¿Qué probabilidad real hay de que estemos solos en el Universo?

viernes, 24 de marzo de 2017 11:05

|alejandro lopez



Según la aproximación más reciente del Telescopio Espacial Hubble –el instrumento más sofisticado jamás creado por el hombre–, el total de galaxias que existen, al menos en el Universo observable, oscila entre 100 y 200 billones. Atendiendo a este número, el cálculo más conservador sobre la cantidad de estrellas que habitan el cosmos equivale a 700 cuatrillones (un 7 acompañado de 26 ceros). 

Entre tantas galaxias, un sinfín de estrellas de distintos tamaños, temperaturas y colores rigen sistemas armónicos, tal y como lo hace la nuestra en el Sistema Solar. Entre esa exorbitante cantidad de estrellas, una pequeña fracción tiene la suerte de mantener orbitando alrededor de sí a mundos tan distintos como misteriosos.

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En el vecindario cósmico del que somos parte, el Sol no sólo ejerce una influencia gravitatoria definitiva sobre nuestro mundo, la Tierra; también mantiene a otros 7 planetas girando alrededor de sí: algunos pequeños, rocosos y calientes, otros más enormes, gaseosos y fríos, pero ninguno con la capacidad de albergar vida como (en palabras de Sagan), el pequeño punto azul pálido al que pertenecemos.

Se estima que por cada estrella en el Universo, existen 1.6 planetas. 
Ante cifras tan sobrecogedoras, imposibles siquiera de imaginar con cualquier objeto cuantificable en una escala humana,

¿Cuál es la probabilidad de que estemos solos en el Universo? ¿Qué oportunidad existe de confirmar que hay otros seres ahí afuera que se hacen la misma pregunta una y otra vez, sin obtener una respuesta certera?


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A pesar de las distintas teorías que intentan arrojar una respuesta convincente, existe un principio especialmente útil para tratar de resolverlo. Su origen data de hace más de 500 años y más que un entramado de cálculos y teoría, es una poderosa idea que moldeó al mundo tal y como lo conocemos en la actualidad. 

Durante el Medievo, la producción cultural y científica de Europa fluyó en un solo sentido. Si bien cada explicación medianamente satisfactoria abría la puerta a un sinfín de nuevas preguntas, la respuesta general para justificar cada cerrojo o traba era sólo una y no podía fallar: Dios. Como si se tratara de un comodín, la idea de un ser supremo se apoderó del terreno de todo lo inescrutable y funcionó respondiendo a la curiosidad humana de entonces.

El modelo geocéntrico: ¿Realmente somos los únicos?

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Las ideas de Ptolomeo (astrónomo y matemático egipcio nacido en el año I d.C.) sobre el orden de los astros que inquietaron al hombre desde tiempos inmemoriales, fueron tomadas como verdad por cuanto coincidían con la noción de divinidad y unicidad de la época. Ptolomeo sistematizó una idea que afirmaba la Tierra era el centro de todo lo conocido (y por conocer), pensada mucho antes por distintas civilizaciones de la Antigüedad, conocida como geocentrismo.

Para Ptolomeo, el Sol, la Luna y los demás planetas entonces conocidos orbitaban a la Tierra. No sólo eso: el tercer planeta con respecto al astro rey era ubicado en el centro del Universo, como el principio del que todo partía. No se trata de un sesgo de la época, sino de la base de un pensamiento ideal que compartió la mitología católica con un sinfín de versiones antiguas de la creación y el orden del mundo, incluido el pensamiento cosmológico aristotélico.


¿Qué tiene que ver esto con la posibilidad de vida extraterrestre?


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Resulta imposible reducir el geocentrismo a un simple error de un estado menos avanzado de las ciencias, o bien, a una explicación ingenua del orden y lugar que ocupa cada astro conocido en el Universo. En realidad, el pensamiento geocentrista responde a una estructura particular del cosmos: al mismo tiempo que la Tierra se ubica en el centro del sistema, ocupa un espacio privilegiado. Todos los astros conocidos giran en torno a sí.

La posición privilegiada que ocupa el planeta conlleva un ciclo eterno sobre el cual todo está condenado a girar. Se trata de un modelo elegante que dota a nuestro mundo de una singularidad especial frente al resto del Universo, funcional para explicar la peculiaridad que significa la raza humana, incapaz de encontrar en la faz de la Tierra (y el resto del cosmos) una criatura similar en inteligencia y capacidades para competir por la supremacía en el planeta.


Tal principio reinó durante siglos y sus postulados fueron incontestables hasta 1543, fecha de publicación de "De revolutionibus orbium coelestium" (Sobre los giros celestes). El desarrollo teórico de Copérnico causó un partaeaguas no sólo en la astronomía y el entendimiento del cosmos, también en el rumbo del pensamiento en Occidente.

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El Principio Copernicano


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Este principio afirma que la Tierra no ocupa ningún sitio privilegiado en el Universo. Tal declaración no sólo llegó a echar por tierra la tradición geocéntrica. La teoría propuesta rescataba la tradición heliocéntrica olvidada a lo largo de la historia, también (y sobre todo) suponía un cambio tan radical como realista: mientras Copérnico negaba que la Tierra fuera el centro del Universo y colocaba al Sol como el foco del Sistema Solar, un sinfín de idealizaciones depositadas en los distintos credos, el antropocentrismo exagerado y sobre todo, la búsqueda incesante de un carácter divino y especial de la raza humana se caían a pedazos.

Pensar en la Tierra como un ente errante, tal y como los demás planetas del Sistema Solar, era una afrenta al sistema de creencias sobre el que se había construido la singularidad del ser humano. Imaginar que el Sol no era único y que más allá de su dominio existían miles, tal vez millones de estrellas con condiciones similares a la estrella adorada por las distintas civilizaciones antiguas, sólo podía significar una cosa: Ni el hombre, ni la Tierra representan singularidad alguna en el Universo.

¿Qué hay de todas esas estrellas y de los planetas rocosos, justo como el nuestro, que giran en torno a ellas?


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¿Qué de esos cuatrillones de mundos que esperan a ser descubiertos y de los seres inteligentes que podrían cuestionarse nuestra existencia ahora mismo? ¿Qué con los billones de galaxias más allá de la Vía Láctea?

Tal planteamiento nos remite a la pregunta primigenia: 
¿Estamos solos en el Universo? Hasta el momento, es imposible responder con exactitud científica, pero sin duda, el mejor camino para empezar a dilucidar una posible respuesta, es partir de la lógica del Principio copernicano. 



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Referencias:

Zorzano, Javier, "El Modelo Standard. Pilares básicos de la Cosmología", Septiembre 2008.

Velázquez Fernández, Héctor, "Finalidad y principio antrópico. Entre la filosofía y la ciencia".



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