
Los indios tenían ideas muy elaboradas sobre las piedras preciosas, creían que tenían poderes protectores. No cortaban las joyas como ahora se acostumbra, en India tendían a preservar la mayor cantidad de piedra, solo cortaban grietas y otras imperfecciones. Se creía que esto maximizaba su capacidad de proteger a uno de las malas influencias. La idea era que las gemas absorbían influencias negativas y luego la contenían en su interior, como una caja de Pandora.
Tavernier hizo seis viajes a la India entre 1630 y 1670. Al regresar a Francia después de uno de esos viajes en 1668, se reunió con el rey Luis XIV de Francia en el recién construido palacio de Versalles. El comerciante vendió al rey el diamante azul de 112 quilates y otros 200 diamantes, pero el gran diamante destacó por mucho al ser increíblemente raro debido a su tamaño y color.
Luis XIV, el Rey Sol, acumuló la mayor colección de joyas de la corona en la historia. Los cortadores de gemas europeos, influenciados por las ideas renacentistas de usar óptica y geometría para manipular la luz, aprendieron cómo cortar diamantes de manera predecible, y alteraron las propiedades reflectantes y refractivas de la piedra, para dejar salir la luz del diamante y dejar que brillara. Fue registrado en el inventario real y valorado en aproximadamente 3.6 millones de dólares en la moneda de hoy. Louis XIV lo usó como dije de una cinta que colgaba de su cuello o como prendedor.
Hay historias apócrifas que este diamante fue usado por la reina María Antonieta, pero no hay ninguna evidencia de eso. Cuando ella y su esposo fueron encarcelados después del estallido de la Revolución Francesa, las joyas de la corona fueron puestas en un almacén, exhibidas públicamente y luego, en septiembre de 1792, robadas. Cuando Napoleón más tarde se convirtió en emperador de Francia, juró recuperar todas las joyas de la corona francesa, incluido el diamante azul, pero falló ya que nunca lo pudo encontrar.
La gema azul estuvo desaparecida durante unos 20 años hasta que una pieza parecida pero de menor tamaño, de 45 quilates, apareció en Londres en 1812 en posesión de un comerciante de diamantes inglés llamado Daniel Eliason, quien nunca confesó de dónde lo sacó, pero se especuló que fue cortado de la icónica joya robada.
Eliason vendió el diamante azul al rey británico Jorge IV quien lo usó como un trofeo por derrotar a su enemigo Napoleón. Pero este rey tenía un gran defecto, era bastante egoísta y un terrible administrador, dejó a su reino en la ruina, así que después de su muerte en 1830, su albacea, el duque de Wellington, tuvo que vender el diamante azul para pagar sus deudas. Se lo vendió a Henry Philip Hope, un gran coleccionista de diamantes.
En 1887 el diamante fue heredado por Lord Francis Hope, el bisnieto de Henry Philip Hope. En 1901 Francis se vio obligado a vender la gema a los joyeros Joseph Frankel’s Sons & Company de Nueva York. Frankel esperaba hacer una venta rápida y una gran ganancia, ya que habían invertido gran parte de su capital comercial para comprar Hope Diamond, pero este se mantuvo muchos años en bóveda debido a su altísimo costo. En la recesión de 1907, Frankel tuvo que declararse en bancarrota.
Fue a partir de este momento cuando comenzó la mala fama del Hope Diamond, en las páginas financieras del New York Times de 1908; una crónica señaló que la gema fue responsable del fracaso de Frankel. Otros periódicos en Washington y Londres recogieron la historia y la hicieron cada vez más elaborada, hablando de las malas influencias y el poder de los misteriosos rayos que emanaban debajo de la superficie brillante del diamante. Estas historias atribuyeron las ejecuciones de Luis XVI y María Antonieta, la bancarrota de los Hope y Frankel a la influencia malévola del diamante azul.
Finalmente se remato el Hope Diamond a los hermanos Cartier en París. Pierre Cartier estaba encantado con la novela The Moonstone, escrita por Wilkie Collins. La novela narraba una historia en torno a un gran diamante amarillo de la India, con poderes místicos, una historia muy similar a los mitos que rondaban tras el Diamante Hope.
La historia de la maldición obtuvo mucha fuerza cuando Ned McLean se volvió loco y la familia perdió el Washington Post. Pero Evalyn conservó el diamante, en su autobiografía, expresó su ambivalencia sobre el Diamante de la Esperanza, a veces se burlaba de la maldición y otras veces se preguntaba si la maldición era un castigo por el dinero y el tiempo malgastado. En 1946, Evie, la hija de Evalyn, se suicidó. Evalyn murió un año después y la finca vendió el Diamante Hope a Harry Winston.
Una década después, el diamante llegó al Instituto Smithsonian, un centro de investigación en Washington D. C., y se le dio el número de adquisición 217868. Se registró con la configuración creada por Cartier y 16 diamantes de uno a uno y medio quilates que rodean la piedra azul principal, y un collar de 42 diamantes engastados en platino. Tan solo el diamante principal pesa 45.52 quilates.
Actualmente el Hope Diamond está consagrado en la rediseñada Galería Harry Winston en el Instituto Smithsonian, deleitando e intrigando a millones anualmente junto con la caja de papel marrón que Harry Winston confiadamente depositó en el servicio postal de los Estados Unidos para entregar por correo hasta el instituto.
Hasta la fecha no ha ocurrido ningún incidente sobrenatural o trágico en la Galería. Y por si te lo preguntabas, sí, la joya que portaba la protagonista de Titanic se baso en el Diamante Hope y en otra gema que portaba una tripulante en el verdadero Titanic, sólo que en la película de James Cameron lo nombraron Corazón del Mar.
En portada: Cosmopolitan

