Las nuevas costumbres de los simios explican la evolución de los humanos

Martes, 7 de noviembre de 2017 17:46

|Diego Cera

A pesar de que muchas personas niegan rotundamente la "teoría de la evolución", estos simios hacen aún más evidente el origen que compartimos con ellos.


«¡Yo no soy de la evolución! ¡Yo no soy pariente del mono!»



Hace algunos años el mundo conoció a Nezareth Casti Rey, mejor conocido como "El Niño Predicador". En una serie de videos disponibles en YouTube, el joven —que en ese tiempo tenía 12 años— se rebelaba públicamente en contra de las teorías evolutivas que aseguran que el hombre y los chimpancés actuales son parientes lejanos, descendientes de un ancestro común. Dentro de su furioso discurso arremetía en contra de «hombrecitos mentirosos, sabelotodo, inventores de falacias», que se incluían en los libros de texto. Sobra decir que muchos nos reímos hasta el cansancio de este infante presuntamente iluminado. Sin embargo, pocos se percataron de que su pensamiento viene de siglos atrás, del V específicamente, en donde Dios era el centro del Universo y de él provenían todas las criaturas que habitan en nuestro planeta, tal y como las conocemos, incluidos simios y hombres.



¿Cómo es que este modelo teocéntrico tan propio de la Edad Media prevalece hasta nuestros días? Sencillo, la respuesta está en nuestra natural necesidad de creer que existe algo más grande que nosotros, una fuerza que gobierna el Cosmos y todo lo que existe en él, incluyéndonos a nosotros mismos. Simplemente nos negamos a pensar en que esa fuerza sea la naturaleza, misma que a pesar de ser creadora se encuentra a nuestro mismo nivel. Por lo tanto es inaceptable que algo tan simple o vulgar como para estar al mismo nivel que el ser humano no pudo haber creado el Universo, o bien, habernos hecho llegar hasta aquí. Sin embargo, debido a las conductas que algunos de nuestros presuntos parientes biológicos han presentado en los últimos años, los postulados expuestos por Charles Darwin en 1859 no parecen tan descabellados.



No es que los monos estén creando una sociedad secreta en las montañas como en la última entrega de el Planeta de los simios, no obstante, están presentando conductas que al menos hace unos años no habían sido documentadas. A pesar de que se tenía conocimiento de su sistema de comunicación e incluso de sus complejas jerarquías sociales. Hasta ahora no se había presentado algo como lo que un grupo de científicos registró en un clan de macacos en Singapur.



Es un hecho que el despiojamiento es para casi todas las especie de primates una manera de establecer vínculos afectivos e incluso jerárquicas; todo el tiempo que pasan realizando esta actividad (que puede extenderse por horas) es esencial para que los miembros de una manada se conozcan entre sí.


No obstante, lejos de todo interés de socializar con sus congéneres, dicha actividad ha pasado a ser —al menos en la comunidad de macacos ya mencionada— una especie de moneda que puede cambiarse por alimentos o por bienes de otra índole, siendo el sexo una de las más socorridas. El investigador Michael Gumert, de la Universidad Tecnológica de Nanyang, reveló que cada hembra tiene sexo de 1 a 4 veces al día dependiendo de las ocaciones que es acicalada por los machos y de cuánto tiempo es que pasan sus compañeros quitándoles los piojos.



Algo similar pasa con algunos chimpancés del África Occidental, que además de cambiar pedazos de carne por otros bienes, también han desarrollados una serie de rituales con rocas que, según un grupo de ochenta científicos, liderados por Hjalmar S. Kuhl y Ammie K. Kalan, podrían demostrar los indicios de una noción primitiva de la religión en estas especies. Las rocas elegidas se depositan en los huecos de algunos árboles antes seleccionados a través de marcas en sus troncos, lo cual figura posteriormente como una especie de santuario. Sin embargo, a pesar de todas las pruebas que se puedan tener acerca de esta conducta, hablar de proto-ritualismo es aún un asunto apresurado, pues se sabe que muchas crías adoptan una rama como si ésta fuese su muñeca y no la sueltan hasta que son suficientemente maduras.



Cualquiera que sea el caso, no hay duda de que estas conductas nos hacen volver la vista y darnos cuenta de que, más allá de códigos genéticos, compartimos más de lo que creemos con algunos primates y que sin importar la naturaleza de nuestras creencias, tarde o temprano, todos los credos y todos los agnósticos deberán ponerse de acuerdo en cuanto a nuestro origen se refiere.


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Diego Cera

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