con ganas a las ensaladas, las frutas y las verduras. Igual y hasta salimos de la cuarentena con unos kilos de menos.

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Para esto, considero que es importante:

1. Evita comer por ansiedad. Que no sea la comida tu escape a las horas en que no tienes nada que hacer, ni a los momentos en que te sientas ansioso. Tu cerebro te estará pidiendo cosas que no necesariamente tienes que darle.

2. Respeta tus horas de comida. Procura mantener tus comidas (tres, cuatro, cinco, las que hagas) en tus horarios habituales para que tu organismo no sienta un cambio muy drástico, o incluso, trata de ajustarlas para que sean más ordenadas.

3. Métete a la cocina. Aprende a cocinar algo nuevo, prepárate tu ensalada, todo indica que habrá tiempo para jugarle al chef un rato, quizá sea buen momento para aprender a hacer un platillo durante la cuarentena.

4. Evita los azúcares y los carbohidratos en exceso. Tu cuerpo necesitará menos energía que la habitual, y estos alimentos pueden hacer que tu cuerpo se sienta ansioso o comiences a subir de peso si no logras quemar tu carga calórica durante el día.

La tercera cosa que creo es muuuuuy importante durante estos días es: 

No vivas pegado al celular (o móvil, tío, como dicen aquí).

Quizá una de las cosas que más fuerza de voluntad nos implican hoy en día (estemos confinados o no), pero la realidad es que es necesario hacerlo si queremos mantener una higiene mental suficiente y no volvernos unos verdaderos autómatas todo el día frente a la pantalla. Para esto, aquí algunas cosas que pueden ayudarte a lograr el divorcio voluntario y necesario del celular:

1. Evita (a toda costa) que no sea la primera actividad al despertar. No lo dejes en tu buró sino en un lugar en el que te cueste más trabajo acceder a él. Será difícil pero no imposible. No ciegues a tus ojos con la luz del móvil apenas se abren. Dale chance a tu mente y tu cuerpo de respirar, de estirarse, de pensar en algo más de lo que está ahí afuera (hetéreo, y que probablemente no recordarás en minutos). 

2. Usa el celular para tener comunicación efectiva, no para perderte en la nada. Reduce el tiempo de uso a través de la concientización y la optimización del tiempo que lo ocupas, my friend. No tienes que ver toooodas las Instagram Stories que te pone la aplicación, ni todos los posts de Facebook, ni todo el scrool con el hashtag que es tendencia. De hecho, en realidad, casi todo de eso no lo necesitas, mejor agarra (coge, toma, o como quieras llamarlo) un buen libro, una buena lectura o algo que pueda servirte para darle a tu mente alimento de calidad, no basurita.

3. Destínale tiempos específicos. Quizá sea una buena manera para intentar optimizar el tiempo de uso, es decir, darle 20 minutos por la mañana (después de alguna rutina de ejercicio, mucho mejor), 20 minutos durante la tarde y 20 durante la noche. Quizá eso sea necesario para enterarte de lo que realmente quieres y cruzar palabras con los tuyos.

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La idea de esto es hacer la vida en cuarentena más llevadera, no proponerte un régimen militar para pasar el confinamiento. Sin duda serán días un tanto raros y con momentos de hastío, aburrimiento, pero habrá manera de evitar que estos sean frecuentes, y creo, por lo que he vivido estos días, que estas prácticas pueden ayudar a pasar mejor #LosDíasDelEncierro.

Mañana les paso otros tres.

Buena noche desde Madrid, coronamigos.

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Día 8: Vamos a ponernos “cómodos”, porque #LosDíasDelEncierro van para largo…

Apenas ayer, aquí en Madrid el gobierno anunció que el confinamiento se extendería 15 días más; es decir, que si bien nos va, podremos salir de nuestras casas a retomar nuestras vidas (o al menos a intentarlo) hasta el 12 de abril.

Esta extensión era predecible, por no decir, obvia y necesaria. Todos sabíamos que dado que el pico de contagios en España se alcanzará en un par de semana e incluso más, la medida era algo que se veía venir y es casi un hecho que al menos seguiremos encerrados durante todo abril.

