A menudo las personas se preguntan por qué la industria del porno sigue siendo tan redituable; sin embargo, apenas basta una mirada al entorno para darse cuenta de que todas las prohibiciones relacionadas con el sexo a las que está sometido el mundo han hecho que la curiosidad de las personas hacia el cuerpo de los demás crezca considerablemente. No importa si esté no se encuentra en compañía de alguien que lo toque; la contemplación y el deseo bastan para que algo dentro de la mente de las personas se encienda y se imaginen que son ellos y no otra persona quien están disfrutando de las mieles que ofrece la desnudez.
¿Pero por qué la gente recurre más a estas representaciones sexuales antes que al sexo mismo? La respuesta es sencilla, pocos son los que saben enfrentarse a la desnudez y más aún al reto que supone llegar a ella. Hay quienes apuestan por una serie de juegos de estira y afloja para que alguien voluntariamente comparta su cuerpo con el otro, sin embargo, la verdadera vía para ello es que ambas partes logren enfrentarse al mismo tiempo a la imponente presencia de un cuerpo desnudo.
Como una especie de preparativo anterior a la desnudez, la pintura puede configurarse ante nuestros ojos como un instructivo bellamente ilustrado para llegar a una revelación real de la pasión y el deseo que se esconde debajo de las ropas de alguien dispuesta a entregarse desde todos los puntos de sus ser.
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“Lady Lilith” (1866- 1868)
Dante Gabriel Rossetti
No se puede pretender desnudar un cuerpo sin antes haberlo apreciado detrás del pudor que suponen las ropas. Quién más para despertar la pasión y la curiosidad que una pelirroja de nombre Lilith. En esta pintura se funden dos de los arquetipos más usados para retratar la sensualidad y la pasión en el arte. Por un lado está Lilith, la primera esposa de Adán quien supo usar su belleza para dominar al primer hombre; en un segundo lugar, las mujeres de cabello rojo que en el siglo XIX fueron consideradas como símbolo de esa hermosura capaz de matar.
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“Joven con loro” (1758)
Giovanni Battista Tiepolo
Los hombros, durante una buena parte del siglo XVIII y XIX, fueron un símbolo de la belleza femenina, al ser justo el punto en el que el cuello, adornado o no con joyas, se une con los senos. Una mujer con los hombros descubiertos era, en ese sentido, la tentación más grande de un hombre. Es por ello que cada piel y pliegue que vaya descubriendo su belleza debe ser apreciado desde cualquier punto.
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“Estudio de mujer”
Alberto Garduño
Se trata de una de las obras más polémicas de este pintor mexicano quien, a pesar de haber producido su obra a la par que muchos muralistas, decidió impregnar la belleza en formatos mucho más pequeños y así condensarla para que un espectador pudiera perderse tratando de descifrar cada detalle en un cuadro. Con ese sutil guiño erótico que sus contemporáneos tacharon de atrevido e incluso pornográfico.
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“Venus ante el espejo”
Veronese
Para desnudar a una mujer no basta con decirle que es preciosa ante el mundo que se extiende frente a nuestros ojos; ella debe de estar segura de ello, saberse hermosa y que todas las alabanzas que recibe aumenten su sensualidad sólo con invocarla. No por nada la figura de la diosa Venus apreciando su figura en el espejo fue una de las escenas más replicadas en toda Europa durante el siglo XVI.
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“Water serpents II” (1907)
Gustav Klimt
La transfiguración del cuerpo femenino en una figura mítica como las serpientes acuáticas que seducían a lo marineros en sus travesías habla mucho de la sensualidad que se esconde debajo de su ropa. En esta pintura Klimt replica el arquetipo de la pelirroja para dar un énfasis aún más dramático al carácter provocador de la desnudez femenina que esta vez no va sola, sino que se reúne con otras figuras para demostrar que la belleza no es sólo de una.
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“Odalisca morena” (1745)
Francois Boucher
Sería imperdonable que en cuestión de desnudos los pintores ignorasen las figuras de las odaliscas como símbolo de la pasión, las habitantes de los harenes que entretuvieron a los sultanes en tiempos antiguos fueron durante mucho tiempo las portadoras definitivas de la sensualidad máxima que podría habitar en una mujer.
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“El nacimiento de Venus” (1484)
Sandro Botticelli
Casi como un don divino, la belleza habita en ella, mas cuando decide relucir ante el mundo, son pocos los que se resisten a perder su mirada en sus curvas y en una mirada indiferente que las hace lucir como seres inalcanzables a los que sólo se puede llegar por medio de alabanzas y ofrendas que logren complacerla.
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“Cariátide cuscatleca” (1943)
Valero Lecha
Durante el siglo XX nació en la sensibilidad de la gente un especial apego hacia los cuerpos tropicalizados, en este caso la combinación del paisaje selvático El Salvador y la presencia de un hombre que al parecer también se encuentra desnudo son los complementos que hacen de esta pintura el pretexto perfecto para exaltar lo que algunos escritores denominaron “belleza indiana”, haciendo alusión a la sensualidad de las jóvenes que los conquistadores europeos encontraron en el nuevo mundo.
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“Desnudo femenino”
Egon Schiele
El ejercicio realizado por Egon Schiele de desplazar la sexualidad de un cuerpo para convertirlo en una figura fue el pretexto perfecto para ver el cuerpo humano como un portador infinito de belleza, ya sea femenino o masculino. Ambos, desde un punto muy particular de asumir su belleza, son capaces de atrapar al otro para transportarlo a un sitio en el que las etiquetas son lo último que importa.
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“Señoritas de Avignon” (1907)
Pablo Picasso
Directo del calor de sus noches perdidas, Picasso encontró entre los rincones nocturnos de una gran ciudad el pretexto perfecto para crear la que pasaría a la historia como una de sus pinturas más importantes. La escena en este cuadro corresponde a un momento afuera de un prostíbulo, en el que jóvenes desnudas ofrecían sus servicio a los transeúntes que caminaban frente a ellas.
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Así como cada artista tiene un estilo determinado, cada época asume la desnudez como mejor le conviene; en algunas ocasiones basta sólo con la ausencia de ropas para que un desnudo sea precisamente eso, no obstante, yendo hacia un plano menos superficial, un cuerpo desnudo puede convertirse en todo un diálogo íntimo entre dos personas que buscan conocerse más allá de la sensualidad.

