
Los niños solían vestirse de blanco por el simple hecho de que es sencillo lavarlo con cloro sin temer a una decoloración. Además, contrario a la actualidad, el color azul solía asociarse con las niñas y mujeres, pues se consideraba un tono delicado. Del mismo modo, el azul —así como el negro— eran los colores usuales de las prendas que las mujeres comenzaron a utilizar durante la Segunda Guerra Mundial, al ocupar los lugares que los hombres habían abandonado en las fábricas para acudir a la guerra, por lo que era relativamente sencillo asociarlos con lo femenino.
Sin embargo, se considera que en Estados Unidos —y por lo tanto Occidente— el rosa comenzó a asociarse con la feminidad por una mujer: Mamie Eisenhower, esposa del presidente de dicho país, quien durante la inauguración presidencial de Eisenhower utilizó un pomposo vestido color rosa decorado con cerca de 2 mil piezas de pedrería.
Estos productos rosados concentraron la connotación de delicadeza que el azul tuvo en algún momento. Al mismo tiempo, esta moda provocó que el rosa se convirtiera en el color ideal para aquellas mujeres atrevidas que intentaban diferenciarse en lugares predominantemente masculinos. Jennifer Wright, para Racked explica:
«Pero muchas [mujeres] aprendieron rápidamente que podían usar el color y sus nuevas connotaciones para su beneficio. Profesar un gusto por el rosa era una forma muy fácil para que las mujeres se vieran menos intimidantes sin cambiar sus acciones o personalidades».
Actualmente los objetos de consumo también han provocado controversia y hasta se ha designado el término de “impuesto rosa” al precio extra que la mayoría de las mujeres pagan al adquirir un artículo dirigido al sector femenino, a pesar de que su contraparte masculina tenga las mismas características.
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