El amor no conoce de fronteras ni pasaportes, nos enamoramos del alma, no de su origen

miércoles, 14 de diciembre de 2016 4:53

|Lidia E



 

 

Todos tenemos alguna opinión sobre personas de otra nacionalidad, cultura, idioma, etc., de acuerdo a nuestra experiencia. Pareciera como si estos fueran ajenos a nuestro planeta y nuestro conocimiento.

¿Qué pasa entonces con los sentimientos?, ¿el amor distingue el territorio? ¿Distingue rasgos, o modos de vida? ¿Distingue acaso nuestras diferencias culturales? Yo creo que no; le importa poco nuestras creencias al respecto: nos enamoramos del alma,  no de su origen.

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Es así como quiero contarles que he conocido a alguien cuyo nacimiento ocurrió a miles del kilómetros del mío, con algunos años de diferencia, en un horario complicado, en un tiempo inadecuado y con un clima extremo, pero sus padres lo miraron y amaron desde el primer instante. 

Crecimos con situaciones políticas y económicas distintas; ambos escuchando en las noticias lo que ocurría en el otro país sin saber que tal vez algún día nos sería de suma importancia. Construimos un imaginario de la cultura del otro; desarrollamos un estereotipo un tanto gracioso por lo que decían las películas, ¿cómo imaginaríamos que un día alguien aparecería para decirnos la verdad?

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El día que lo conocí me miraba como si yo fuera una pieza de arte y quisiera encerrarme de inmediato en un museo, no porque creyera que yo era lo más bonito que existe —en su país abunda la belleza—, sino porque me miraba a los ojos y desenterraba todo eso que se supone que poseo pero que no quiero mostrar, esa belleza que para alguien es de verdad.

En medio de cafés, cenas y películas, para él lo más interesante era escucharme, todas esas cosas que para mí ya son usuales, todo lo que me parece común, a él le parecía infinitamente excitante, nuevo, con necesidad de explorar, con ganas de entender y, del mismo modo, llevarme poco a poco por sus significados personales.

Para mí era como caminar dentro de un cuento de época en el que todos somos vosotros y todo lo podíamos hacer sólo si os apetece hacedlo y estáis si lo queréis de verdad. Y vaya que empecé a querer de verdad.

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Él parecía un hombre como cualquier otro para todos menos para mí. Tiene un trabajo el cual no comprendo en absoluto, y la fortuna de ser apasionado de su profesión; tiene una familia común la cual se asoma cada vez que él se expresa, cada que impone su opinión y expresa sus valores. Y es que he aprendido que un buen ser humano no tiene que ver con el género, la edad o el estatus social, tiene que ver con lo que te enseñó otro ser humano que tiene la capacidad de amar.

 

Nos gusta comer cosas infinitamente distintas pero compartimos el gusto por cocinar. A veces no nos entendemos del todo pero es un tema absurdo de contexto y lingüística que vale la pena aclarar. Hemos viajado y nos asombra la vida, nos impresionamos hasta los huesos, en eso sí que somos iguales.

 

Platicamos de lo que nos hace únicos, lo que nos quita el sueño y del futuro; que no importa en qué esquina del mundo te encuentres, para todos es un tema incierto y preocupante.

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Somos tan diferentes. Físicamente él es tan blanco como la nieve que hace parecer mi piel casi color canela. Él tiene dibujos en la piel, yo tengo lunares. A pesar de lo que el estereotipo indica, él es una persona sensible, cariñosa, entregada, parece que me he encontrado con el único ciudadano que no teme a querer con el alma.

 Y eso no tiene nada que ver con que sea nacionalizado en otro continente. Tiene que ver con lo que está dentro de su mente, lo cual me hace querer mostrarle que, contrario a lo que mis cicatrices dicen, todavía sé cómo querer, todavía sé de qué se trata el amor y que, a pesar de todo lo que puede ser evidente, soy una persona que vale le pena para cruzar diferencias culturales y rescatar.

 

Él no se sorprende de una mujer independiente y que disfruta sin freno de la vida, por el contrario, me exige a ir más allá, porque en su entorno de eso se trata ser una mujer completa: superarse profesionalmente no es opcional; en su mundo es más que natural. La realidad es que soy su igual, igual en todo lo que la palabra significa.

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Tal vez alguien esté en desacuerdo conmigo pero, 
¿acaso soy la única que se ha sentido inferior en distintas situaciones viviendo en el mismo planeta?

Pero esto no tiene nada que ver con su país natal, tiene que ver en cómo la historia nos ha dividido en desafortunadas situaciones sociales, en desigualdad territorial, en pasaportes y visas de diferencia…

Y yo tuve la fortuna de conocer ese punto de vista, de vivirlo…

 

Nos asombramos con las diferencias y peleamos también por ellas, pero nunca gritamos porque entendemos el lenguaje humano, entendemos el camino sano, respetamos lo que nos hace únicos, porque además de vernos afectados por las cuestiones comunes de estar en pareja, nos enfrentamos a la posibilidad de que un día tal vez ya no lo seamos, y no porque no queramos sino porque mi hogar se encuentra al otro lado del Atlántico.

 Lo conocí en una cafetería luego de arreglar una cita a ciegas, y qué más da si ese día comenzamos a hablar y desde esa fecha que no nos hemos callado.

 


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