El melancólico es sensible, frío y soñador; suele ser visto como apático porque se deleita en la soledad y la oscuridad de paso lento y silencioso; si el melancólico fuera un paisaje, probablemente sería un bosque en otoño, con la tierra fría y seca. Soledad, tristeza y depresión son algunas palabras que vienen a la mente al pensar en los melancólicos, aquellos hombres que se alejaron del mundo para refugiarse en las posibilidades del arte, el universo donde se puede crear otra naturaleza y exteriorizar la energía creativa contenida en las vísceras del cuerpo.
Las obras de arte provienen del lenguaje del alma. Cuando el dolor se concentra en el lienzo, los recuerdos en canciones y las pérdidas hallan sus fantasmas y sombras en guiones de cine. Cuando el sentir y la emoción del artista son genuinas, se contagian a quienes se encuentran con su obra, es por ello que la melancolía es uno de los principales motores de la creatividad.
Sigmund Freud reconocía en sus teorías que el duelo y la melancolía tienen un nacimiento común: la pérdida de algo que se ha añorado mucho; pérdidas humanas o abstractas, como perder a un ser querido, un amor frustrado, un ideal o incluso la patria. La melancolía desencadena entonces una tristeza infinita, pero también permite escuchar las voces que no escuchamos por miedo a enfrentarnos a nosotros mismos, voces que desatan el nudo de emociones que nos lleva de lo más profundo del abismo a la claridad del conocimiento.
Siglos antes del psicoanálisis, Aristóteles ya se preguntaba “por qué razón todos los que han sido hombres que fueron excepcionales, en lo que concierne a la filosofía, a la ciencia del Estado, a la poesía o a las artes, son manifiestamente melancólicos, y algunos al punto de ser tomados por las enfermedades oriundas de la bilis negra“. Quizá se deba a la naturaleza polifacética de la melancolía, considerada un desequilibrio de los humores del cuerpo. Este desorden puede conducir hacia el aislamiento o guiarnos hasta la iluminación, pero si no se tiene cuidado puede desembocar en la locura o la autodestrucción hasta el extremo del suicidio.
El genio melancólico sólo puede explicarse descubriendo las diferentes vertientes creativas de la melancolía: la meditación más profunda que conduce al conocimiento místico, la magia de la alquimia y la naturaleza en relación al cosmos, el impulso sexual, el dolor como motor para la reinvención y la soledad e introspección del artista para concebir una nueva obra.
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El conocimiento místico
Cualquier hombre semejante a Saturno que aspire a crear y reinventar el cosmos se convierte en su hijo. Por ejemplo, los santos ermitaños, personajes religiosos considerados el rostro místico de la melancolía, personas que se alejaban de las ciudades para vivir en cuevas, concentrados en el estudio, como San Pablo, San Antonio y San Quirino, siempre acompañados del crucifijo, un cráneo y los libros que denotaban concentración.
La concepción de la melancolía como algo destructivo o negativo comenzó a cambiar durante el Renacimiento: al recuperar el interés por estudiar los textos neoplatónicos junto con el mito del Dios Saturno representado como la sabiduría, padre de los dioses y mente cósmica del mundo. Los ermitaños, hasta entonces considerados despreciables como su carácter apático, se convirtieron en los estudiosos dedicados a desentrañar qué secretos nos esconde la naturaleza.
Vista desde ese extremo religioso y místico, la melancolía parecería más un vicio o una patología que una virtud creativa, sin embargo era el silencio del claustro y el retiro lo que permitía alcanzar lo más alto del pensamiento en la meditación.
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Impulso sexual, el goce del cuerpo
En algunos estudios se descubrió que la bilis negra era semejante al vino porque hay fluidos como el agua que con el calor o el frío no alteran sus propiedades o efectos, pero el vino caliente emborracha más. Si el cuerpo es de naturaleza fría, afecta distinto que si es de naturaleza cálida. La bilis negra en un cuerpo frío producía entonces todos los malestares melancólicos de la tristeza, como el miedo, la pesadumbre, y la fatiga; pero si la melancolía entra en contacto con la calidez de otro cuerpo entonces explota y se transforma en lascivia, es decir, un insaciable deseo sexual.
Esta es la otra cara de los melancólicos, individuos que tienen grandes desórdenes sexuales porque la bilis negra ha reventado con su calor y los ha vuelto insoportablemente ansiosos.
Desde entonces sabemos que la melancolía habita por completo el cuerpo, con una consecuencia física directa pero además creativa. El mismo Freud, siglos después en un artículo dedicado a Da Vinci, asegura que uno de sus motores fue el deseo sexual. El hecho es que ya sea como tristeza o fuerza sexual, el ímpetu melancólico es un impulso de la creatividad, porque ambos son los cimientos sobre los cuales está formulada la pregunta de Aristóteles, concluyendo que hay dos modos de genialidad melancólica: la tristeza que lleva al ensimismamiento de la introspección, o el goce del propio cuerpo que desborda toda su capacidad de ser.
