Reencarnar y empezar de nuevo. Aunque sea de lejos, en espíritu y en una suerte de vigilancia esotérica. Así como en el shinto –una de las religiones japonesas–, que propone un renacimiento no necesariamente físico, sino también en la posibilidad de las almas que se relacionan con los vivos de múltiples maneras. Quizás en la forma de un árbol, un animal o cualquier otro elemento de la naturaleza. Vivir una catástrofe y resurgir de lo que parecía destruido por siempre; ése es el sueño. Quien diga que no es cierto, es porque seguramente no ha vivido nada terrible aún.
Renacimiento –como se puede traducir también rebirth– es una de las últimas y más impresionantes obras de Manabu Ikeda; ésta, en general y a lo lejos, con la mirada poco clara como cuando entras a una sala del museo y apenas distingues algo en los cuadros, describe muchos aspectos de nuestra vida y los cambios a los que a cada persona le toca adaptarse; no sólo al tema obvio y central de su producción. Y por eso queda más que perfecto para esa idea de reencarnar que tratamos en principio.
“Rebirth“ tuvo su punto de origen tras el tsunami de 2011 en Japón. El llamado renacimiento al que en estas líneas se alude es, en efecto, una suerte de reencarnación que el artista atravesó como individuo, pero también como colectividad en una sociedad que se sentía devastada. El gran mural es el trabajo resultante de horas de reflexión y desolación en un contexto de pesadumbre. Es el análisis estético de la decadencia que parecía eterna.
Ikeda comenzó a pintar esta obra aproximadamente a inicios de 2014; el artista cuenta que a dicho trabajo le dedicaba alrededor de 10 horas durante 6 días a la semana.
A pesar de la contaminación oscura, de la decadencia social representada en pequeños detalles y olas de un tsunami arrasador, en la escena se aprecia un árbol creciendo cuyas raíces se notan endebles.
A su alrededor se aprecian microhistorias que hablan de esperanza, derrota, desolación y valentía. Aunque estos pequeños dibujos están dispuestos en la gran obra de casi cuatro metros cuadrados, no se necesita una perspicacia inaudita para saber qué es lo que ocurre por las mentes de esos diminutos seres retratados.
«Mi objetivo es expresar fielmente mi visión del mundo en mi composición, pero no representan intencionadamente imágenes detalladas», dice Ikeda sobre estos pequeños relatos.
Una gran ola se estrella contra un cerezo fenomenal en líneas exquisitas de lápiz y tinta, de suavidad y fuerza. Y es impresionante, sí. Pero la mirada vuelve a los garabatillos que circundan a esta evidente figura. Lento y de constante improvisación, Ikeda construye escenas intrincadas a partir de simbolismo y acciones desmedidas.
«Porque veo detalles cuando observo las cosas, en lugar de la totalidad, encuentro pluma y tinta para ser las mejores herramientas para expresar la forma en que los veo».
Según Kirstin Pires, editora en el Chazen Museum of Art, en “Rebirth” es bastante evidente que Ikeda engendró a dos hijas e hirió su hombro derecho, que los esfuerzos fueron extenuantes –rompió 400 puntas de pluma y utilizó 20 botellas de tinta– y que el impacto del tsunami y el reactor de Fukushima fueron más escabrosos de lo que el resto imaginamos.
En “Rebirth” hay brutales imágenes de destrucción incrustadas en todas partes. Así como en nuestra piel. En nuestra alma. Pero, ¿queda alguna otra opción más que ponernos de pie y seguir adelante? Quizá se estrellaron trenes y aviones, hubo explosiones, es seguro que murieron personas inocentes; sin embargo, en el medio, justo en el centro, queda una esperanza. No importa si endeble o violentada, allí se yergue una voluntad de continuar. Y ésa es la reencarnación que necesitamos. No la que viene después de la muerte, sino tras la reflexión trágica.
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