La otra pandemia

La otra pandemia

Por: Violeta Verdú -

Caímos en le peor de los agujeros al creer que nuestra verdad es la única y es absoluta

La otra pandemia 1Foto: Shutterstock

                                                 "Todo aquel que no piensa como yo, es un pendejo".  

Todo el que no le reza a mi Dios, no le va a mi equipo de futbol, no tiene mis mismos ideales políticos,  no le gusta la música que oigo y no alcaliniza su cuerpo como yo lo hago -y como indican claramente las instrucciones del sitio web que yo sigo- cada mañana. Todo aquel que no haga mi rutina de ejercicios, no disfrute con el arte que yo disfruto y no crea que mi comida favorita es la mejor del mundo, merece la horca.

De por sí ya éramos necios y ahora, entre al era digital y el fácil acceso a la información, la vida moderna se ha encargado de hacernos caer en la más grande trampa de la historia. Ahora, basta con que tengamos una idea para que de inmediato el algoritmo empiece a trabajar en función de la misma y nos haga creer que sí, que somos tan listos y perfectos, que todo aquello que pasa por nuestra mente, es verdad.

Opiniones distintas siempre ha habido, claro está; y gente fundamentalista también; solo que ahora, tengo la sensación de que la brecha se ha abierto de tal modo que pareciera imposible la convivencia con todo aquel que tenga ideas distintas a las nuestras. Antes el fanatismo existía en los estadios de futbol, o en las congregaciones religiosas pero hoy, el fanatismo está presente prácticamente en todo.

Leía el otro día sobre  el llamado "Efecto Dunning Kruger" , que es el fenómeno, o el rasgo de personalidad que se da en las persona que cuando menos saben, más creen saber de algo. Y no sé si les pase, pero durante estos días de encierro, además de lo surrealista que resulta de por sí estar encerrados como en una película de ciencia ficción, resulta aún más inverosímil ver la oleada de noticias falsas y actitudes absolutamente incomprensibles por parte de grupos de personas que creen saberlo todo o tener la razón.

El problema, claro, no es la información que llega a nosotros -de hacerle caso a mi Whatsapp familiar no me daría la vida para hacer gárgaras de cloro, rezar una novena, remojarme hora y media en vinagre, hacer buches de agua tibia oxigenada cada veinte minutos, cambiar las cebollas de la superficie de la cocina tres veces al día y un largo etcétera de noticias que circulan a toda velocidad - sino de tener la mínima capacidad para cuestionarme si todo aquello que llega a mí es verdad o mentira.

La otra pandemia, la que lleva años atacándonos y ahora la era digital es esa trampa en la que todos sin excepción hemos caído: creer que tenemos la razón. El problema, claro, es que cuando de un equipo de futbol o de preferencias musicales se trata, la cosa no pasa a mayores; pero cuando hay una crisis de salud mundial, y llevamos tiempo creyendo que somos los dueños de la verdad absoluta, la cosa cambia porque nuestra cerrazón y necedad nos expone a todos.

Hay gente en las calles -me contaba un amigo que un grupo de personas quitó las tiras de seguridad que se colocaron en un parque para seguir haciendo su vida normal-, hay quienes además creen que es "cool" salir a comprar pizza contagiados, o incluso en un principio hubo quien, a pesar de ver venir la ola de frío, insistía en que la gente debía abrazarse. Ejemplos sobran y todos hemos visto con asombro cómo una mujer ataca a las autoridades, como un paciente infectado escupe al personal médico, o cómo los uniformados ahora sufren discriminación por parte de la ciudadanía. Todo porque estamos absolutamente convencidos de que tenemos la razón.

Fue el algoritmo, las redes sociales, el siglo XXI, la velocidad a la que va el mundo, fue una trampa alenígena... no lo sé, pero caímos en le peor de los agujeros al creer que nuestra verdad es la única y es absoluta. Como decía, el fanatismo ha sido una piedra en el zapato a lo largo de la historia, pero ahora que somos tantos y que el mundo está cambiando de una forma que ignoramos, esta brecha ideológica se puede convertir en nuestro peor enemigo.

Muchos no van a cambiar, pero quienes se sepan seres imperfectos - como esta que les escribe- tenemos la obligación de plantearnos si las ideas que tienen amueblada nuestra mente son absolutas e inamovibles verdades; tal vez no sea tiempo de querer ganar todas las batallas, tal vez sea momento de dejar descansar al ego y pensar que ahora es cuando nos toca, a pesar de la distancia, estar más unidos que nunca, y no querer, por encima de todo, tener la razón.

                                                                                                           ¡FELICES PASOS !

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