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El experimento monstruoso: cuando se torturó a 22 niños en nombre de la ciencia

Tecnología El experimento monstruoso: cuando se torturó a 22 niños en nombre de la ciencia

«Me convertí en un patólogo del lenguaje, porque necesitaba uno,» dijo Wendell Johnson quien a pesar de conocer los pesares de tartamudear, se lo provocó a varios niños pequeños.

Por cada hallazgo científico que favorece a la humanidad, siempre hay más de un experimento que tuvo grandes y terribles consecuencias para unos cuantos. 

La pregunta sobre el valor de una vida sobre miles más está latente en la medicina y la labor de investigación. La pregunta trasciende el plano académico y podemos observarla en videojuegos y películas por igual, en las que dramatizan la supervivencia de una persona que tal vez es la cura para la humanidad, pero que debe perder su vida para salvar al resto. 

Si bien en las películas siempre suele haber alguna respuesta que complazca a todos los espectadores, en la vida real más de un investigador ha realizado su experimentación justificando los medios, o bien, sin la consciencia de las consecuencias de su experimento. 

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Ese es el caso de Wendell Johnson, un investigador de la Universidad de Iowa interesado en los problemas de dicción, en particular el tartamudismo. Inspirado en su propia experiencia de joven, comenzó a idear una forma de probar que una vida complicada y llena de abusos verbales podía tener un efecto en el habla de los jóvenes. 

En su historia de vida, cuenta que no tenía ningún problema de dicción hasta sus seis años, cuando un profesor le indicó a sus padres que estaba desarrollando un tartamudeo. La obsesión que devino de tal comentario hizo que el autoestima de Johnson bajara, su seguridad en sus palabras y pronunciación disminuyó y entonces, en efecto, comenzó a repetir palabras y tartamudear. 

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Ésta era la base para su experimento monstruoso: la idea de que los problemas de dicción se originaban por la influencia externa, que era una conducta que se aprendía y por lo tanto, podría olvidarse. Ésta probaría ser una idea revolucionaria para Johnson y su tiempo, puesto que se creía que las patologías del lenguaje ocurrían por motivos fisiológicos; en otras palabras, creían que las señales del cerebro estaban bloqueadas o mal dirigidas. 

Esta concepción de las señales cerebrales también produjo otros experimentos como enyesar las manos dominantes, electrochoques, pruebas de sangre y un sinfín de cosas más para probarlo. Los investigadores de la Universidad solían ser los sujetos de prueba —pues varios sufrían algún tipo de patología—, no obstante, para probar su hipótesis, Johnson no podía utilizar a sus compañeros investigadores, sino que necesitaba de dos tipos de participantes: un grupo de control con niños sin ninguna patología, así como otro con niños tartamudos. 

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Con la ayuda de Mary Tudor, una estudiante de posgrado de psicología clínica y el acuerdo que tenían con el orfanato de Davenport, Iowa, reclutaron a 22 niños: 10 con problemas de dicción y 11 sin ellos.

Los 10 niños con tartamudeo se dividieron en dos grupos: al grupo IA se les diría que no tartamudeaban y su dicción estaba bien. El grupo IB sería el grupo control y a ellos les repetiría que su dicción era tan mala como otras personas lo decían. 

Respecto a los 12 niños sin problemas de dicción, 6 pertenecieron al grupo IIA, a los cuales les harían creer que su dicción era mala y comenzaban a tartamudear. Los niños restantes correspondían al IIB, ellos recibirían elogios por su buena enunciación. 

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El grupo IIA, el de aquellos niños sin problemas de dicción a los que les hicieron creer que sí los tenían, eventualmente comenzaron a mostrar signos propios de alguien que tartamudeaba y se avergonzaba de su habla. La mayoría se volvieron más callados y tímidos, aunque esto no necesariamente probaba que el tartamudeo clínico podía provocarse por un estímulo y reforzamiento. En su tesis, Tudor explicó. 

«Todos los niños en este grupo [Grupo IIA] mostraron cambios de comportamiento evidentes, estábamos en la dirección de los tipos de reacciones inhibidas, sensitivas y avergonzadas mostradas por muchos adultos tartamudos cuando reaccionan a su dicción. Había una tendencia a que se convirtieran menos habladores». 

Este grupo de niños muchos años después impondría una demanda en contra de la Universidad y el Estado de Iowa por los daños provocados. Esto después de que la tesis de Tudor saliera a la luz y quedara en el completo olvido, dado que le habían recordado a Johnson que la publicación de tal estudio podría dañar su reputación de forma irreparable. No obstante, no era un estudio desconocido, los expertos lo conocían y le dieron el nombre de monster study, es decir, experimento monstruoso. 

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La calidad de monstruoso lo obtuvo por el simple hecho que ponía en riesgo a varios niños sin problemas de dicción, sin la consciencia de que esto podría revertirse u olvidarse, asimismo recordaba a los estudios realizados en la Alemania nazi, en la que realizaron terribles experimentos en los judíos cautivos, la comparación era fácil de realizar cuando los sujetos de experimento eran niños huérfanos. 

No obstante, la premisa de Johnson y Tudor fue falsa y lo que lograron probar es que lo único que podía reforzarse era el comportamiento nervioso de un tartamudo. En el grupo IIA, dos niños mejoraron su dicción y su fluidez. En el grupo IA —tartamudos que les decían que su dicción era buena—, sólo 2 mejoraron, 2 empeoraron en su fluidez y otro no tuvo cambios.  

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«Creo que un jurado estará de acuerdo que aunque la dicción de estas personas no fue arruinada exactamente, sus vidas sí lo fueron. Kathryn Meacham se ha pensado a sí misma como un fenómeno toda su vida. Aún odia hablar, excepto con su familia y unas cuantas personas en su Iglesia. Es una mujer muy, muy triste». 

Esa es la declaración de Evan Douthit, el abogado representante de los demandantes. Engloba el sentir en torno a este experimento. Si bien sus resultados no son tan trágicos como algunas personas aseveran, las implicaciones de experimentar sin el conocimiento ni consentimiento de los sujetos de experimentación pueden ser para toda la vida. 


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