Ante este nuevo panorama, tres semanas se extienden en el horizonte, quijotescas e infinitas, en las que habré de buscar variantes a lo que he venido haciendo desde hace poco más de una semana, que de pronto se torna monótono. Es la realidad.

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Si bien en México el confinamiento comenzará -muy probablemente- en las próximas semanas, parece complicado que se logre una cuarentena como la que se vive en Europa, ya que -de entrada- la economía mexicana funciona diferente… Basta ver que más de la mitad de la población económicamente activa en el país trabaja de manera informal; es decir, vive al día, por lo que será casi imposible paralizar al país.

Pero con estos días de “avanzada” que llevamos en España y otros países europeos, sin duda, los mexicanos que decidan encerrarse en casa pueden tener una buena lista de “DO’S & DONT’S” durante la cuarentena, ya que parece que nos hemos encargado -sin quererlo- de ser una especie de laboratorio para lo que les espera a millones de personas del otro lado del charco en las próximas semanas y meses.

Así, con diez días de confinamiento a mis espaldas, me autonombraré “voz autorizada” para elaborar una lista de las cosas que uno debe y no debe hacer durante la cuarentena (desde mi experiencia personalísima y subjetivísma), de acuerdo a lo que he podido vivir durante #LosDíasdelEncierro hasta ahora aquí en Madrid.

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Porque no es lo mismo el Día 1 al Día 8 -en verdad os digo-, y aquí la mente juega un papel importante, tanto, que probablemente más de la mitad de las cosas que les aconsejaré a hacer durante el confinamiento tienen relación directa con cuestiones de “higiene mental”. Todo para que en el Día 3 no se sientan como Jack Torrance en The Shining.

Este día no hay taaaaanto que contarles; sin embargo, dadas las circunstancias, siempre es bueno decir y mantener este hábito. Lo que sí puedo decirles es que salir al balcón religiosamente a las 8 de la noche para el #AplausoSanitario se ha convertido en el momento más esperado del día.

En este aplauso de un par de minutos que la sociedad dedica al personal sanitario a modo de homenaje por su profesionalismo y dedicación para atender a los pacientes contagiados de coronavirus, se transmite una vibra especial y se puede reconocer en el otro que sale a aplaudir desde una ventana en el edificio de enfrente o en el balcón contiguo, que todos estamos en el mismo barco, y que habrá que seguir unidos, haciendo lo que nos corresponde, para poder volver salir a la calle a seguir siendo los sujetos anormales y conflictuados -hablo por mi- que seguiremos siendo.

Hasta mañana, bacterias mutantes.

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Día 7: “En busca del tiempo perdido”

Dicen que el sábado y domingo pasados fue fin de semana. La verdad es que, de no haber salido a comprar el periódico al quiosco el domingo, bien pudo haber sido cualquier otro día de los que llevamos encerrados en casa aquí en Madrid.

Debo confesar que desde el sábado he empezado un segundo libro que espero por fin terminar… Porque no es cualquier libro, sino uno que me ha acompañado por ciudades, playas, cafeterías y habitaciones durante al menos dos años, sin que yo haya sido capaz de concentrarme en una lectura que me permita terminarlo.

Me avergüenza un poco decir que se trata de un clásico de la literatura el libro en cuestión, lo que me habría obligado a haberlo terminado en un par de ratos de lectura, o en una semana, a lo mucho. Pero siempre hubo más tiempo y disposición para otras cosas, otras lecturas incluso. 

Por alguna razón o por muchas sinrazones ha sido en estos días en que no he dudado en ponerle punto final a su lectura. 

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Al ser uno de los 5 libros que escogí traerme de México a Madrid en septiembre del 2019, cuando decidí venirme a estudiar el máster que ahora mismo estoy tomando de manera virtual porque cerraron la facultad por el coronavirus, parece que “el destino” (odio esa frase), quería que fuera aquí, en estos días de confinamiento, en los que fuera “en busca del tiempo perdido”.

Y vaya que sí. Y en muchos sentidos. 

