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Qué pasa en tu cerebro cuando te enamoras según la ciencia

28 de octubre de 2018

Beatriz Esquivel

La torpeza, la emoción, las manos sudadas y hasta el comportamiento obsesivo compulsivo típicos de cuando estamos enamorados tienen su origen en nuestro cerebro.


El amor está lleno de clichés, muchos provocados por las películas, series y hasta libros. En la literatura hay incontables ejemplos de cómo se puede expresar el amor, sea pasional, fraternal, amistoso o un simple capricho. Por ejemplo, La educación sentimental de Flaubert es uno de los libros más influyentes del siglo XIX en el que a grandes rasgos su protagonista se enamora y desenamora constantemente. Además de contar con el sello característico del autor francés, que se empeñaba en hacer descripciones basados en los preceptos científicos de su tiempo.



La comunión de los sentimientos con la ciencia detrás de ellos, se ha reflejado en distintas expresiones de arte, y es que resulta difícil no buscar las claves detrás de lo que nos hace sentir “bonito” cuando pensamos en esa otra persona, por qué la extrañamos cuando no está, por qué de pronto estamos sonriendo sin darnos cuenta, o por qué nos angustia tanto pensar en nuestra nueva relación y el futuro de ésta.



El misterio de los procesos de nuestro cuerpo y las emociones ha llevado a que los científicos investiguen a fondo qué pasa en nuestro cerebro en todo tipo de escenarios, incluido el enamorarse. Éstas son algunas respuestas:


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El sistema de recompensas


Diversos estudios han relacionado los efectos del amor con los de una droga, no sólo por las hormonas que se liberan, sino por las regiones del cerebro involucradas. Por ejemplo, Lisa Diamond y Janna Dickenson, psicólogas de la Universidad de Utah, encontraron que las dos regiones principales del amor son el área tegmental ventral (ATV), ubicada en el mesencéfalo y que se asocia con «el placer, la atención y la motivación para alcanzar una recompensa» y el núcleo caudado, que detecta las recompensas, así como las expectativas. Ambas regulan la dopamina, es decir el neurotransmisor por excelencia que nos hace sentir bien.




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Nos sentimos muy, muy bien


El sistema de recompensas está basado en la liberación de sustancias como la dopamina, que nos hacen sentir bien cada que conseguimos lo que queremos… o en este caso, cuando vemos o convivimos con esa persona especial. Cuando los niveles altos de dopamina se unen con la producción de norepinefrina o noradrenalina, las personas pueden llegar al punto que no duermen ni comen, ya que éstas previenen la producción de serotonina, misma que está asociada con el apetito y el humor. Así que dos simples sustancias del cuerpo podrían ponernos locos de amor.



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Pero también podemos ser torpes


El cortisol es famoso por ser la hormona del estrés y también la responsable de todas las respuestas “erráticas” de nuestro cuerpo cuando estamos frente la persona que nos gusta, ya sean las manos sudorosas, el corazón agitado y hasta la ansiedad. De acuerdo a un estudio de Harvard:


«Conforme los niveles de cortisol suben, los niveles del neurotransmisor serotonina se acaban. Los niveles bajos de serotonina precipitan lo que Schwartz describió como los “pensamientos intrusivos y preocupantes, esperanzas y terrores del amor temprano”, los comportamientos obsesivos compulsivos asociados con la infatuación».




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Incrementa el deseo


Algunos científicos, como Helen Fisher —antropóloga biológica— dividen el amor en tres categorías: la primera es el deseo, mismo que se fundamenta en la producción elevada de testosterona, la cual provoca que nuestra libido aumente. Es por ello que se suele asociar la actividad sexual entre pareja con el amor de ésta; cuando el sexo disminuye, el amor pasional también lo hace, por lo que incrementar la actividad sexual es señal de mayor producción de oxitocina y por lo tanto, de una estimulación mayor del sistema de recompensa.



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Nace y crece el apego


Otra de esas formas de amor es el apego. Se caracteriza porque ya no es tan impulsivo y frenético como el deseo o la atracción, provocadas por la testosterona y la dopamina, respectivamente. En el apego está íntimamente relacionada la liberación de oxitocina y vasopresina. Por lo general se asocia a las relaciones fraternales, de amistad e incluso del amor no correspondido.



«Como la dopamina, la oxitocina es producida en el hipotálamo y se libera en grandes cantidades durante el sexo, amamantamiento y el parto. Esto podría parecer un variedad de actividades muy rara —no todas necesariamente agradables—, pero el factor común es que todos estos eventos son precursores de la unión».



Esto explica en buena parte el apego que tenemos hacia nuestras familias, en particular hacia nuestras madres. La oxitocina ayuda a que nos sintamos más cercanos y cómodos con las personas especiales en nuestra vida provocando un sentimiento de bienestar. Aunque según el mismo estudio de Harvard, demasiada oxitocina puede desarrollar etnocentrismo, lo que fomenta el miedo y el rechazo a aquellos que no sean conocidos o como nosotros.



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Hasta ahora, la mayoría de la investigación científica sobre el amor en el cerebro está asociada a la liberación de hormonas y neurotransmisores que pueden crear caos en nuestro sistema, así como nuestras emociones. Sin embargo, la ciencia detrás del amor sigue siendo todo un misterio, ya que hasta ahora no se ha seguido la vida romántica —y por lo tanto los cambios en la química de su cerebro— de una sola persona durante toda su vida, así que quién sabe, tal vez en otro par de años podamos responder a ciencia cierta qué es el amor y todo lo que provoca en el órgano más misterioso del cuerpo humano.


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TAGS: Cerebro Ciencia Amor
REFERENCIAS: On The Brain: The Harvard Mahoney Neuroscience Institute Letter, "Love and the Brain" Harvard University, Science in the News, "Love, Actually: The science behind lust, attraction, and companionship". Scientific American, "What Goes On in Our Brains When We Are in Love?"

Beatriz Esquivel


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