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El día que viajé a San Francisco y descubrí mi identidad de mexicana entre sus calles

4 de junio de 2018

Pau Rivera

"E

sto es un shock cultural", es lo que le escuchamos decir las primeras cinco de treinta 
au pairs
, a Riad Kherdeen, aficionado a la lectura, cuyo amor por ella lo lleva a trascender los límites de los idiomas y que por ahora imparte clases en la Universidad Internacional Alliant de San Francisco. El simpático excursionista transcontinental, de unos 29 años, estaba absorto por la escena, su mirada se escurría hacia abajo desde la orilla verde del Parque de Dolores, una meseta verde que juega a ser tazón pastoso y servir una ensalada multicolor, en la que ningún ingrediente se repite: skates, rastafaris, hombres canosos, unos vestidos con chamarras bordadas con el logo de Harley Davidson,
hommies
con gorras de viseras planas,
it girls
que se toman selfies, hombres semidesnudos que ofrecen mota a los cuatro vientos, chicanos y latinos. Y todo este caldo de cultivo recalentándose a una temperatura perfecta que sólo el clima de San Francisco puede ofrecer, despidiendo un aire dulzón, tal como la canción de Nirvana "Smells like teen spirit" exudaría, seguro que de esto comenzó a ganar su fama.


Este mini universo en actual
conmosion
, que consagra un cambio subversivo, es arrullado cual neonato imperioso por dos principales distritos de San Francisco: Mission Dolores y El Gran Castro. En este punto y hasta donde la digresión me lo permita, quisiera hacer una declaración un tanto utópica, aunque con un leve grado de verosimilitud. Hay una razón que me hace pensar en el shock cultural que se vive hoy en Distrito Misión, es como un suceso a menor escala de lo que ocurrió hace 14 mil billones de años, cuando el Universo se creó y dio origen a la teoría que se conoce como el Big Bang.


 

Después de leer las 20 primeras páginas del bestseller de Neil de Grasse Tyson,
Astrophysics for People in a Hurry
, durante un vuelo 
red eye
 de San Francisco a la costa este del país, llegué a la siguiente conclusión, hipótesis inexacta, o como seguro Grass la calificaría: una idea retorcida que surgió de una mente afectada por el
jet lag
. A mí me gusta pensar en ella como una iluminación; como la que describen los practicantes de la meditación 
new edge
, júzguela usted y como más le convenga.

 

Pensar que este acto soberbio ocurrido hace más de 14 mil billones de años concluyó con la mutación de las unidades más pequeñas que componen la existencia, hasta desencadenar la aparición del hombre, sería una idea retrograda impuntual y nada humana. Pensar de esta forma sería apoyar ideas que declaran el retroceso de la civilización humana en pleno siglo XXI, como aceptar la idea de la construcción de muros para mantener a dos razas separadas, aceptar que nuestro color de piel nos define, o que las diferencias biológicas entre el sexo femenino y el masculino justifican una inferioridad de la mujer en la actualidad. Por eso, me niego a que creer que el ingobernable acto implosivo que dio origen al mundo se terminó con la aparición de nuestro Universo, yo he visto su continuidad aquí dentro de nuestro planeta, el acto revolucionario y el intercambio entre unidades continúa, nunca se ha detenido y sigue dando pie a la contribución de la evolución humana, en el Distrito Misión en San Francisco, California. Y yo declaro que después de verlo y haberlo experimentado, no todo está perdido en "estos tiempos".

 

La pregunta que formula mi hipótesis es: ¿podrá este shock cultural que se cuece en cada uno de los habitantes de estos dos distritos predicar con su ejemplo de amistad, amor por lo excéntrico, comprensión a lo que es desigual, "weirdo" y mezclarse con lo que se considera popular y en voga, y así crear una reacción que genere el cambio y distinga la generación de los millennials como redentores de un cambio importante para la humanidad?

 

Yo pienso que sí, porque así lo viví, y aún me veo experimentándolo de nuevo desde a fuera: una tlaxcalteca de 1.50 metros de altura, facciones mestizas y cara de admiración, salta del transporte público con un grupo de 30
au pairs,
a todas se les nota la cara amigable y de aceptabilidad después de haber viajado con los desterrados hijos de Eva. Ya, en la Estación de Castro los ojos le borbotean a la morra y siente el contexto manso entre los hippies, bohemios, veganos, transexuales, milleannials, mexicanos, sus paisanos, que se mezclan para formar una masa pluricultural. Esa masa cosmopolita de niñas cargadas con mochilas navega por la calle con el mismo nombre de la estación a la que descendió, estupefacta, la tlaxcalteca observa a una multitud revolucionaria sonreírse con los ojos y a los sordomudos hablarse con la boca de las manos. 



