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HISTORIA

"Las mujeres que salen de sus hogares deben ser bonitas": el mito que está matando al feminismo

Por: Andrea Prado29 de septiembre de 2017

Porque “lo privado también es político”, hacia los años 70 del siglo pasado la segunda ola del Feminismo surgió con un exitoso auge en varios rincones del mundo. Sin miedo a las represalias —que de una u otra forma le cayeron encima—, el “segundo sexo” salió a las calles para demostrar de múltiples maneras que “no se nace siendo mujer, sino que se llega a serlo”. Tras varias décadas de estar atrapadas en el “síndrome de sus abuelas” —como Betty Friedan lo denominó—, las mujeres blancas de clase media-alta se percataron, 30 años antes del término del siglo XX, de lo insatisfactorio que les resultaba su “encantadora” situación. Años de acción por parte de las feministas de todos los colores y provenientes de los diferentes sectores de la población, trajeron consigo la obtención de derechos legales y reproductivos, el acceso a niveles más altos de educación, la entrada a oficios y profesiones que anteriormente les estaban negados, y el derrumbe de una serie de antiguas creencias y “verdades” sobre el papel de una “buena mujer”.

No obstante, paralelas a la lucha de las mujeres de los años 70, dos cosas tomaron un auge significativo dentro del mundo femenino: los desórdenes alimenticios y la cirugía cosmética. Así, mientras por un lado las mujeres se liberaban de las ataduras provenientes de la “mística de la feminidad”, por el otro quedaban ligadas con mayor fuerza a lo que la periodista estadounidense Naomi Wolf denominó, en los 90, “el Mito de la Belleza”. ¿Pero cómo fue que el discurso de dominación patriarcal se escondió con tanta sutileza dentro de otro discurso que por su frivolidad parecía ser poco importante? La construcción del Mito de la Belleza no fue más que una reacción violenta contra el feminismo que surgía con gran estruendo en una segunda vuelta: las imágenes fundacionales del canon de “belleza femenina” fueron —y sigue siendo hasta nuestros días— un arma política contra los logros de las mujeres en los ámbitos público y privado.

 

Y es que si bien cada una de las generaciones femeninas ha tenido que luchar contra su propia versión del Mito de Belleza—más allá de representar lo que son las mujeres por sí mismas— es el dictamen de los comportamientos que en su momento se han considerado deseables. El Mito de la Belleza, además de apariencias, prescribe comportamientos, actuaciones y procedimientos entre los cuales tres han sido los ingredientes esenciales. En primer lugar, las “bellas” han sido mujeres jóvenes —y hasta hace poco vírgenes—, ya que representan para muchos la ignorancia emanada de su poca experiencia en lo laboral, sexual, etcétera. Por el contrario, el envejecimiento no es “hermoso”, pues junto con él las mujeres adquieren poder y experiencia y, por consiguiente, más respetabilidad. Por último, la competencia entre mujeres siempre ha estado articulada con el Mito de la Belleza, porque al estar divididas no podrían organizarse para adquirir conciencia y luchar para mejorar su situación.

 

De una u otra forma el mito siempre ha estado presente. Como lo explica la misma Wolf, su forma moderna ganó terreno después de los cambios que trajo consigo la industrialización a lo largo y ancho del siglo XIX. En ese contexto, el culto a lo doméstico se consolidó y, alrededor de 1830, las nuevas tecnologías se orientaron a la mejora del diseño de los menesteres del hogar y en la distribución de los daguerrotipos, los tintypes y los rotogravura que mostraban al mundo las imágenes de cómo debían lucir las mujeres. Para nadie es un secreto que en la década de 1840 se tomaron las primeras fotografías de prostitutas en Europa y América del Norte.

