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René Magritte: el artista surrealista

3 de mayo de 2018

Andrea Fischer

Magritte creó las mejores pinturas pero que la historia olvidó

Un mismo carro, un mismo pueblito en Bélgica, una misma mujer, una misma casa para toda la vida: sí, René Magritte no necesitó de grandes excentricidades para destacar como surrealista. A diferencia de otros personajes icónicos de la época, Magritte no se valió de un culto a la personalidad para alcanzar grandeza estética. En términos académicos repitió el patrón que sus colegas: se formó como todos los demás en la Academia de Bellas Artes de Bruselas; convivió con la élite intelectual del movimiento —tan radical, tan arraigada en la multiplicidad de manifiestos—; y atentó contra la imagen preconcebida que se tenía de la realidad; sin embargo, nunca permitió que su figura como artista permeara sobre su trabajo en sí: la obra fue suficiente.



A pesar de esta divergencia discreta, el surrealismo de Magritte sí siguió el principio fundamental del movimiento en términos estéticos: tomar elementos del entorno para generar una imagen inesperada, que tomara por sorpresa al espectador y le permitiera introducirse a una realidad alternativa más allá del plano inmediato del mundo; sin embargo, el artista belga observó esta condición desde una óptica más amplia: la de considerar las facetas interiores del ser humano, que se comparten universalmente, sin importar el contexto en el que el espectador se encuentre. Los ejes temáticos de Magritte, entonces, fueron muy humanistas: resignificar el amor, replantear la soledad y la memoria. Se trata de un entendimiento del individuo consigo y con el entorno, que se escapa de las definiciones tradicionalistas que la academia cimentó en otras épocas.



Aunque la línea afectiva de Magritte fue parca: conoció a la mujer de su vida, Georgette Berger, poco después de terminar el servicio militar; se casó con ella y vivieron por un tiempo en París, donde estuvo en contacto directo con los núcleos más álgidos del movimiento. Conoció y trabajó con Dalí en 1927, y la influencia del artista español fue evidente en su obra: después de Dalí, el elemento sorpresivo en la propuesta de Magritte se intensificó. Sumado a su profunda formación académica y al carácter irónico que se trasluce en sus composiciones, el factor sorpresa vino como un acento natural en el desarrollo de su propuesta estética.



Una vez que tuvo suficiente de París volvió a su ciudad natal para establecerse de manera definitiva. Quizás el tumulto de la capital francesa hubiera sido un obstáculo para su proceso creativo, tan rígido, tan conciso, tan al punto. Tal vez fuera en la tranquilidad de un pueblito en la provincia belga lo que necesitaba para encontrar esos instantes de esencia que confunden al espectador, que le permiten una visión mínima —pero efectiva— de un plano alternativo al de la vigilia. Porque, si bien es cierto que la obra de Magritte se caracteriza por cierto tono ocurrente, también lo es que alcanza bemoles oscuros, que trastocan fibras sensibles del inconsciente.



Fue común entre los surrealistas plasmar escenas explícitas a manera de retomar a Freud desde el estrato onírico del psicoanálisis. Muchas veces, la crítica más tradicional los acusó por irreverentes y efectistas, cuya única intención era escandalizar al público y pervertir las buenas formas de las bellas artes. Lo cierto es que, en alguna medida, esa era la intención: pervertir la concepción que se tenía de Arte; incomodar, para generar una visión distinta a la rigidez de la academia. Los radicales alcanzaron horizontes impensables para la época. Magritte, de nuevo, decidió tratar al erotismo en una línea más discreta, y no por eso menos asertiva: quiso retomar las formas académicas del desnudo para insertarlas fuera de contexto sin necesidad de hacer un happening público.



Magritte limitó su acontecer artístico a la tela del lienzo. Sus provocaciones a las instituciones artísticas se redujeron al espacio en blanco, sin necesidad de lanzarse al campo de batalla en medio de las masas. En vez de apuntar su carrera artística hacia los grandes acontecimientos políticos de izquierda —como muchos otros surrealistas de distintas disciplinas lo hicieron—, la obra del belga se centró en el instante, en el detalle, en el óleo y en el lienzo. Las grandes tribulaciones que aquejaron a los radicales del movimiento para él pasaron como noticias ajenas, de esas que se pueden descartar con el periódico de la mañana. Él atacó directamente al detalle que se escapa, y lo encerró en la jaula del lienzo para que no se diluyera en el contingente de las demás imágenes cotidianas. Un mismo carro, un mismo pueblito en Bélgica, una misma mujer, una misma casa para toda la vida: sí, René Magritte pudo pasar como una persona normal.



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TAGS: Grandes artistas Historia del arte Surrealismo
REFERENCIAS: The Surrealist Love and Bizarre Romance of Rene Magritte Gombrich Explains René Magritte

Andrea Fischer


Colaboradora

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