Cuando mi casa se convirtió en salón de clases

Cuando mi casa se convirtió en salón de clases

Por: Licho -

Ser profesor en los tiempos del coronavirus

Cuando decidí dedicarme a la docencia, no pensé en dar clases en línea. Conforme han pasado los años, me ha cruzado por la cabeza ajustar los cursos a la virtualidad, pero siempre hay cosas "más importantes".

En otra faceta de mi vida, mi labor como periodista se ha desarrollado en redacciones digitales, pero que requerían (todavía) que el personal estuviera presente; algo absurdo, porque al final los textos se publican mediante una plataforma a la que se puede acceder desde cualquier lugar. Sin embargo, esto es -entrecomillo- relativamente reciente, pues muchos medios tenían un administrador de contenido que solo funcionaba en la redacción.

Cuando mi casa se convirtió en salón de clases 1Foto: Shutterstock

Pero volviendo a la educación, la modalidad a distancia existe de tiempo atrás. Que, ¿pensaron que es algo de este siglo? Pues no. En el siglo 19, en Estados Unidos y Europa, surgieron los cursos por correspondencia, los cuales podrían ser el antecedente de los tutoriales que muchos consultamos en YouTube, aunque se enfocaban más en que la gente aprendiera un idioma o un oficio. 

Otro ejemplo. En México, en 1945, se fundó el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio. Este organismo se encargó de la capacitación de 100 mil profesores de primaria, y la forma en que lo logró su cometido fue enviando materiales didácticos a 46 centros que estableció en el país. ¿Lo sabían? 

A esto, súmenle las telesecundarias, tan de moda en los últimos años del siglo pasado (ya sé, sonó a que fue hace mucho tiempo), la prepa abierta, y otra aportación mexicana: el Sistema Universidad Abierta, el cual se creó en 1972.

Pero eso que conocemos como educación a distancia y que desde la década pasada ha servido para que cientos de personas cursen un posgrado o una licenciatura, tiene como aliada a la tecnología. Y, aunque parece un asunto bastante sencillo: conectarse a una plataforma de estudio (obviamos que primero hay que tener una conexión a internet y un dispositivo que soporte el funcionamiento de ese software), revisar el material que los profesores comparten para reforzar el aprendizaje (esto puede ser algún documento, libros en línea, clases previamente grabadas), participar en los foros y chats, y subir las tareas, aprender de forma virtual es un "poquito" más complicado.
La última semana, antes de que nos mandarán a casa, nadie (me refiero a los profesores) tenía en mente que tendría que ajustar el contenido de su(s) materias a este modelo educativo. Y es que, a pesar de vivir en un mundo donde la tecnología es la reina, aún nos cuesta trabajo relacionarnos con ella.

Aclaro que no es mi caso, pero tampoco -como mencioné al inicio-, había trasladado mis clases a la virtualidad. Cada vez que lo pensaba, entraba en conflicto, porque las actividades no pueden ser las mismas, ni se necesita estar conectado durante las dos horas que dura la clase presencial, ni nada de eso a lo que estamos habituados.

Cuando mi casa se convirtió en salón de clases 2Foto: Shutterstock

La primera clase, en la sala de mi casa, me vi reflejada en la pantalla de la computadora sin saber exactamente cómo iniciar. Eso fue el martes 17 de marzo, cerca de las ocho de la noche. Casualmente, la materia que imparto a esa hora es sobre periodismo digital

En ese momento, cuando entré a Brightspace (una de las tantas plataformas educativas que se utilizan en todo el mundo), y vi la cara de los alumnos, supe que la tarea sería titánica. Mantener la atención "absoluta" de un grupo dura unos 20 minutos... a partir de eso, quienes impartimos clases a nivel universitario, sabemos que WhatsApp, Facebook o Tinder, nos "robarán" a alumnos. Ahora, imagínense qué puede pasar si estamos en la comodidad de nuestra cama o sala...

Además, hay un factor que no se tomó en cuenta cuando se decidió que las clases seguirían de manera virtual: el dinero. Está claro que muchos estudiantes de educación superior acuden a universidades públicas; sin embargo, quienes lo hacen en una institución privada reclaman a las autoridades de esos centros de estudio que sigan cobrando la misma colegiatura, pues consideran que no se requiere del mismo esfuerzo para impartir las clases a distancia. Y me parece, que ahí está el problema.

Al no conocer cómo funciona un modelo virtual, no podemos dimensionar cuánto tiempo se requiere para preparar una clase o un curso. Es cierto que un programa en línea es más barato que uno presencial, pero eso no significa que su calidad sea inferior. Y esta última apreciación no solo es para los estudiantes; también hay profesores que, al no haber tenido la necesidad de impartir clases de esta manera, no entienden cómo hacerlo y caen en prácticas que provocan que los alumnos (y sus padres) no vean esta modalidad como una opción para estudiar.

En la conferencia mañanera del jueves 16 de abril, el doctor Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud, anunció que la "Jornada de Sana Distancia" se extiende hasta el 30 de mayo, y la semana anterior, el secretario de Educación, Esteban Moctezuma, dijo que las clases en el nivel básico continuarán y que el año escolar no se perderá. Pero, ¿estamos preparados, alumnos y profesores, para trabajar durante todo este tiempo a distancia?

Regresar a la normalidad, lo que eso signifique para cada quien, debe implicar prepararnos para vivir, estudiar y trabajar confinados. El Covid-19, o cualquier otro virus, que afecte la vida como la conocíamos hasta hace tres meses, nos debe obligar a aprender de otra manera, a reorganizar y replantear programas de estudio. 

Quienes nos dedicamos a la educación debemos estar siempre actualizados, y no por la pandemia; tenemos que adaptarnos al entorno, estar a la vanguardia y, sobre todo, para que nadie dude que una clase en línea puede tener la misma calidad que una presencial.

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