En la literatura, por ejemplo, un testigo de las consecuencias de la melancolía como introspección es Pierrot, el payaso triste de las letras francesas a quien su novia colombina engaña con Arlequín. Este personaje desanimado por la traición decide entonces volverse sabio y desahoga la decepción amorosa en su pasión por la ciencia, decidido a preparar un elixir de la vida.
En contraste, el erótico retrato de Pita Amor, obra de Cordelia Urueta, nos revela una mujer gobernada por los astros, el refugio de su melancolía ya no es la ciencia como Pierrot, sino el erotismo de la Luna y las creencias mágicas que reconocen la influencia del cosmos en la creatividad.
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La soledad del artista
Saturno es también uno de los planetas más alejados de la Tierra, sombrío, considerado maldito y lento debido a los años que tarda en dar la vuelta al sol, por eso se relaciona con el proceso de la reflexión filosófica, tal como se representa en el siguiente autorretrato del pintor Guillermo Meza: el artista absorto en sus pensamientos, en lo alto de una montaña, como un asceta semidesnudo contemplando la caída de agua y tratando de absorber la belleza infinita de la naturaleza. Esta obra es además una interesante autorreferencia del artista como un hombre que se desenvuelve en soledad desarrollando su ser creativo.
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El dolor como reinvención
En una visión más cruda y desgarradora de la melancolía como impulso artístico, encontramos el dolor como fuente de la creación en la obra “Las tres bocas” de Julio Galán, un autorretrato con los ojos inundados de lágrimas, el rostro agobiado, el gesto melancólico, todo el lienzo es en realidad su cuerpo, con las venas a punto de reventar entrelazados con los alveolos de sus pulmones, la aorta nos dirige a su corazón en trazos tan orgánicos como las entrañas de su cuerpo intervenido con pinceladas violentas y azarosas, despedazándose él mismo al romper la tela y atravesarse para dejar a la vista el bastidor, referencia visual del esqueleto tan expuesto y vulnerable como su alma herida.
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El alquimista melancólico
Finalmente, el aspecto mágico de la melancolía como estado de la materia o estado del alma se asocia al anigredo o putrefacción y se remonta a las teorías alquimistas para obtener oro y extraer el plomo de los metales. Al hacerlo debían quemarlos en una putrefacción melancólica porque sólo después de ser destruidos o asesinados por mercurio podía extraerse un oro blanco, cuya etapa más pura era el oro espiritual o purificado llamado rubedo que adquiría una tonalidad rojiza.
Algunos alquimistas querían hacer esto materialmente, experimentando con los metales, pero otros decían que no eran más que metáforas para hablar del alma humana y que el anigredo era la tristeza melancólica de los hombres que podían alcanzar la iluminación para encontrar el rojo espiritual: el oro del alma. “El Iluminado” de Rufino Tamayo es este hombre que eleva la mirada hacia los astros, mientras posa su mano sobre el hígado, órgano asociado a la melancolía por la bilis. Su rostro brilla y se fusiona con las constelaciones porque ahora es un hombre que ha logrado acceder a la mente del universo en comunión con las estrellas y el cosmos.
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Los artistas son hijos de Saturno, como aquella pintora de la luna, obra de Cordelia Urueta que nos recuerda que los melancólicos son los únicos, capaces de acceder a la mente cósmica. De su trabajo artístico emerge otra realidad, un nuevo mundo para el hombre que es el arte. De este modo, la pintora se retrata con poderes mágicos para intervenir el cosmos y regalarle la Luna al Universo.
No te pierdas la oportunidad de conocer más obras que demuestran por qué la melancolía es aliada de los artistas, en la exposición “Melancolía” del Museo Nacional de Arte MUNAL, un recorrido curatorial sobre las concepciones del efecto melancólico, desde la pérdida del paraíso, el efecto negativo de la noche del alma que cubre los dolores del corazón que nos arrastran hasta perder de la cordura, la oscura sombra de la muerte, hasta conocer a los hijos de Saturno, una sala donde las obras hablan de los principios donde la mística, la creación artística y la alquimia son formas sagradas derivadas de Saturno como mente cósmica.
Visita el sitio web de la exposición para conocer todos los detalles.
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Si quieres ver esta exposición visita el MUNAL hasta el 9 de julio, y disfruta de la primera exposición en México que reúne arte virreinal, moderno y actual en torno a la representación de este sentimiento en el arte, dedicada a todos los melancólicos que encontraron en el dolor una fortaleza para crear. Te presentamos también las pinturas que te enseñarán que la melancolía se cura con soledad y descubre cómo la religión crea culpa, melancolía y odio.

