Razones de Einstein, Nietzsche y Marx por las que viajar es la mejor forma de explotar la creatividad

Martes, 23 de agosto de 2016 8:03

|Alejandro López




fuego fogata

El movimiento es una característica innata del cosmos. Para Heráclito, el fuego era la representación perfecta del cambio como única constante y ley en el Universo. La transformación parece ser la naturaleza de todas las cosas, la condición a través de la cual tiempo y espacio se conjugan y toman sentido. A lo largo de la historia, el hombre se ha formado a razón y medida de su movimiento.

Para los primeros humanos, el mundo no era más que un espacio de Tierra delimitado por cuánto podían recorrer. En busca de alimentos y las condiciones necesarias para la subsistencia, nuestros antepasados iban de un lado a otro de las antípodas del mundo que conocían, de la minúscula proporción del planeta que se puede recorrer a pie. No tenían la oportunidad de entender que más allá había otros territorios con climas, habitantes, flora y fauna distintos a todo lo que conocían.

greek sunrise

La navegación inauguró una nueva época en el pensamiento humano. Los griegos y fenicios se lanzaron por primera vez a la exploración marítima y aprovecharon las indómitas aguas que antes separaban a civilizaciones para tener una visión más completa del mundo. La visión del azul del Mediterráneo tragándose la tierra firme desde la distancia y otras embarcaciones que poco a poco se hunden en el horizonte en altamar del geógrafo Estrabón, describe el conocimiento de la redondez de la Tierra, el miedo y la fascinación de lo maravilloso de recorrer el mundo y sus misterios desde la época de los relatos homéricos, especialmente la "Odisea", que inspiró a miles de hombres a enfrentarse a territorios desconocidos. Miles de años después, Darwin viajó en barco a un archipiélago remoto en busca de las respuestas para saciar su curiosidad sobre el origen de las especies y ahí encontró las pistas e inspiración necesarias para comprender la evolución de la vida.

Nietzsche era un asiduo aficionado a los paseos. El alemán pasaba más de 6 horas diarias caminando, solía recorrer el sureste de Suiza cuando, agobiado de la vida académica de Basilea, se refugiaba en su casa de Sils-Maria. Ahí, a orillas de los lagos de Engadina, entre un azul impoluto, el verde perpetuo del paisaje y las cumbres nevadas, brotaron los aforismos iniciales de sus grandes obras, ahí encontró las montañas donde Zaratrustra se refugió en su retiro.

Nietzsche suiza

Lo mismo Marx, quien no olvidaba cargar con su libreta durante los paseos vespertinos para apuntar aquellas ideas que sólo nacen en movimiento y desarrollarlas con la tranquilidad de casa. El economista más lúcido de todos los tiempos tomaba nota de sus pensamientos más relevantes y volvía a casa para escribir durante toda la noche, cuando las ideas y el frío viento que golpeaba en su cara aún se mantenían presentes.

La teoría más revolucionaria del movimiento nació a partir de un viaje en bicicleta. Era el transporte favorito de Einstein durante su estancia en Berna como oficial de patentes a principios del siglo XX.


El físico gustaba de moverse con velocidad por las angostas calles de la Ciudad Vieja de Berna, el casco histórico que deja constancia de la Edad Media. El alemán contaba con un portentoso desarrollo matemático, fruto de sus estudios en el Politécnico de Zurich que desarrolló junto con su esposa Mileva y a los que pensaba darle forma a través de pequeños escritos.

Teoría de la Relatividad

Einstein imaginaba a Newton y el fantástico mito de la epifanía de la manzana que cayó del árbol como motor de la gravitación universal: la aparición de las leyes del movimiento a partir de la pasividad del británico (que según su biógrafo, William Stukeley, se hallaba sentado en estado contemplativo debajo de un árbol) es una gran historia; sin embargo, Einstein forjó su propio destino y mientras pedaleaba con velocidad, se preguntó si las personas en la calle que quedaban detrás muy rápidamente, los árboles que dejaba en el camino a media distancia y las montañas que resguardaban la ciudad a lo lejos, eran puntos que percibían su viaje de manera distinta, de la misma forma que él los veía moverse a distintas velocidades: entonces nació la teoría de la relatividad. 

conan doyle bicicleta  bradbury bicicleta

El principio de su teoría está en la máxima de que el espacio y el tiempo se unen en un sólo entramado, que puede variar tanto como la velocidad de desplazamiento del observador lo permita. Bajo esta lógica, la novela de Joyce, "Ulises", recorre Dublín en 18 horas y 260 mil páginas. Otra observadora de apellido Woolf, atenta y perspicaz, sometió el tiempo a su pluma pero a una mayor velocidad y con una cuarta parte de palabras, llevó a "Orlando" a través de cuatro siglos de historia del Reino Unido.

Dublin viajes

 
Tolstói, H. G. Wells, Henry Miller y Arthur Conan Doyle también utilizaron los viajes en bicicleta como inspiración para sus obras, además de usar el vehículo ocasionalmente como medio de transporte. Mientras Hemingway escribió una descripción vívida de la lucha encarnizada entre un viejo y un pez espada o el ambiente festivo de Pamplona y París gracias a su fascinación por los viajes, Bradbury fue aún más lejos y plasmó un futuro distópico con los relatos de lluvias suaves y atardeceres marcianos más emotivos de la literatura.

Los viajes abren la mente. Sin importar el destino, la duración o el medio de transporte, recorrer trayectos mantiene al cuerpo en movimiento y al pensamiento renovado. Las ideas fluyen y se aventuran en travesías impensadas antes de salir a explorar, de entrar en contacto con el mundo exterior y experimentar dosis de adrenalina e imaginación. Los paseos elevan el espíritu, aumentan la voluntad y rompen con el status quo, cuestionando lo establecido: son motor de la creatividad humana.


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Editor de Historia y Ciencia
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