Esos locos viejitos

Esos locos viejitos

Por: Violeta Verdú -

Llegó la hora de hacerse cargo de quienes se hicieron cargo de nosotros

Cuando era niña mi papá me cantaba una canción de Joan Manuel Serrat llamada "Esos locos bajitos" (ya sé, ando muy Serrat, cuando por cierto, debería estar un poco más Auté, debido a su tristísima partida). El caso es que es la canción que más me recuerda aquellos años en que todo era fácil, y me la tarareaba prácticamente todo el tiempo: "niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca".

Parece que fue ayer cuando ellos, padres y madres, eran los héroes grandototes que nos cuidaban. Estos días de encierro han sido un catalizador de algo que percibí hace ya un tiempo: ahora me toca a mí hacerme cargo de quienes me criaron y procrearon. Hoy solo tengo a mi madre, pues una muy larga y dolorosa enfermedad me arrebató a mi padre hace quince años; y es ahora, en estos días en que desayunamos, comemos y cenamos miedo, en que más me doy cuenta que los papeles se han cambiado.

Esos locos viejitos 1Foto: Shutterstock

¿Cómo llegó el día tan rápido?, ¿en qué momento me volví responsable de las decisiones importantes de la casa, de la economía familiar?, ¿cómo pudo ser tan implacable el día a día que ahora soy yo quien debe hacerse cargo de mi madre?

No lo digo ni remotamente como una carga, ¡al contrario! Lo digo con toneladas de amor, agradecimiento y con un mucho de nostalgia; porque pienso,  yo que por decisión propia no traje hijos al mundo, cargo ahora con la preocupación tremenda de que ella, mi dulce y envejecida madre respire  o se le pegue algo que me la pudiera arrebatar. Cargo con el mismo pánico de que algo pudiera pasarme y yo que soy su única hija, le haga falta. Y es ahí cuando de verdad se toca el miedo.

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Se me ha pasado volando la vida, no me di cuenta en qué momento fui yo la responsable de cuidarla, pedirle que se cuide, de ver por ella; pasa, sencillamente, que no me di cuenta y que me posee un tremendo sentimiento de vulnerabilidad la idea de que no pueda amarla, cuidarla y protegerla como ella hizo conmigo.

La piel de mi madre dice una cosa pero su espíritu dice otro, eso sí: su espíritu está intacto. Casi ocho décadas no bastan para que en estos días de encierro siga tan activa como siempre: trabajando, de un lado para otro, cocinando, haciendo cosas, y negándose a que el ánimo decaiga a pesar de que literal, pareciera caerse el mundo. Y yo la veo y la admiro y tal como ella seguramente sufrió conmigo en su momento, sufro y pido (no estoy muy segura qué o quien) porque nada la lastime, porque nada le falte, e incluso, me atrevo a pedir desde lo más infantil de mi alma, que sea eterna.

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Pero no, no son eternos. Nuestros héroes están envejeciendo y hoy nos toca a nosotros ponernos la capa. Armarnos de paciencia. Explicarles una y mil veces que ese audio de Whatsapp no es verdad, y  cuando la paciencia se nos pandee, toca pensar que ellos nos explicaron una y mil veces cómo aprender a controlar los esfínteres. Toca ponerles Netflix, explicarles hasta respirar hondo cómo se usa el celular. Toca ser pacientes y estar a la altura de lo que nos dieron.  Pero en mi caso (porque pues no, no todos los padres son buenos ni ejemplares), y en muchos otros casos, se los debemos. Toca hacerse cargo. Toca quererlos, y toca agradecer infinitamente la gran fortuna que tenemos de que sigan con nosotros nuestros locos viejitos. 

¡FELICES PASOS!

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