Todos los artistas crean obras diferentes incluso si pertenecen a la misma escuela o generación. Es un atentado contra la valoración particular de un artista contrastarlo con otro, sin embargo, ayuda a apreciar las perspectivas que tienen de la realidad, ya que ésta no es monolítica. Así que sin caer en un juicio de valor de qué artista es mejor que otro, resultan interesantes dos pintoras radicadas en México en la década de 1930: Olga Costa y Frida Kahlo. Estas pintoras guardaron características similares, aunque en sus pinturas muestran una mirada diferente de sí mismas y de México.
La figura paterna en Olga y Frida influyó en su trabajo artístico. Wilhem Kahlo, padre de Frida, era alemán proveniente de una familia burguesa que lo envío a México, donde radicó desde 1891. Kahlo se dedicó a la fotografía y, según sus biógrafos, compartía con Frida el amor por el autorretrato. Éste último fue el género más prolífico en la obra de ella, en la que la vemos naciendo, siendo amamantada, en el hospital, zoomórfica de venado, con cabello suelto, con cabello corto, con vestido de tehuana, desnuda.
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Jakob Kostakowsky fue un músico ucraniano de ideas comunistas por las que sufrió prisiones. Al músico le llegó la amnistía, tras haber participado en la frustrada República Socialista de Baviera, y salió con rumbo a México donde desembarcó en 1925. Kostakowsky se afilió al círculo de Silvestre Revueltas, perteneció al Partido Comunista de México (PCM) y a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) dándole rienda suelta a sus ideas de izquierda. Su hija Olga fue influenciada por estas ideas y las trasladó no a la música, sino a sus lienzos como Niño muerto (1944) en la que pone en duda el “indio” mexicano tan exaltado por la retórica de esos tiempos, o La niña de las palmas (1944) tan triste.
Muchos califican a Olga Costa como pintora de la mexicanidad, que rompió con el estereotipo de la mujer en la época. Por ejemplo, en su obra La vendedora de frutas (1951) la fémina se aleja de su representación sexual, como figura humillada o cumpliendo una función doméstica, se le observa parte de la vida activa del país. En Frida Kahlo no hay una perspectiva externa de la realidad, quizá en Allá cuelga mi vestido (1933) por el paisaje que rodea su traje como figura central de degeneración capitalista, o Unos cuantos piquetitos (1935) en el que se emula en la mujer muerta.
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