Cosas que aprendí durante la semana que pasé en Shanghái y me cambiaron la vida
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Cosas que aprendí durante la semana que pasé en Shanghái y me cambiaron la vida

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Por: Vani Monjaraz

2 de febrero, 2017

Viajes Cosas que aprendí durante la semana que pasé en Shanghái y me cambiaron la vida
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Por: Vani Monjaraz

2 de febrero, 2017



Siempre he creído que los aeropuertos están llenos de una vibra muy especial. En estos maravillosos lugares se siente de manera intensa, se llora de felicidad y de tristeza o, por lo general, son el inicio de muchas aventuras. Ahí fue donde comenzó la mía, aquella que me llevaría hasta Shanhái, China. Me encanta volar. La sensación de estar a punto de vivir en un lugar lejano me llena de mariposas el estómago. El primer vuelo que tomé transcurrió sin contratiempo; cuatro horas a lado de un preadolescente me hizo agradecerle a la vida haber superado esa no tan grandiosa etapa.

Si bien es cierto que me gusta volar, pero los aeropuertos también ponen a prueba tu paciencia. Tuve que visitar Los Ángeles para hacer la conexión. Un aeropuerto viejo y amarillento repleto de gringos apáticos. Una cola larguísima para que alguien nada simpático sellara mi pasaporte, recoger el equipaje, volver a documentarlo, pasar por seguridad y cambiar de terminal, todo esto en menos de una hora. Pero lo logré. Acto seguido, esperé mi comida de avión —mi placer culposo— y me tomé con vino dos pastillas para dormir. El vuelo más largo y tranquilo hasta ahora.


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13 horas después, aterrizamos en China, y supongo que aquí fue donde realmente comenzó mi historia. Después de la catastrófica conexión pasada, la llegada al Aeropuerto Internacional de Pudong me pareció de lo más amena y estándar: recoger el equipaje, pasar la aduana y cambiar dinero. 

Salí y sí, me dio un poco de terror saber que estaba tan lejos y saberme, por primera vez en mi vida, una iletrada. No supe ni que día ni hora era. En eso, un chino, supongo, experto en turistas me vio y me vendió una tarjeta SIM en 130 yuan —unos 350 pesos—. Pensé, eventualmente, en algún momento me estafarían, sólo es cuestión de tiempo. Por suerte, esa no fue una estafa y pude contactar a una conocida mexicana con quien había quedado de encontrarme. 


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Todo parecía un sueño, en cualquier momento podía despertar y darme cuenta de que estoy en mi cama en México. Pero no, realmente estoy en Shanghai. El primer viaje en metro era surreal, lleno de caras chinas mirándome. En ese momento, hubiera agradecido que alguien hispanoparlante estuviera ahí. Pero no sucedió así.

Al día siguiente, no sabía por dónde empezar. ¿Comer? ¿No comer? ¿Dónde comer? ¿A dónde ir? Supongo que era exactamente lo que quería de esta experiencia, no saber nada. Y vaya que lo logré. Decidí salir a caminar sin rumbo y terminé en uno de los parques más grandes de Shanghái, donde me me di cuenta que China huele feo y que los niños son lo más tierno del mundo. Que los viejos, en efecto, juegan mahjong (solitario) y que sí, hay vida del otro lado del continente. Seguido tengo esa duda de que las cosas que no he visto en realidad existan, y quizás en cierto sentido es así. No lo sé, al menos, en mi realidad ahora existe China. Y seguía sin comer.


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Un chino se acercó a mí y dijo "¡Nihao!", que significa "¡Hola".... Sí, seguro que en este parque lleno de chinos soy la persona indicada para preguntarle por una dirección, pensé. De cualquier forma, así conozco a John, era su nombre y se trataba de un maestro de inglés que apenas podía hablarlo, después de mencionarle que no tenía idea de dónde estaba, tuve la brillante ocurrencia de preguntarle por un lugar para comer que tuviera alguna especialidad local. Enseguida, se le iluminaron los ojos y me llevó a un restaurante, si antes preguntarme si podía ser mi compañero. Mi cabeza se llenó de muchas posibles intenciones que tal vez tenía, pero le respondí que sí. 


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John pidió miles de cosas del menú de un restaurante equivalente a un Sanborns. Para mi sorpresa y la de mi nuevo amigo chino, pude comer exitosamente con palillos. En ese momento, seguí en modo surreal, y creo que para John lo era también. De la nada, empezó a reír y me dijo en su torpe inglés que sólo en las películas sucedían situaciones como ésta, algo con lo que no pude estar más de acuerdo. 

La comida era por completo distinta a lo que creía; sin embargo, estuvo deliciosa. Aprendí que en este país no existen las propinas, algo que me encantó. John me sugirió que ir por té, aunque no pude acceder, porque había quedado de ver a mi amiga mexicana.


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Algunos días más tarde, me enteré de que el encuentro que tuve era una estafa muy común: invitar a extranjeros a tomar té y después cobrarles precios exorbitantes por las bebidas. Supongo que, inevitablemente, me estafarían, pero aquella tampoco fue la ocasión. 

Es raro, me enamoré de este lugar en todo momento, de los edificios gigantes que hay en cada esquina, del amor de los chinos por los centros comerciales dorados y el consumismo, de la increíble diversidad de la comida y el té, aunque tengas que esquivar popó mientras caminas por las calles y hay un calor de 35 grados, o cuando te cae el escupitajo de un viejo en el zapato... Aun así, en definitiva, es una experiencia con la que sientes gran euforia seguida de la frustración. Pero me encantó estar en Shanghái, vivirlo y experimentarlo todo y sentir felicidad.


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Referencias: