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Qué le pasa a tu mente cuando dejas de creer en Dios, según la ciencia

Tecnología Qué le pasa a tu mente cuando dejas de creer en Dios, según la ciencia

Es probable que la pugna histórica entre ciencia y religión no sea sólo fruto de la modernidad y el pensamiento crítico, sino una disposición cognitiva de nuestro cerebro.



Creer en Dios es placentero: como si se tratara de comer una rebanada de pizza, tener sexo o sentir los efectos de la cocaína, las actividades que invocan sentimientos de espiritualidad —como rezar o leer la Biblia— activan el núcleo accumbens y el córtex prefrontal ventromedial, áreas del cerebro relacionadas con el mecanismo de recompensa y adicción.


No es para menos. Los sentimientos descritos por los creyentes después de practicar actividades espirituales suelen asociarse a sensaciones agradables como seguridad, paz, felicidad o relajación. Salir de una iglesia o cualquier templo resulta un ejercicio reconfortante que además, suma certeza a la comprensión del mundo. Un estudio elaborado entre la Universidad de Harvard y la de Winconsin-Madison encontró que las personas que practican alguna religión no sólo están más satisfechas con sus vidas, también tienen una percepción más positiva de la misma y mantienen amistades que perciben el mundo del mismo modo.


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Es entonces cuando el sistema de recompensa entra en juego: cada vez que un creyente vive una experiencia agradable a través de la fe, el estímulo positivo refuerza el vínculo entre estas sensaciones y su origen, un esquema que alimenta la necesidad de experimentarlo de nuevo. Después de todo, un fenómeno tan complejo y extendido como la religión no podría explicarse únicamente a partir de la inexistencia de un ser supremo, sino de los factores psicológicos que llevan a creer —o dejar de creer— en él.


¿Qué pasa en la mente de una persona cuando deja de creer en Dios?


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Si creer en una religión activa el mecanismo de recompensa del cerebro tal y como ocurre con una adicción, es difícil que una persona cambie de opinión y abandone su fe, mas no imposible. ¿Por qué pondría punto final a una creencia propia, si no es juzgada por la sociedad, como en el caso de una adicción, sino todo lo contrario?


Para lograrlo son necesarios dos ingredientes: un cúmulo de hechos que le hagan poner en duda sus creencias a partir de una actitud escéptica —como sufrir un accidente o una pérdida grave o entrar a la Universidad y confrontar su visión religiosa con lo que aprende a través de un método científico— y un razonamiento crítico que le permita dudar de lo que quizás es un pilar fundamental en su vida.


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La mente se debate entre dos formas de pensar: analíticamente o a partir de las emociones, y es probable que la pugna histórica entre ciencia y religión no sea sólo fruto de la modernidad y el pensamiento crítico, sino una disposición cognitiva de nuestro cerebro.


Según el estudio Why You Believe in God? de la Universidad de L’Aquila en Italia, el pensamiento humano alterna entre áreas del cerebro relacionadas con la empatía y el razonamiento, según la ocasión. Mientras la red neuronal que responde al primer caso se activa mientras se piensa en Dios y temas relacionados con la espiritualidad, la red analítica opera frente a temas que responden a cuestiones que hacen uso del pensamiento crítico y racional.


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«De acuerdo con el estudio, el pensamiento analítico y las preocupaciones morales representan dos modos cognitivos distintos que provocan que nuestra arquitectura neuronal compita entre sí. El pensamiento analítico está asociado con una concepción naturalista / materialista, mientras que la preocupación moral se asocia con una visión espiritual del mundo».

Al final, aquel creyente que consigue cambiar su forma de ver el mundo tiene mayores posibilidades de desarrollar un pensamiento crítico, aunque algunos estudios afirman que su grado de insatisfacción hacia la vida experimentará un decremento; sin embargo, es muy probable que su nivel cognitivo sea mayor al de quienes aún mantienen sus creencias intactas.


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