De esta manera, el primer volumen de la obra más sublime de Marcel Proust se me presenta ahora como metáfora y como posibilidad, y precisamente, toparme en estos días con este primer tomo de “En busca del tiempo perdido” subtitulado “Por el camino de Swan”, me parece más una de esas extrañas coincidencias de la vida que una casualidad. Que al final casi son lo mismo, sino es que en realidad lo son.

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¿No es acaso el confinamiento -para quienes tenemos esa posibilidad- una buena oportunidad de ir “en busca del tiempo perdido"?

Yo no podría encontrar una mejor manera de aprovechar estos días que intentar, en medio de todo este tiempo disponible, de ir por aquellas (pequeñas) cosas que hemos dejado tiradas o pendientes en nuestro día a día y que con el tiempo se han tornado borrosas o difusas, o bien, se nos han olvidado.

Recuperar el tiempo perdido quizá sea una de las grandes oportunidades que esta pandemia de nombre rimbombante nos pueda dar: desde los afectos familiares, la comunicación con nuestros cercanos y queridos, hasta objetivos que parecían dificultarse por la falta de tiempo.

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Lecturas, cursos, rutinas de ejercicio (las hay por miles en YouTube), proyectos de foto en interiores, clásicos del cine pendientes (o series), contemplar un amanecer o un atardecer, darse el tiempo de preparar una comida mientras se bebe una cerveza o una copa de vino, arreglar el archivo, el álbum de fotos, depurar la ropa, deshacerse de cosas… reinventarse. Esas son tan sólo algunas opciones que nos da el confinamiento por el coronavirus. Cada quien sabrá inventarse la suya -espero-.

Quizás, incluso, este virus nos dé una oportunidad que estamos dejando de ver: salir de nuestras cuevas con nuestras mentes más claras y más fuertes. Eso será decisión de cada uno.

PD: Así va el “bigote”. Les digo que es una desgracia.

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Día 4

He terminado el primer libro que me propuse leer durante el tiempo que llevamos confinados en Madrid.

Al inicio de todo esto (la realidad es que no ha pasado ni una semana pero el tiempo comienza a alargarse de manera extraña y por momentos, compleja) en mi cabeza se metió la optimista idea de leer cuatro libros en lo que de inicios el gobierno español nos dijo que serían 15 días de confinamiento. 

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La realidad es que ahora sabemos que esto no durará menos de un mes, si bien nos va.

Así que las matemáticas han cambiado respecto a los textos que en el horizonte se me presentan como potenciales compañeros de confinamiento, y de una lista original de cuatro libros:

  • Soldados de Salamina, Javier Cercas
  • El arco y la lira, Octavio Paz
  • Noches Blancas, Dostoievski
  • En busca del tiempo perdido, Marcel Proust

He decidido que, de ser un mes de confinamiento, habré de agregar al menos un par de lecturas:

  • Tiempos recios, Mario Vargas Llosa
  • El sueño del príncipe, Dostoievski (sí, amo a Fiodor Mijáilovich)
  • Y algunos fragmentos de poesía de Paz, Chumacero y Pizarnik que me esperan todos los días, pacientes, a que alguna tarde o noche los hojeé para leer algunos de sus maravillosos versos.

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Esto será así, si todo esto termina en un mes (que así sea), por lo que en promedio, tendré que leerme poco más de libro y medio cada cinco días, lo cual, sumado a las lecturas del máster, las revistas y periódicos que se me pegan en alguna salida al supermercado, no está mal.

Sobre todo considerando que la cabeza debe estar ocupada en algo más interesante que stories infinitas de Instagram sin ton ni son. La pantalla apendeja y tengo evidencia.

Hoy terminé Soldados de Salamina del catalán Javier Cercas, del cual rescato una frase de sus últimas páginas que me hizo sentido con los días que vivimos:

"La realidad siempre nos traiciona; lo mejor es no darle tiempo y traicionarla antes a ella (a través del invento)… Seguro que el invento es más real que lo real".

En estos días de irrealidad que vivimos, parece que la realidad nos traiciona; sin embargo, siempre tenemos la opción de inventarnos algo, aún en confinamiento, que pueda ser más real que esta realidad que parece nos rebasa por momentos. 

Los libros serán uno de los mejores cómplices que podremos encontrar en estos días tan irreales, para que cuando todo esto termine, nos ayuden a reconstruir una mejor realidad.

