Es imposible pensar en algo que intimide más a una figura poderosa que la presencia de un puño levantado y un conjunto de voces gritando consignas en pro de una causa justa. Si bien el poder ejercido sobre los demás es capaz de acabar con todas las esperanzas de una colectividad, también es cierto que basta apenas una voz que denuncie la injusticia para que cientos ─miles, en los casos más milagrosos─ de mentes se despierten y se den cuenta de que su realidad no es precisamente la mejor de todas.
A partir de la década de los sesenta, bajo los efectos de la rebeldía y la apertura de mentes, miles de mujeres decidieron hacer algo para ejercer los derechos que por muchos años les fueron privados por considerarse privilegios masculinos. Sin embargo, cuarenta años antes la lucha había comenzado con el movimiento sufragista, cuyo objetivo principal era reivindicar a la mujer y su derecho al voto el cual les había sido arrebatado por considerar que no eran aptas para tomar decisiones importantes en campos como política y economía.
Con la creación de la Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU), fundada en 1902, por Emmeline Pankhurst, las manifestaciones en pro de los derechos de la mujer se volvieron más constantes; sobre todo porque durante cincuenta años el gobierno británico había estado retrasando con promesas el voto femenino. Fue entonces que nació una de las consignas más fuertes del movimiento: «Hechos, no palabras», lo cual evidentemente cambió la imagen que estas mujeres tenían ante la sociedad inglesa hasta ese momento.
Para muchos aristócratas la WSPU se convirtió no en un movimiento de liberación, sino en una amenaza a las buenas costumbres de principios del siglo XX, es por ello que quienes desde un principio se opusieron a las exigencias de las sufragistas comenzaron a crear propaganda que desvirtuaba a la Unión. La mayoría de estas impresiones insinuaban que la lucha distraía a las mujeres de su familia y sus labores domésticas, lo cual, si consideramos la época, implicaba un verdadero escándalo.
Entre los carteles más agresivos se encontraban aquellos que tanto con imágenes como texto proponían callar a las activistas para por fin tener a la mujer perfecta, incluso como un medio para obtener la paz. Sin embargo, la agresividad de estos anuncios no se debía del todo a preocupaciones meramente domésticas; los hombres que estaban detrás de dichas imágenes demostraron su miedo hacia una sociedad en la que ellos ya no mantenían el poder en sus manos, sino que sería distribuido lo que, evidentemente, cambiaría muchas de sus costumbres.
Finalmente, en 1918, Gran Bretaña se convirtió en el octavo país en aceptar el voto femenino para todas las mujeres mayores de 30 años. Sin embargo, tuvo que pasar una década para que esta decisión alcanzara un estatus de verdadera equidad, pues al principio sólo las propietarias de tierras, arrendatarias y universitarias tenían derecho a ejercer su voto. Con todo esto, quedó demostrado que no hubo propaganda que pudiera detener a estas mujeres en su lucha contra un sistema que muchos asumieron como invencible.
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