Las personas entran y salen una tras de otra a restaurantes, unos nuevos y unos más
oldies
, en los que se engullen alimentos orgánicos: donas sin gluten, cerveza de jengibre para acompañar pizzas vegetarianas,
smoothie bowls
y tragos populares que se sorben en el club frente al museo histórico LGBT+: un santuario donde se reconocen y cuentan hazañas, historias que calan y que obligan a defender la historia de uno, historias que formaron la vida de miles de personas, figuras como Del Martin y Phyllios Lyon, Jiro Onuma, Homer Baker o el mítico Harvey Milk, entre una larga lista de seres que rompieron esquemas, crearon cambios y, al final, las etiquetas que clasifican la identidad sexual se combinaron para formar una sola que definió a seres humanos.


Cuando la tlaxcalteca sale del museo, se vive por fuera, reconoce su cuerpo diminuto, la cara que le muestra al mundo, incluso piensa en cómo la ropa que viste la identifica, no tiene formas que definan a lo femenino, pero sí una piel morena que se degrada en distintas tonalidad de café, una combinación de facciones que raya en lo indígena, en definitiva, sus rasgos se equiparan a los de una mujer mexicana. Le salen unas ganas de reafirmar su bisexualidad, de encontrarse en un punto medio en el que lo femenino y lo masculino se confundan. Se aparta del grupo para diluirse con la masa amorfa de Castro Ville. Voltea para mirarle las caras a las adolescentes que la acompañan, unas rubias, castañas, caucásicas, asiáticas y latinas; todas tienen los mismos gestos de un momento a otro y se entienden a través de un idioma sin tildes o ninguna otra regla gramatical, sino que se comunican con uno que se practica con la mirada y una sonrisa honesta. 

 

Con la vista fija, de cerca, muy de cerquita sobre la colorida pared de la Academia de Derechos Civiles de Harvey Milk, ve otra cara, esta vez una familiar, reconoce la uniceja de Frida Kahlo, bizarra y excéntrica por naturaleza, sobresale de entre otro tanto de diminutas imágenes descompuestas y puestas juntas con pericia y paciencia para formar el mural 
The Civil Rights, Human Rights
, en el que niños, maestros y artistas locales, dirigidos por la artista Ellen Blakeley, le rindieron una ofrenda a la desigualdad social, y plasmaron frases de personas que hacen que la vida tenga gracia dentro de un mundo confusony a veces lleno de inútil seriedad. 

 

—Yo me defino como
queer
por el simple hecho de saberme distinto y no actuar de acuerdo a lo que proclama la sociedad como normal, por enamorarme de personas y no de etiquetas sexuales—, dice Riad, el profesor que dirige el tour. La niña mexicana de nuevo se queda con ganas de levantar la mano y revelarse contra algo o alguien. La caminata de bajada hacia el final del Parque de Dolores prepara a la pueblerina para lo que viene a continuación, pues nunca esperó reencontrarse con un pedacito de México y tener que soltarlo en ese mismo lugar como si de una máquina fundidora se tratara; al bajar la primera colina, en la cúspide de la segunda, una estatua de acero bien forjado representa a Miguel Hidalgo, el reconocido padre de la Independencia de México.



Por algún motivo, la silenciada se siente conmovida ante la presencia de la estatua y se le enchina el cuero a la chaparrita. "Sí, una figura pudo atravesar muros infranqueables, el ser humano es capaz de destruirlos", piensa para sí y se siente parte del entorno como si de pronto supiera a dónde pertenece y su bizarra parte al fin embona en un lugar, además de que es bienvenida y no se siente diferente por ello, por el contrario, nuevamente la hace sentirse parte importante de un cambio, como cada uno de los transeúntes que recorren las calles entre distrito Misión y Eureka Valley. 
 

 

Tal como las ínfimas partes esenciales del fenómeno tajante se fundieron para abrir paso al todo que hasta ahora conocemos, así sucede en este micro universo donde cada parte es esencial y converge con tal concordia para generar una revolución. Al final del recorrido en el parque, se percibe otro monumento reconocido, el hombre de las trufas plantado en el mismo lugar de siempre. Personas lo saludan, se convidan la especialidad de la casa: chocolate con marihuana fundidos, otras sólo se acercan para tomarse selfies con él. 

