“Dolmancé: Sólo deseo terminar de una vez con este ridículo ceremonial. Vamos, caballero, estamos instruyendo a esta bonita joven, enseñándole todo lo que tiene que saber una señorita de su edad y, para una mejor instrucción, no dejamos de unir la práctica a la teoría. Ahora le falta la escena de un miembro eyaculando; ya estamos en ello, ¿quieres darnos un ejemplo?
El caballero: Es una propuesta demasiado agradable para rechazarla, y la señorita tiene los suficientes encantos como para que la lección obtenga los efectos deseados.
Dolmancé: Hablemos menos, caballero, y actuemos más. Dirigiré la escena, es mi derecho. El objeto de la misma es mostrar a Eugenia el mecanismo de la eyaculación. Pero, como resulta difícil observar ese fenómeno a sangre fría, vamos a colocarnos los cuatro de frente y muy cerca el uno del otro. Tú masturbarás a nuestra amigo; yo me encargaré del caballero. Cuando hay que masturbar a un hombre, otro hombre se las arregla infinitamente mejor que una mujer. Como sabe lo que le conviene, conoce perfectamente lo que hay que hacer a los otros… Vamos, coloquémonos.
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Señora de Saint-Ange: ¿No estamos demasiado juntos?
– Dolmancé: (Apoderándose del caballero). Nunca será demasiado, señora; es preciso que el pecho y el rostro de nuestra amiga queden inundados con las pruebas de virilidad de su hermano; debe arrojarle el semen en las narices. Como soy el maestro de la bomba, dirigiré los chorros de manera que tapen a Eugenia. Durante todo este tiempo tienes que masturbarla minuciosamente en las partes más lúbricas de su cuerpo. Eugenia, libera por completo tu imaginación a los supremos extravíos del libertinaje; piensa que los más bellos misterios van a consumarse ante tus ojos…”.
El pasado relato fue extraído del libro “La filosofía en el tocador”, escrito por el Marqués de Sade. En la obra, una adolescente se encierra un fin de semana con dos hombres maduros y una duquesa para conocer los secretos del sexo. Durante las largas jornadas sexuales los personajes van descubriendo de la manera más erótica posible lo que se tiene que hacer con una vagina y un pene.
Estas enseñanzas de Sade llegaron hasta la modernidad e incluso ese fin de semana de amor libertino fue recreado cientos de veces por el actor porno Christopher Zeischegg. Si le pudiéramos preguntar cuál es su lectura favorita, sin duda respondería que “La filosofía en el tocador”. El deseo exagerado de Zeischegg por el placer ha sido llevado al siguiente nivel cuando se juntó con la artista Maggie West, otro ser que disfruta de la perversión humana.
El acto doblemente artístico –porque el sexo por sí solo ya es un arte– inició cuando West tendió un puente entre el simbolismo de los fluidos corporales y la vida. Cuando el mundo, lleno de prejuicios y miedo, toma el semen como algo grotesco, olvida que de esa secreción surgen todos los seres vivos. Es como una enorme fuente de vida que portan los hombres entre sus piernas.
El desagrado que se tiene por esta viscosa sustancia se debe a miles de años de tomar el sexo como algo prohibido, como un pecado que puede destruir la existencia de una mujer en tan sólo unos segundos. En cambio, Sade lo toma como un brebaje sagrado, el cual revitaliza el espíritu y alimenta los instintos que todos llevamos. El reconocimiento de Maggie es que tuvo el valor para romper con esos tabúes y así transformar el semen en arte.
En el sentido contrario de lo que podría pensarse, las imágenes que ella crea pueden ser calificadas de todo menos de vulgares o desagradables, porque los toques luminosos que se contrastan con colores incandescentes realzan los grumos del fluido de una manera artística. Los espectadores desapercibidos, incluso, nunca se imaginarían que se trata de semen lo que sus ojos están presenciando.
La mezcla orgiástica de morados, verdes rojos y amarillos fluyen dentro y fuera de “Fluid”, una obra que parece inagotable, o al menos así será hasta que Zeischegg se canse de masturbarse para obtener el líquido primario con el que se trabaja. Para acentuar el simbolismo sobre la vida, la artista también hace uso de la sangre y la saliva. Por cuestiones de técnica, las sustancias son separadas de su representación original y se transforman en una representación subjetiva de la autora.
“Estos fluidos corporales son una parte esencial tanto de nuestro maquillaje biológico, como del proceso de creación humana. Ellos tienen simultáneamente el poder de transmitir enfermedades mortales y de crear vida”, cuenta West a The Creators Project. Con esta declaración se emparentan los pensamientos de Maggie West y el Marqués de Sade, porque aunque todos lo nieguen, lo que quería hacer Sade con su literatura era enaltecer la vida.
Al final, tanto la obra erótica de Sade como de West son un espejo, en el cual cada persona que se asome en él verá o interpretará lo que su corazón, alma y sentidos alcancen a comprender. Podrá ser tachado de antiarte, pero esa palabra saldrá de la boca de una persona que sólo ve en su reflejo una forma carente de estética, sustancia y mensaje.
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