El día que Isaac Asimov confesó su idolatría a Carl Sagan

Viernes, 24 de noviembre de 2017 11:21

|Alejandro López

"Sólo una cosa del libro me puso nervioso: era demasiado evidente que usted es más listo que yo. Odio eso”, escribió Asimov a un joven Sagan



La ciencia ficción sólo es la faceta más conocida de Asimov, aquélla que le llevó a convertirse en un referente de las historias de una civilización que se enfrentaba a un futuro donde los robots convivían cotidianamente con los humanos. Las decenas de best sellers que inspiraron películas y formaron a toda una generación de nuevos seguidores del género son apenas un detalle en el lienzo que forma la complejidad de la obra y pensamiento del polímata ruso:


Desde la historia de la química a la de Estados Unidos, desde la Guerra Civil hasta la Primera Guerra Mundial, pasando por un detallado ensayo sobre la fotosíntesis, la historia de los números o el estudio del Antiguo Egipto y la Alta Edad Media, la capacidad divulgativa del científico y su pasión por el conocimiento no tenían comparación, al menos no mientras estuvo vivo.



Sin embargo, algo cambió en el momento en que Asimov deslizó sus dedos hoja por hoja a través de La conexión cósmica (1973), un ensayo divulgativo sobre las posibilidades de vida extraterrestre que llegó a sus manos el mismo año de su publicación. El autor (hasta entonces poco conocido fuera del espectro especializado) era un tal Carl Sagan, profesor de Cornell y astrofísico neoyorquino.


A pesar de que se habían conocido 13 años antes (1960), no fue hasta que terminó de leer el primer libro de Sagan que llegó a sus manos, que el autor de Yo, Robot (1950) se hizo una opinión sobre el astrofísico y también divulgador de la ciencia:


«Visualizaba a Sagan como una persona mayor (el estereotipo de un astrónomo y su telescopio), pero en su lugar me encontré con un hombre joven, guapo de 27 años; alto, moreno, elocuente y absoluta e increíblemente inteligente».



A partir de entonces, comenzó una amistad que se extendió por más de dos décadas hasta la muerte del genio de la ciencia ficción, quien nada más terminar de leer el texto de Sagan, decidió escribir una apresurada carta para contar cuán agridulce había sido su experiencia:


«Acabo de terminar La conexión cósmica y amé cada palabra de él. Usted es mi idea de un buen escritor porque tiene un estilo no amañado y cuando lo leo, siento que está hablando. Sólo una cosa del libro me puso nervioso: era demasiado evidente que usted es más listo que yo. Odio eso».


La correspondencia y amistad entre ambos se mantuvo unida, tanto por su pasión por la investigación científica y la enseñanzas, como por el inmenso esfuerzo de ambos por divulgar la ciencia de una forma amena sin perder el rigor requerido. Finalmente, el último polímata falleció en 1992 y Sagan encontraría el mismo final cuatro años más tarde, dejando un vacío que poco a poco fue suplido por jóvenes que habían sido inspirados por la obra de ambos, los dos divulgadores científicos más prominentes de la historia.



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Alejandro López

Alejandro López


Editor de Historia y Ciencia
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