Nos leemos el lunes.

PD: Este remedo de bigote crece despacio, pero crece.

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Día 3

Ha sido un buen día. 

Los vecinos han comenzado a reaccionar ante el encierro y hay quienes han comenzado a colgar algunos mensajes en sus balcones y a intentar buscarse la cara, un gesto que -hay que aceptarlo- en la media de los europeos no la norma, precisamente.

Estas mantas me han hecho caer en cuenta que falta exactamente un mes para mi cumpleaños (19 de abril), y entonces se me ha ocurrido hacer algo en alusión a esto que pueda irse actualizando. Porque bueno, vivimos en tiempo real, eso es innegable. Y mi cumpleaños es una fecha importante -para mí, desde luego-.

“En 30 días cumplo años y quiero irme de fiesta, así que encerráos en casa, [email protected], será el contundente mensaje que lance desde mi palestra personal en castellano castizo, y que mañana comenzaré a trazar en una sábana blanca que he decidido sacrificar para la causa.

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Porque como sabemos, no hay papelerías ni lugares donde ir a conseguir una cartulina y unos colores para hacer algo medianamente decente. Esto será a golpes de lápiz y pluma. Casi como usar cincel para escribir en un cuaderno.

También he decidido comenzar un nuevo proyecto desde mi balcón: entrevistar a algunos de mis vecinos, de los cuales, no conozco a ninguno.

De hecho ya lo comencé: este mediodía que estaba leyendo sentado con la calle en picada a mi izquierda, un vecino que ahora sé se llama Edú (un joven murciano que vive con un amigo en el mismo edificio que yo), asomó a fumar un cigarrillo en el piso superior al mío y alcancé a ver sus piernas en el horizonte. 

No dudé en abordarlo y pedirle me respondiera un par de preguntas, a lo que accedió sin cuestionar siquiera de qué iban. 

Día 20: #LosDíasDelEncierro de un mexicano en Madrid 27

Tenemos ganas de comunicarnos, y así lo confirmé.

De todo lo que me dijo de manera muy maja (amable y agradable), me quedo con una frase que él inició y yo cerré: “el confinamiento me ha acercado con mi familia que está lejos”.

Vaya que sí. Qué bonita sabiduría de una entrevista informal grabada con celular de apenas dos minutos. Pareciera que cuando reposamos la palabra por un tiempo se vuelve más profunda o más cierta, alejada del bullicio cotidiano que la desgasta y nos lleva todo el tiempo a lugares comunes.

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Por último, hice una videollamada con mi abuela en México que hoy cumple 81 años. Ni siquiera me dio tiempo a felicitarla, apenas me vio en la imagen del celular de mi tía, comenzó a llenarme de dulces palabras de abuela. Pepis estuvo a nada de sacarme lágrimas en la pantalla, y yo sólo quería desearle un feliz cumpleaños y decirle que la quiero mucho. Las abuelas siempre sorprenden. Me dijo que haría mole con pollo y arroz. Esto me llenó la boca de lágrimas.

Repito: ha sido un buen día.

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Día 2

Estoy a punto de poner en el pasillo del edificio un letrero para avisarles a los vecinos que puedo pasear a sus perros y hacer el súper por ellos.

Hoy leía en Twitter que el confinamiento nos ha venido a recordar que lo importante de nuestras vidas es poder reunirte con los amigos, salir al cine con tu pareja cualquier tarde, irte a perder por algunas calles… Y es cierto.

Ayer por la noche, cuando aprobaron mi propuesta en este medio para escribir esta especie de diario o anecdotario -que entre otras cosas propuse para poder tener un lugar donde vaciar mis ideas y mantener cierta salud mental a través de la escritura-, sentí un gran alivio que me hizo ver los días por venir con menos hastío y con más confianza.

Esta mañana, aunque tenía pocas ganas, decidí realizar una rutina de ejercicio que encontré en YouTube y, como ocurre casi siempre que uno saca fuerzas para realizar pequeños sacrificios, al final me lo agradecí. El resto de la tarde fue mejor. Tengo claro que mantener una rutina durante estos días será clave para sobrellevar el confinamiento de mejor manera.

