Tecnofobia: la perturbadora historia detrás de los hombres que destruían máquinas

Jueves, 2 de noviembre de 2017 11:10

|Alejandro López

¿Pánico a la tecnología o enemigos del progreso? Durante siglos, los obreros que destrozaban máquinas fueron considerados salvajes por desconocimiento a las causas que les llevaron a actuar violentamente.



Las fábricas textiles y las mineras no eran las mismas que unos años antes. La introducción de telares, máquinas cavadoras y extractoras provocó un aumento de la productividad sin igual en la historia de la humanidad. En menos de una generación, fue posible extraer dos veces más rápido y procesar la misma cantidad de algodón con un hombre que décadas atrás con 20 trabajadores.


La Revolución Industrial estaba en marcha en el Reino Unido, mientras más de 12 mil soldados y oficiales eran desplegados a York, Lancashire, Nottinghamshire y otros condados ingleses ante una amenaza que se multiplicaba como plaga ante los ojos de los incrédulos: los luditas.



Mejor conocidos como los destructores de máquinas, miles de trabajadores y obreros se agolpaban afuera de grandes talleres y fábricas para entrar violentamente y destruir a golpes de martillo las máquinas más sofisticadas que el progreso tecnológico había concebido hasta entonces.


Mientras la gente de a pie solía respaldar estas manifestaciones de odio, en el discurso oficial la ofensa hacia la sociedad civil no tenía perdón. Las cartas al Parlamento británico desde todo el territorio pidiendo una intervención violenta contra los que creaban disturbios pronto surtieron efecto y decenas fueron condenados a la horca, desterrados y asesinados en defensa de las máquinas.


A más de dos siglos de distancia, una versión simplona de los hechos apunta a que se trató del nacimiento de la tecnofobia, el miedo incontrolable e irracional a la tecnología; sin embargo, esta explicación es poco menos que convincente. Entonces, ¿cuál era el móvil real de estas acciones?



Eric Hobsbawm identifica al menos dos tipos de destrucción de máquinas que dan cuenta de la naturaleza real del conflicto: el primero, como una estrategia laboral para forzar a los patrones a mejorar las condiciones generales del trabajo. Esta acción no sólo involucraba máquinas, también materias primas, productos acabados, otros medios de producción e incluso bienes personales.


«A menos de que nos demos cuenta que la base de este poder residía en la destrucción de máquinas, los disturbios y la destrucción de la propiedad en general (en términos modernos, sabotaje y acción directa), no comprenderemos nada acerca de ellos».


Lo mismo funcionaba la quema de maquinaria de cantera, la destrucción de las correas de los telares o hacer arder el carbón y dejarlo inutilizable, se trataba de –en palabras de Hobsabwm– un método de «negociación colectiva mediante disturbios», una resistencia efectiva basada en la acción que fungía de contrapeso obrero ante los efectos del fencing, las leyes de pobres y un intrincado proceso de pocos siglos que daba como resultado la creación de “hombres libres” sin más que su fuerza de trabajo para subsistir.



«En ningunos de estos casos se trataba de hostilidad a las máquinas en sí mismas. La destrucción era simplemente una técnica sindical en el periodo anterior a la Revolución Industrial, y durante sus primeras fases».


También se trataba de un mecanismo efectivo para asegurarse de que el movimiento mantenía una sola dirección sumando a su fuerza, evitando negociaciones externas o la presencia de esquiroles que mermaban la protesta inicial. Al destruir las máquinas, el grueso de los obreros se aseguraban de que, al menos por un tiempo, la fábrica o el centro de trabajo estuviera inutilizable, pero...


¿Por qué los trabajadores destruían máquinas?



Más allá del mito de la tecnofobia o de la negación del progreso, el segundo tipo de destrucción de máquinas descrito por Hobsbawm es la clave para responder a esta cuestión:


Para un obrero del siglo XVIII no era necesario saber de progreso técnico, transformaciones en las relaciones sociales de producción ni conocer de la composición orgánica de capital: apenas hacía falta mirar al día a día para entender que, en ocasiones, una máquina era una afrenta directa a sus intereses, compartidos con miles de su clase. Resultaba evidente que la introducción de un telar que permitía a un solo hombre realizar el trabajo de 20 personas era una amenaza que atentaba contra las ya pobres condiciones del trabajador de a pie, que sería desempleado y sin medio alguno de subsistencia, formaría parte del enorme ejército industrial de reserva que infestó las calles de Inglaterra durante el siglo XVIII y XIX.



El motivo resulta aun más evidente cuando se rastrean las distintas industrias que presentaron el mayor número de disturbios luditas. En casos como el de la impresión, donde la llegada de prensas automáticas no mermó el número de obreros empleados y facilitó la elaboración del trabajo, no hay registro alguno de la destrucción de este tipo de máquinas especializadas.


«Su objetivo era el mismo, controlar el mercado de trabajo. Y a la inversa, cuando el cambio no desfavorecía a los trabajadores en absoluto, no hallamos especial hostilidad hacia las máquinas».


Lo que aparentemente se manifestaba como un odio incomprensible hacia las máquinas, era en realidad una respuesta primigenia a las condiciones que el incipiente capitalismo industrial ejercía sobre los obreros. Se trataba de una acción focalizada hacia el orden económico, no hacia la tecnología ni el progreso técnico, pues éstas no tienen un carácter por sí mismas, sólo sirven a quien desarrolla el conocimiento en una sociedad determinada.


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Alejandro López

Alejandro López


Editor de Historia y Ciencia
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