Paralelo a esto, el movimiento Feminista se articulaba con la lucha por la obtención del derecho al voto en varios países europeos. A partir de 1860, mujeres “feas y hombradas” se convirtieron en las protagonistas de las caricaturas en los periódicos que buscaban ridiculizar el movimiento sufragista. Las feministas victorianas eran “mujeres masculinas y gordas, que usaban botas, fumaban cigarros y maldecían como soldados”. Por otro lado, la producción en masa de imágenes dirigidas a las mujeres creció gracias al nacimiento y expansión de una serie de revistas femeninas inglesas, como The Queen, Harper’s Bazaar y Beeton’s English Women’s Domestic Magazine. Gracias a la alfabetización —promovida gracias a institutos educativos exclusivos para mujeres, como el Griton, Newham Colleges, Vassar y Radcliffe— en países europeos, se incrementó el público lector que consumía este tipo de publicaciones. Todas estas publicaciones mostraron la repulsión hacia el movimiento de la primera ola del Feminismo, a través del enfrentamiento de la fealdad y la belleza del delicado sexo en las portadas de las revistas.

Como escribe el historiador Peter Gray, el estallido de la Primera Guerra Mundial hizo que al discurso dirigido a “las féminas” en dichas revistas se le inyectara un poco de conciencia social. Pero una vez que la fuerza de trabajo masculina regresó de las trincheras, las revistas tuvieron que articular de nuevo sus palabras en torno a lo “maravilloso que era el hogar” y una nueva guerra vino en 1940, el glamour de la war production nació con éxito tanto en las revistas como en los estantes de la tiendas. De nuevo inserta en el mercado laboral, la mujer fue vista como un consumidor en potencia, pues ganaba ya su propio dinero. Pero el mito nunca se fue, había que ser bella con todo y el trabajo duro. Un ejemplo de este mensaje es el de la crema Pond´s que decía: “nuestras manos simbolizan una de las razones por las cuales estamos peleando… el precio preciso de las mujeres antes de ser femeninas y amorosas”.

 

Terminada la Segunda Guerra Mundial, los hombres que manejaban la burocracia del estado creyeron que la mayoría de las mujeres regresaría con gusto a su “eterna misión” de madres y esposas, pero sólo el 15% de ellas lo hizo de forma inmediata. Fue entonces cuando las revistas femeninas se volvieron esenciales. Mientras que 3 millones de mujeres estadounidenses y un millón de británicas fueron despedidas, las publicaciones en masa de lo femenino construyeron lo que Betty Friedman denominó “la mística de la feminidad”. Los reportes de mercado de la época lo decían: “debemos hacer sentir culpables a las mujeres de la suciedad que abunda y nace en el hogar por la ausencia de ellas mismas... enfatizar al mismo tiempo el valor terapéutico de ir de compras adquiriendo productos especializados en tareas especializadas”. Sin embargo, tras la publicación de la obra de Betty Friedman en 1962, la mística de la feminidad quedó al descubierto y las mujeres se insertaron con más ímpetu en el mercado laboral. Los anunciantes se percataron de la pérdida de sus consumidores primarios de enseres del hogar, por lo que tuvieron que crear otro mito, el Mito de la Belleza.

A diferencia de la mística de la feminidad, la nueva ideología tenía que poder transportarse en un maletín para que la mujer trabajadora la pudiera llevar hasta su oficina. En medio de la segunda ola del Feminismo, el Mito de la Belleza sustituyó a la mística de la feminidad; al mismo tiempo que salvó a las revistas y a los anunciantes. Fue así como en los años 70 se crearon una serie de “problemas” en el cuerpo femenino que respondían a lo que se decía era la “propia naturaleza de las mujeres”. En cuatro años, las columnas sobre belleza aumentaron un 70%, y en 1980 se editaron 300 libros en inglés dedicados a las dietas. La lucrativa transferencia de culpabilidad resucitó justo a tiempo: la mujer fea fue de nuevo aquella “fémina” con nariz ancha, pechos pequeños y mitad hombre, que al luchar por sus derechos descuidaba su aspecto ideal, transformando de nueva cuenta lo “privado en algo político”.

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Entender el feminismo no es tarea fácil, sin embargo autoras como Simone de Beauvoir han logrado poner en palabras uno de los debates más complejos de nuestra historia. Si te interesa conocer más sobre la lucha feminista, estos son los tres libros imperdibles para conocer los principios fundamentales del feminismo.


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