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OPINION

Mujeres trans en los baños públicos: el falso dilema

Por: Láurel Miranda18 de abril de 2022

Poner a discusión si las personas trans podemos ingresar a baños públicos según el género con el que nos identificamos es ya en sí mismo violento, pero debido a que vivimos en una sociedad transfóbica, tomemos el tiempo para desmantelar las principales (e infundadas) preocupaciones.

La cada vez mayor visibilidad que adquirimos las personas trans en la sociedad no es indicativo de que nuestra identidad de género sea una moda, sino de la larga lucha que por nuestros derechos más básicos hemos emprendido desde hace décadas. Mientras el acceso a la salud, el trabajo y la educación siguen siendo temas sin resolver para nuestras poblaciones, grupos conservadores ponen al centro de la discusión dos temas con los que consiguen despertar los prejuicios y estigmas más profundos de una sociedad transfóbica: hablo del acceso de las mujeres trans a los deportes y a los baños públicos. Ya antes he mostrado las falacias en las que se sustenta la negativa a la que las mujeres trans podamos participar en competencias deportivas según el género con el que nos identificamos; hoy toca el turno de hablar de los baños.

Empecemos por atender la más conocida preocupación de los grupos transfóbicos: permitir que las mujeres trans ingresen a los baños de mujeres deja expuestas a mujeres cisgénero y a infancias a posibles ataques de depredadores sexuales. Pues bien, el 23 de julio de 2018 se publicó el primer estudio que analizaba el posible vínculo entre las políticas de inclusión trans en baños públicos y la seguridad en dichos espacios: ¿el resultado? no hay tal relación.

Así lo demuestra el estudio publicado por el Instituto Williams de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Para llegar a dicha conclusión, el equipo comandado por Amira Hasenbush analizó lo ocurrido en baños públicos de Massachusetts, donde al momento de realizar el estudio algunos baños tenían políticas transincluyentes, mientras que otros no. Tras el análisis de los informes policiales sobre agresiones y violaciones en baños públicos antes y después de la entrada en vigor, en 2016, de las leyes antidiscriminación, es posible observar que la tasa de incidentes no incrementó.

Sin embargo, lo que sí demostró el estudio es que un 70% de las personas trans han enfrentado acoso verbal y agresiones físicas al momento de intentar acceder a baños públicos. De ahí que sean tan importantes las leyes antidiscriminación que garanticen el acceso a las personas trans a los baños según el género con el que se identifican.

Ahora pasemos a otras dos afirmaciones muy utilizadas para discriminar a las personas trans. Una es esgrimida por feministas transexcluyentes y es la siguiente: las mujeres hemos conquistado nuestros propios espacios; que “los trans” busquen los suyos propios. La otra es esgrimida por hombres machistas transfóbicos: no me sentiría seguro dejando ir a mi esposa o a mi hija a un baño donde sé que pueden entrar “hombres vestidos de mujer”.

He decidido aglutinar ambas afirmaciones por dos razones. La primera, mostrar que los polos se tocan: las TERF y los machos no son sino dos caras de la misma moneda. La segunda es porque las dos aseveraciones se desmoronan en cuanto revisamos un poco sobre la historia de la separación por sexo/género de los baños públicos y es que ésta no ocurrió ni como una conquista de espacios por parte de mujeres cisgénero ni como una manera de protegerlas de posibles agresiones por parte de los hombres.

Los primeros baños separados por sexo/género se establecieron en París en el siglo XVIII, sin embargo esto no ocurrió en América, sino hasta fines del siglo XVIII, con la llegada de las mujeres a los espacios de trabajo. ¿Y saben cuál fue la razón? Bueno, más que por protección y seguridad de las mujeres, se designó un baño para ellas en tanto que históricamente se había considerado que su lugar no era otro sino “el hogar”; de ahí que al ingresar al mercado laboral, y para tranquilizar la masculinidad frágil de los hombres, se consideró necesario que ellas/nosotras tuviéramos nuestro propio baño.

“Se podría pensar que tiene mucho sentido que los baños estén separados por sexo porque hay diferencias biológicas básicas. No hay nada más equivocado”, dice Terry Kogan, profesor de derecho en la Universidad de Utah y quien ha realizado una extensa investigación sobre la división de los baños por sexo.

Sin embargo, algo hay de cierto en la aseveración de los machos: y es que los baños públicos separados por sexo se crearon no tanto para la protección de las mujeres ante posibles agresiones sexuales por parte de hombres, sino por una misógina y absurda razón vigente hasta nuestros días (y apoyada en gran medida por las TERF): las mujeres son inherentemente más débiles y necesitan protección ante lo difícil que es la esfera pública.

A pesar de que a lo largo de las últimas décadas se ha luchado por la igualdad de género, la división de baños por sexo aún continúa… y en muchas ocasiones no es nada justa para las mujeres, cuyos baños se limitan a cierto número de inodoros, en tanto los de hombres incluyen no sólo la misma cantidad de inodoros sino también urinales que les permiten un mayor desplazamiento y una menor espera.

De hecho, es por la razón anterior (y no por la existencia de las personas trans) que ha habido esfuerzos por implementar baños de género neutro o, cuando menos, garantizar que haya más inodoros para las mujeres en sus propios baños. Así, en 1987, California firmó la Ley de Equidad en los Baños, con el fin de que los nuevos proyectos públicos incluyeran más baños para mujeres. Otras ciudades de Estados Unidos fueron adoptando esta medida pero, en general, aún hay renuencia a emplear baños de género neutro… y aunque el movimiento para impulsar este tipo de espacios comenzó principalmente en universidades y colegios, ahora legisladores conservadores en Estados Unidos (y en otros países del mundo) instrumentalizan las identidades trans para reafirmar su negativa.

Los esfuerzos de políticos transfóbicos por discriminar y segregar a las personas trans han ido en aumento desde 2014, cuando Texas y varios otros estados presentaron proyectos de ley de “vigilancia de baños”, con el objetivo de que las personas trans empleen los baños acordes a su género de nacimiento.

Aunque entiendo que la historia de discriminación y violencias que hemos enfrentado la población afroamericana y la población trans tiene sus propios caminos y particularidades, es imposible hablar de la discriminación de las personas trans en los baños públicos y no pensar en aquel horrible episodio de la historia de Estados Unidos en la que grupos de supremacistas blancos exigían que la población afrodescendiente tuviera su propio espacio (ya no sólo en la esfera pública, sino incluso en las casas donde trabajaban en condiciones de por sí infrahumanas).

Quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Los 11 feminicidios que diariamente enfrentamos en México son muestra de que en el país vivimos una alta violencia misógina y feminicida, pero tampoco podemos olvidar que es éste país el segundo con mayor número de transfeminicidios en todo el mundo. Es absurdo pensar que los feminicidas y violadores se toman el tiempo para “vestirse de mujeres” y así violentar a las mujeres en los baños públicos. Esos criminales ni fingen ni piden permiso. Dejen de creer en la falsa narrativa de Vestida para matar que no hace otra cosa sino estigmatizar y humillar a las personas trans.


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