¿Por qué los turistas arruinan todo lo que tocan?

Lunes, 18 de julio de 2016 11:13

|Alejandro López


El mayor problema de conservación para los monumentos históricos, las obras maestras que definieron el rumbo del arte y los sitios que aún conservan el encanto de hace siglos (en algunos casos milenios) en la actualidad, es una actividad humana que impulsa los sueños y las aventuras más intensas de millones de personas alrededor del globo. Se trata de una plaga que deja millones de dólares a donde va, reactiva la economía de un sitio determinado y trae consigo un mayor ingreso, al mismo tiempo que destruye todo lo que está a su alrededor: el turismo es una actividad humana y económica que gracias al desarrollo de los medios de transporte y comunicación está más viva que nunca.

expectativa y realidad atardecer stonehenge

Desde la antigüedad, el deseo del hombre por embarcarse en una expedición para descubrir tierras lejanas ha marcado el rumbo de civilizaciones enteras e impulsado a pasos agigantados el conocimiento en ciencias relacionadas con la navegación y la ingeniería; sin embargo, en la actualidad, el turismo es una actividad frenética que mueve anualmente a enormes masas hacia sitios reconocidos por la opinión popular como "íconos" de la cultura moderna, occidental y mundial, con consecuencias indeseables en la mayoría de los sitios, más allá de los millonarios ingresos que dejan entre quienes controlan el sector turístico. Los riesgos son variados y están por todas partes: desde la devastación de recursos naturales, pasando por el daño a monumentos históricos y obras de arte, hasta la comercialización exagerada de espacios cuya esencia desaparece de la mano de ambiciosos proyectos turísticos.

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Naciones enteras basan su economía en el sector de servicios, cuyo motor es el turismo. Los ministerios y organismos encargados de auspiciar la afluencia de turistas de cada país trabajan en proyectos enfocados en satisfacer a esa furiosa horda de miles de millones que cada verano invaden los destinos más famosos del mundo. El principal riesgo en estos casos son los destinos con maravillas naturales, resultado de la formación caprichosa de fuerzas que operan desde hace miles de millones de años para que la humanidad pueda deslumbrarse con su belleza. No hay que ir demasiado lejos para obtener un ejemplo: casos domésticos como el del manglar de Tajamar, la Riviera Maya y los megaproyectos turísticos que se realizan en el Caribe consienten la destrucción de la biodiversidad y los santuarios naturales en pos del "desarrollo" y la llegada del turismo.

tajamar  turismo
Una fila de más de tres horas para comprar un boleto para ascender a la Torre Eiffel, decenas de personas peleando por tener la mejor ubicación para tomar una fotografía –no mirar– a la "Mona Lisa" y un aumento de más de 40 veces la población de París durante el verano son actos contundentes que demuestran cómo un sitio caracterizado por un mágico encanto, termina siendo todo lo contrario cuando la expectación y fama global hacen coincidir en sus tierras a millones de viajeros. La atmósfera de aquellas ciudades y pueblos mágicos se diluye, además de poner en riesgo a monumentos históricos y obras de arte, patrimonios de la humanidad. El París o la Venecia romántica y de calles solitarias, las Pirámides de Giza o el sitio arqueológico de Chichen Itzá como vestigios de misteriosas y milenarias civilizaciones cada vez se encuentran más lejanos de su esencia, aquella que les dio la fama y que –irónicamente– hoy las lleva a su destrucción

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Desde cualquier óptica, el viajero es el menos culpable de todos los efectos negativos que causa el turismo. El afán de posicionarlo como una actividad económica y "productiva", además de la obsesión mundial con ciudades y lugares que suelen reproducirse en las principales manifestaciones culturales de la actualidad (películas, novelas y series de televisión) crea en él un deseo genuino por visitar ese sitio y llenarse de su encanto. La comercialización de maravillas naturales, lugares indígenas sagrados y ciudades cosmopolitas distorsionan la percepción del turista, que muchas veces se marcha frustrado por la cantidad de gente y el desencanto que le produjo enfrentarse a la realidad, donde lo más importante no es conocer y respetar las costumbres, tradiciones y rincones de un lugar, sino consumir frenéticamente.

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¿Cómo revertir esta cultura de consumo que se ha posicionado de la práctica de conocer culturas distintas? Ante todo, es necesario adoptar una mentalidad abierta y siempre humilde en cualquier viaje. No intentes viajar con todas las comodidades cotidianas ni pensando que la cultura de tu país de origen es la mejor. Aventúrate a encontrar sitios más allá de los típicos destinos veraniegos, aquellos que aún guardan su encanto original y no están explotados por los turistas ni las instituciones gubernamentales enfocadas a su promoción.


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Respeta y conoce tantas mentalidades como personas hay en el globo, sin caer en patrones absurdos de consumo que deterioren el medio ambiente o los recursos naturales de un lugar. Si quieres evitar caer en esta absurda lógica, conoce cuáles son las diferencias entre viajeros y turistas para aprender a ser un verdadero viajero. Procura viajar en otoño, una temporada menos plagada de turistas. Además, no pierdas de vista estas 60 cosas que tienes que hacer mientas viajas para mejorar notablemente tu experiencia al momento de preparar tu siguiente aventura.







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Editor de Historia y Ciencia
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