La sorpresa grata del día fue la llamada de mamá

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Como si supiera mis horarios, cuando terminó la videoconferencia del máster que tuve por la tarde, mi madre me hizo una llamada que duró al menos media hora y que coincidió con el #AplausoSanitario que se realiza aquí en España:

Todos los días en punto de las ocho de la noche la gente sale a sus balcones, terrazas o ventanas a aplaudir a sus trabajadores sanitarios que atienden a pacientes con COVID-19. Esto, además del reconocimiento que significa para el personal médico, es sin duda el rush de cada día o esa descarga de emociones que uno necesita en situaciones como esta.

Compartirle esas imágenes a mi madre y ver su cara de emoción me hizo extrañarla. Como siempre, preocupada por mí y los días que se viven aquí, me preguntó diez veces y veinte más si no tenía algún síntoma de coronavirus. Imagino que a 10 mil kilómetros de distancia es una reacción normal, y se lo agradezco. Desde luego, le dije que no. Y no le mentí. 

Acaba de ser la cacerolada (o cacerolazo) para exigir al rey emérito Juan Carlos -quien al mismo tiempo (9 de la noche) da un discurso “explicativo” en televisión abierta- para que dé la millonaria “donación” que recibió de Arabia Saudita, a la sanidad pública y con esto se atienda la crisis que enfrenta España por el coronavirus. Menudo “follón” (problema) que trae la monarquía, que por aquí se dice, es el verdadero “corona-virus”.

He decidido que me dejaré crecer el bigote (o los diez pelos que me salen) durante el tiempo que duren #LosDíasDelEncierro. Si no me deportan por coronavirus, será por cumplir con el fenotipo del narcotraficante promedio.

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Hasta mañana.

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Día 1

Estamos en casa encerrados.

El fin de semana ya nos habían dicho que permaneciéramos guardados, pero mucha gente aún andaba en las calles. Hoy ya es diferente.

En el piso, mis compañeros (Audrey y Morgan), ambos franceses, decidieron huir a su país. 

Algo bueno y algo malo hay en esto: estoy solo y estoy solo. Ambas cosas me gustan y me desagradan, aleatoria e invariablemente.

El piso (sí, acá le llaman “pisos” a los “depas”) es para mi, lo cual, al menos en Madrid, es un privilegio de ricos, o prácticamente, de la monarquía. Aquí casi todos los estudiantes vivimos hacinados (un poco exagerado y no) en departamentos con por lo menos cuatro personas y con unas rentas de locos (ya les contaré sobre esto que me parece toda una mafia inmobiliaria).

En fin, así empiezo este anecdotario desde este confinamiento que tiene de cabeza a España y a Europa entera gracias a un virus que todavía no sabemos muy bien que es pero que nos trae “de culo” (así dicen por acá) llamado coronavirus (un nombre muy “güai”, por cierto).

Aquí les dejo mi primer video desde el balcón de mi depa/piso para que me conozcan un poco y le pongan voz y rostro a quien les escribe esto, que podrán seguir en redes con el hashtag #LosDíasDelEncierro.

Serán días cabrones, piensan todos por acá cuando aseguran que serán “acojonantes”. Habrá que buscar la manera de no pasarla tan mal. Si bien suelo ser pesimista, en la adversidad algo que me hace parecer hasta osado.

Por cierto, también les dejo este artículo  que escribí con un compañero del máster (el buen Ricardo Roveta, “Richard” para los cuates), un argentino sextagenario que uno no le calcula más de 50 años. Un tipazo (pese a que es argentino). No, en verdad es un gran tipo, siempre dispuesto a conversar y a dar un buen consejo. 

Le pusimos “Coronavirus: el despliegue del fantasma”, un titulo bastante mamón digno de un artículo escrito por Freud y Einstein, pero bueno, si lo leen es probable que hasta se identifiquen con algunas cosas.

Spoiler alert: La idea central que desarrollamos es que el coronavirus nos hace proyectar angustias, miedos y comportamientos reprimidos al tratarse de una amenaza externa que nos intriga. Hasta ahí lo dejo… 

Un saludo a todos, sin coronavirus… Espero.

Víctor.

Referencias: