Coronavirus: el despliegue del fantasma

Coronavirus: el despliegue del fantasma

Por: Víctor Olivares -

Este virus se ha investido como un significante de muerte enigmático que genera sufrimiento y sentimientos de pérdida en el individuo

TEXTO:  Víctor Olivares (@victorleaks) y Ricardo Roveta (@ricroveta)

Ante la crisis que vivimos por la pandemia del coronavirus, esa palabra que encarna un significante aún misterioso -pese a la gran cantidad de información disponible- y por lo tanto intrigante, nos encontramos frente a un proceso en el que los individuos, ante la impotencia de lo irresuelto y angustiante, encuentran tierra fértil para elaborar y desplegar fantasías apocalípticas “a medida”, que dan como resultado el desdoblamiento y la proyección de las angustias propias a través de un significante de muerte, sufrimiento y pérdida, desde este virus que ha llegado a alterar los conceptos de normalidad en Europa y el mundo.

En ‘El porvenir de una ilusión’, Sigmund Freud señala que “la principal tarea de la cultura, su genuina razón de existir, es protegernos de la naturaleza y de los peligros con que nos amenaza”, como catástrofes y epidemias, además de posibilitarnos la convivencia en sociedad.

Coronavirus: el despliegue del fantasma 1Foto: Europa Press

Estas palabras vertidas por el padre del psicoanálisis en uno de sus textos más luminosos sobre nuestro comportamiento social, resuenan y nos remiten de inmediato a la crisis que atraviesa Europa -y pronto toda América- con el coronavirus, una epidemia que tuvo su origen en la ciudad china de Wuhan y que ha puesto en jaque a países como Italia y España, llegando a cambiar de manera profunda la manera en que nos relacionamos -no sólo con el otro, sino con nosotros mismos-, al poner en el horizonte angustias que yacían contenidas o incluso en el plano de lo inconsciente, y que ahora irrumpen - también- a modo de pandemia por diversos canales para mostrarnos nuestra ‘extimidad’ personal y social.

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Con la amenazante sensación de fatalidad como la principal reacción individual y colectiva de angustia -e hipocondría exacerbada- ante el coronavirus, este virus, más allá de sus características patológicas, se ha investido como un significante de muerte enigmático que genera sufrimiento y sentimientos de pérdida en el individuo, que bien pueden ser reales o justificados (como el caso de la cancelación temporal de la libertad de tránsito en Italia y algunas regiones de España) o en buena medida imaginarios (el fantaseo con la pérdida de la vida a raíz de un eventual contagio, por ejemplo). 

Esta situación ha generado en los sujetos y en el colectivo social, en principio, una angustia deslocalizada y de un grado particular, en razón del marco de incertidumbre y la habilidad de cada individuo para enfrentar la crisis, que muchas veces parte, por ejemplo, de la capacidad de informarse adecuadamente sin caer en la psicosis, promovida no pocas veces desde los mismos medios de comunicación, que ven en la histeria colectiva una oportunidad para llenarse de clics, el principal activo de muchos de ellos.

En este sentido no está de más mencionar que el marco de incertidumbre que genera la pandemia va más allá y toca aspectos clave de la vida en sociedad como la salud, la economía y la política, siendo esta última la más visible y quizá la menos capacitada -al menos ante la evidencia- para poder detener los fantasmas que pululan entre sus gobernados ante la situación de alarma que ya se vive y se palpa desde el confinamiento y las calles vacías.

Ante el escenario de estar expuesto a un peligro incierto como lo es el coronavirus, al ciudadano común se le presenta una angustia inespecífica que, como ya lo vamos viendo, pondrá en juego el despliegue de sus fantasmas o temores más primarios, es decir, aquellos que en su cotidianeidad estaban contenidos e inconscientes, o bien, que estaban buscando una oportunidad para manifestarse.

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Resulta relevante ver la manera en que bajo esta nueva normalidad, estos fantasmas o comportamientos reprimidos, adquieren un nuevo estatus y pasan a ser socialmente aceptados, e incluso, se vuelven hegemónicos. Un nuevo orden donde lo anormal y lo excepcional se vuelve la norma, y que en algunos casos da pie a manifestaciones de rechazo, sectarismo y racismo.

Al colocar a la pandemia del coronavirus como el fantasma que remite a un peligro extraño, intrigante y angustiante, se crea tierra fértil para dar cabida a la manifestación de las angustias propias a través del desplazamiento, la proyección y el desdoblamiento del fantasma personal, y también permite observar a nivel masivo el despliegue de lo individual de cada uno.

Así, el fantasma pone en juego la posibilidad -gracias al pánico social y global- de la aparición por todos lados de individuos que irrumpen investidos de víctimas (para los que el dolor de tripa es síntoma inequívoco de coronavirus), valientes (que desobedecen el confinamiento y se van a la playa), cretinos (que todo lo juzgan y quieren establecer sus reglas únicas -algunos, incluso, incitan a los abrazos), cínicos (que aseguran desear morir sin realmente quererlo) y héroes (aquellos que no lo son pero que necesitan serlo, y muchos que no necesitan predicarlo y generalmente están ahora mismo atendiendo a enfermos en los hospitales).

Es fácil ver aquí, junto al despliegue del fantasma, el despliegue del goce sadomasoquista, alimentado en principio por algunos medios de información y políticos, que a través de mensajes y discursos impregnados de sufrimiento y tragedia, tocan fibras claves del ser humano, cuya tendencia y fascinación por lo apocalíptico es incuestionable a través de la historia.

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En este sadomasoquismo autoinfligido que pone al coronavirus como coartada, y para no dejarlo muy expuesto (porque pese a lo excepcional de la situación, esta patología mental no es bien vista en sociedad), el individuo apela a un Otro salvador, que en este caso puede ser dios, el gobierno o la ciencia, que para terminar con el confinamiento y la cuarentena, podría ser la gran salvadora que nos ponga de vuelta en nuestras complejas normalidades.

Decía Freud que “una de las pocas impresiones gozosas y reconfortantes que se pueden tener de la humanidad es la que ofrece cuando, frente a una catástrofe desatada por los elementos, olvida su rutina cultural, todas sus dificultades y enemistades internas, y se acuerda de la gran tarea común: conservarse contra el poder desigual de la naturaleza”. Veremos si al final el coronavirus nos da esta oportunidad, o bien, nos viene a demostrar que ya nada es igual.

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Víctor Olivares es periodista y editor, ha colaborado en medios como Newsweek en Español y Aristegui Noticias. Actualmente cursa el máster de Psicoanálisis y Teoría de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Ricardo Roveta es médico y psicoanalista con más de 30 años de trayectoria y cursa el máster de Psicoanálisis y Teoría de la Cultura en la UCM.


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