El peligro científico del machismo: "¿Por qué las mujeres son tan malas para la ciencia?"
Tecnología

El peligro científico del machismo: "¿Por qué las mujeres son tan malas para la ciencia?"

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Por: Alejandro I. López

28 de noviembre, 2016

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Por: Alejandro I. López

28 de noviembre, 2016




La ciencia está lejos de ser perfecta. A pesar de que muchos se esfuercen por dotarla de características ideales y la presenten como la panacea, la realidad es que por sí misma, la producción científica depende en su totalidad de quien la crea.

El mejor método que ha inventado la humanidad para comprender al Universo que le rodea carece de carácter alguno y sirve para los intereses de quien ostente su poder, sea para un fin social enfocado en mejorar la calidad de vida de la humanidad o bien, para objetivos particulares bien definidos: la ciencia es un reflejo de la consciencia de la sociedad que la produce y en el caso del mundo occidental, dista de ser el ideal que se presenta en el imaginario colectivo.

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"¿Por qué las mujeres son tan malas para la ciencia?", es la cuestión sobre la que gira el artículo "Here’s Why There Ought to Be a Cap on Women Studying Science and Maths", una miope y limitada argumentación a favor del machismo y la misoginia en la ciencia del sitio web de noticias Breitbart.

El autor, Milo Yiannopoulos, británico tristemente célebre por su postura conservadora e intolerante ante el feminismo, recoge la opinión de Tim Hunt, Nobel de Medicina en 2001, quien propuso en 2015 durante una conferencia en Corea del Sur que las mujeres fueran segregadas de los laboratorios masculinos porque "pasan tres cosas cuando estás en el laboratorio: te enamoras de ellas, se enamoran de ti y cuando las criticas, lloran".


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Después de subestimar las capacidades intelectuales de las mujeres y ubicarlas por debajo de los hombres en una clara muestra de ignorancia científica y social, Milo finaliza con un pseudoargumento que explica la supuesta tendencia del sexo femenino de abandonar los estudios de ciencias duras. El escritor da un ejemplo sublime de cómo manipular datos a través de un cientificismo sinsentido y llega a la conclusión de que los países a los que llama "female-friendly" tienen tasas bajas de estudiantes femeninas, pues:

"Dadas todas las oportunidades para elegir, las mujeres se niegan obstinadamente a estudiar los temas que a las feministas les gustaría".


Milo continúa describiendo a las mujeres como un "brutal gasto" para el presupuesto de las universidades y afirma que en un ambiente altamente competitivo como el de las ciencias duras, las mujeres "no pueden sobresalir y simplemente deciden cambiar su forma de pensar acerca de lo que quieren en su vida", pues la "naturaleza competitiva de estas materias hace de su estudio poco atractivo para ellas", dado que la mayoría cree que las clases son "demasiado difíciles".

El sitio que reproduce este tipo de contenidos estuvo a cargo de Stephen Bannon hasta agosto, mes en que se dedicó de lleno a la campaña presidencial de Donald Trump. En noviembre y después de conocer el triunfo del republicano, Bannon fue anunciado como parte del gabinete del magnate que llegó sorpresivamente a la Casa Blanca; no obstante, este diario ultraconservador jugó un papel decisivo en la campaña del magnate.



Breitbart, un peligro para la libertad


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Desde que Trump se convirtió en el virtual candidato por el Partido Republicano para las elecciones primarias en los Estados Unidos, el Breitbart pasó de ser un espacio anecdótico del ultraconservadurismo en los Estados Unidos, a convertirse en un líder de opinión de la mano de encabezados como "¿Qué prefiere, un hijo con cáncer o feminista?" que a pesar de sus ideas, encontró apoyo en las mismas personas que ayudaron a materializar el triunfo que parecía imposible.

El problema es que esta opinión no es un caso aislado entre las personas que hacen y enseñan ciencias. Por supuesto, para los científicos que se ocultan como ratones tras un portentoso intelecto, enormes estantes de bibliotecas, aulas, títulos, diplomas y una vida llena de academicismo sin contacto alguno con la realidad, resulta sencillo juzgar desde una posición privilegiada por el mismo sistema, en contraposición de lo que se reproduce en el fondo.


Es irónico que los mismos que se burlan a carcajadas del creacionismo, crean que los discursos de superioridad entre sexos o razas tienen algún margen de aplicación en la realidad.


De nada sirven científicos e investigadores brillantes que al mismo tiempo, son analfabetas funcionales sin ningún grado de consciencia social. Es irónico que los mismos que se burlan a carcajadas del creacionismo, crean que los discursos de superioridad entre sexos o razas tienen algún margen de aplicación en la realidad. O bien, afirmen sin conocimiento de causa que las ciencias sociales no son tan importantes ni tienen la misma trascendencia que las ciencias naturales sólo porque carecen de números o matemáticas avanzadas.

Se trata de la forma de pensar que comparte el lobby de científicos, políticos y especialistas que formarán parte del gabinete de Trump durante los próximos cuatro años. Quizá la mejor respuesta se acerca a la opinión de Neil Degrasse Tyson tras ser cuestionado por Lawrence Summers (político norteamericano y economista jefe del Banco Mundial durante los años noventa) sobre el discreto papel de mujeres en la ciencia:



"Mi experiencia de vida me dice que, cuando no encuentras negros o mujeres en las ciencias, sé que esas fuerzas son reales. Y que tuve que sobrevivirlas para estar aquí hoy. Así que, antes de hablar de diferencias genéticas, hay que encontrar un sistema en el que haya igualdad de oportunidades".

Desde el darwinismo social y hasta los comentarios trasnochados de Summers o Hunt, la ciencia sin un carácter social no vale nada, sólo se convierte en el reflejo de quien la produce y encuentra en ella argumentos para legitimar la superioridad de una raza, sexo o condición humana sobre la otra.

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La respuesta de Degrasse Tyson puede ser incómoda para los think-tanks, políticos, científicos e instituciones que controlan quién y con qué fines hace ciencia alrededor del mundo; sin embargo, se manifiestan verdades como puños en una sociedad cada vez más acomplejada que busca las respuestas desde las preguntas: No es que las mujeres no tengan un papel predominante en la ciencia por falta de capacidades (y los datos lo demuestren), sino que en la mayoría de núcleos científicos –reflejo de la misma sociedad–, existe una arraigada tradición machista que relega a la mujer a un papel secundario como en todo un sinfín de actividades concebidas por default como masculinas, aún más decadentes cuando se intentan legitimar con una teoría pseudocientífica.








Referencias: