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La Copa del Mundo, o la indescriptible reinvención de lo mexicano cada cuatro años

1 de julio de 2018

Cultura Colectiva


Nadie duda que cada Mundial es diferente. Cada cuatro años, un país se compromete a aportar lo mejor (y lo peor) de su cultura para darle un toque único a la fiesta futbolera más grande del mundo: olores, tradiciones, costumbres varias y sellos culturales identificables le dan una identidad diferente a cada una de estas celebraciones a las que acuden miles de personas de todas partes del mundo para disfrutar lo que las ciudades y sus habitantes ofrecen.


Esto es algo que, nos guste o no el futbol, podemos mas o menos adivinar y quizá pueda sonar hasta obvio, sin embargo, lo que aporta a cada Mundial la afición mexicana es una especie de quimera inasible que muta cada cuatro años de manera espontánea para reinventarse, y aunque a simple vista pareciera ser lo mismo, en realidad -para quienes hemos tenido la oportunidad de vivir en carne propia varios mundiales- no lo es.





La primera diferencia radica en la mutación de los cánticos que lanzan en loop los aficionados cada partido: en Brasil 2014 la mítica rola “Seven Nation Army” de The White Stripes tenía en su sublime adaptación al “Hermoso” Oribe Peralta como protagonista, pero cada rey tiene que dar paso a su sucesor, y en Rusia es el delantero del PSV Heindoven, Irving “Chucky” Lozano quien ha logrado ser el protagonista de estos cánticos que retumban antes, durante y después de cada partido del Tri.


Mención aparte merecen El Cielito Lindo -convertido en himno nacional de México en el extranjero-, El Rey, y desde luego, todas las versiones surgidas tras el video privado del hijo de “El lobo solitario” que se volvió viral y que ha dado paso a cánticos menos honrosos pero no por eso menos repetidos entre los aficionados mexicanos que ahora tienen en Zague una referencia a esa hombría que parece de pronto palidecer y que hay que demostrar a como de lugar.





Todas estas canciones, “himnos” y adaptaciones cobran un sabor diferente cada Mundial. No ha sido lo mismo cantar el Cielito Lindo en Alemania o en Brasil que en Rusia, así como tampoco lo fue ver un sombrero de charro en la calurosa playa de Copacabana que en la monumental y fría San Petersburgo.


Las máscaras de luchadores que tanto desconciertan y asombran en este lado de Europa, los disfraces del Chapulín Colorado que sirven de referencia inmediata frente a los aficionados sudamericanos, los sombreros y los trajes típicos de deslumbran por su belleza por las calles y que se vuelven objetos de deseo fotográfico por parte de los locales. Todo esto se convierte en una readaptación de lo nacional en contextos diferentes cada cuatro años.




Y es que cada objeto cobra una dimensión diferente de acuerdo al lugar en que se localiza -sin ponernos foucaltianos- y en Rusia, a más de 10,000 kilómetros de la antigua Tenochtitlán, rodeados de cabelleras rubias que no entienden un ápice de español -ni de inglés-, vestir y entonar todo eso que hace referencia a México se vuelven actos de un nacionalismo que solo se puede entender estando en una Copa del Mundo.


Por esto, no tengo la menor duda que es aquí, donde -al menos el mexicano- en medio de su fiesta interminable, su fervor futbolero, sus ocurrencias y sus excesos, se acerca a una comprensión del significado -si es que existe tal- de lo que representa su país en tierras desconocidas y todo eso que lo enorgullece de esa indescriptible patria que se desvive por el futbol.


Al final de cuentas, el Mundial de futbol es una exaltación a los diversos nacionalismos, pero debo decir, sin temor a equivocarme, que es el mexicano quizá, el que más retumba entre los históricos muros del Kremlin y la Plaza Roja.


Texto escrito por Víctor Olivares.

TAGS: México Rusia serie fotográfica
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