 

El tour continua hacia el sur por la calle Dolores hasta encontrar la esquina de la
veinticincoava
 avenida. El grupo de adolescentes se desliza hasta Balmy Street, donde la humedad del lugar y las paredes sucias confirman el lado humano que tiene el arte urbano, la callejuela brilla como joya incrustada, infinitos colores,
true colors
, hablan verdad, sus murales gritan aullidos de coraje, cantan himnos de esperanza y le dan voz a los oprimidos. La misma niña que unas calles atrás era oruga adormilada, sufre una metamórfosis interna instantánea, cuando se identifica con un mural que pinta una escena que resulta familiar: una pared gris pretende separar a dos países hermanos que aún no se habían ni reconocido. Llamas arden detrás de una caricatura que dicta un retroceso y lo que ha costado años cimentar se cae a pedazos y a la fuerza. Un árbol joven protegido por manos humanas simboliza la esperanza.

 

Las banderas multicolores que adornan el camino hasta la penúltima parada del tour, le dan la bienvenida a la morenita, así como a cada paso el estado de resurrección en el que viven las personas del Barrio de Castro, los edificios, las casas, tiendas y marquesinas obligan a esa mujer del tranvía a parirse nuevamente, y el proceso duele porque se ha visto despojada de capas de conocimiento, religión, cultura, refranes que pronunciaban abuelas de otros tiempos, prejuicios que nunca le calzaron la mente. Ella piensa sentirse engañada, aprisionada y enfadada por tanto tiempo sin saberse dueña de su vida. De pronto, lo mira, hermoso de color azul, abarca todos sus matices que van desde el cobalto al azul más claro, lleno de arte y simbolismo mexicano, la cara de Diego Rivera está en la parte frontal , "El edificio de la mujer", es un homenaje a la figura de la mujer mexicana, aquella que en el acto de ser madre, esposa, hija, amiga, hermana y amante se entrega. La tlaxcalteca siente que se reconcilia con su pasado, el orgullo por su tierra le invade el alma..



Aunque esta vez es diferente, nada de eso le pertenece a ella como individuo, sino al conjunto de mujeres que se identifica en el mural y que han creado una historia en el edificio; en realidad, le pertenece al mundo entero porque nació de él, toda cultura nació para darse al mundo y mezclarse con el resto en el acto. Tal como una nueva generación libre que nace en este barrio. La nueva persona que camina en los pantalones de la mujer de la otra, apurada, atraviesa la calle y una emoción le oprime el pecho cuando lee la frase de dos Marías que están unidas como el ying y el yang, sanándose el alma una a la otra: "Silencio = a muerte". En la parte más alta del edifico una lámina que eleva a una mujer morena con rasgos indigenas en posición de loto incuba esperanza en su vientre y le da las manos al cielo, como si en ese acto agradeciera a la existencia por ser madre. Después de digerir un cambio interno y reconocimiento por México a millas de él, un sabor dulce la reconforta el corazón, un cono de chocolate de Bi-rite Creamery hace que el corazón le pegue un brinquito, y la transporte de regreso a la cocina de su abuela, al día de la posada que celebran cada diciembre, un vaso de chocolate caliente con un tamal de pasas dulces se le viene a la cabeza; y pareciera que su abuela le hubiera susurrado la receta de la bebida en la oreja a alguien de la famosa heladería. 

 

Cuando el grupo ya relajado después de probar el helado local, termina de recorrer la calle de la dieciochoava, se dirige hacia el norte por la calle Dolores hasta encontrar la misión de San Francisco de Asís, un edificio de estilo barroco español en el que otras dos figuras humanas masculinas entrelazadas se le suman a las proporciones del edifico con arrumacos que se ejecutan en las escaleras de la entrada; figuras furtivas se refugian en las bancas de la basílica y al fondo un grupo de vagabundos comparte los alimentos matutinos.
 
La cúpula de la basílica es como el vientre materno que resguarda a los solitarios. Un sacerdote bendice las sombras de una pareja de latinos que se dan la mano frente al altar. 



De vuelta, la atención a uno de los famosos tranvías que transitan de la estación de Castro al
fisherman’s wharf
 en el mismo sitio donde se embarcó la mexicana, con el mismo grupo de
au pairs
que entraron a Estados Unidos con igual tipo de visa J1, no venideras de los mismos munditos, pero todas con un común denominador: estudiar un curso de fin de semana para
au pairs
titulado "Vive el sueño americano", una distinta y nueva persona ocupa un asiento junto a la ventana y con la misma mirada inquisitiva inspecciona el tranvía. 



**


Los viajes nos cambian y nos otorgan distintas perspectivas de la vida, por eso, te compartimos estas 7 razones por las que conocer otras partes del mundo es la mejor forma de adquirir sabiduría.


 

 

TAGS: México cultura Millenials
REFERENCIAS:

Pau Rivera


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