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¿Cómo eran las tiendas de raya durante el porfiriato?

26 de octubre de 2017

Carolina Romero

Hubo un tiempo que en México se efectuaba una de las más injustas maneras de explotación y sucedió en buena parte gracias a Porfirio Díaz.


Un mexicano promedio trabaja 2 mil 246 horas al año: ocho horas diarias, seis días a la semana. De todo el mundo, México es el país donde se trabaja más. Según la Organización para el Desarrollo y Cooperación Económico (OCDE), esto no es una buena señal, al contrario, los países más prósperos son donde las personas trabajan menos horas.



La situación laboral actual es deplorable; además de las extenuantes jornadas, los bajos salarios y la inexistencia de prestaciones crean un escenario sumamente hostil para los empleados. Se trata de una especie de esclavismo disfrazado de progreso y bienestar, propio del desarrollo de capitalismo.


Hubo un tiempo, sin embargo, que en México se efectuaba una de las más injustas maneras de explotación y sucedió en buena parte gracias a Porfirio Díaz...


Debido a la expropiación de territorios ocurridos durante su gestión, muchas personas se vieron en la necesidad de trabajar en haciendas. Al quedar desprovistos de su fuente de trabajo y sustento —sus tierras—, los pequeños agricultores tuvieron que adaptarse y vivir como trabajadores de otros, aceptando las paupérrimas condiciones que se les ofrecían.


Al no tener ningún otro medio para ganarse la vida, se veían obligados a cumplir con horas de trabajo extenuantes. Las jornadas de trabajo llegaban a durar hasta 14 horas diarias, las condiciones eran insalubres y violentas. Si algún trabajador intentaba huir era perseguido por las fuerzas policiales y devuelto a la hacienda, con el temor a un castigo por parte del patrón.


 

Pese a que se trataba de una jerarquización bien definida que diferenciaba entre los acasillados, los trabajadores eventuales, los arrendatarios y los medieros, las dinámicas dependían mucho de la zona donde se desarrollara. En el centro y en el norte del país, escaseaba la mano de obra, por lo que las condiciones eran, de alguna manera, mejores.

 


Sin embargo, en el Sur, algunas personas eran contratadas porque iban huyendo de la justicia o porque pertenecían a las comunidades indígenas de las fronteras o, incluso, algunos eran cooptados cuando estaban sumamente ebrios. A veces se daba un pago por adelantado y el peón estaba obligado a permanecer en la hacienda hasta que muriera o hasta que su patrón considerara que no era más útil.


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Las tiendas de raya: negocio y explotación redonda


La explotación laboral efectuada en las haciendas fue un negocio redondo para los poderosos. Personajes que no les bastó el sufrimiento diario de cientos de familias obligadas a laborar, además, lucraban con las "ganancias" de los peones.



Estos eran obligados a comprar dentro de las mismas tiendas de la hacienda, donde los productos se les vendían varias veces más elevados de su costo real; sólo les alcanzaba para adquirir algunas legumbres y cuando ya no tenían posibilidad de seguir pagando, el tendero les hacía un "préstamo" cuyos intereses ascendían se disparaban. La deuda —que se convertía en impagable— pasaba a los hijos, quienes desde ese momento, se condenaban a saldarla a como diera lugar.


Eran llamadas "de raya" porque, debido a que casi ningún trabajador sabía escribir, y firmaban con una raya el registro de nómina. Sin embargo, el pago ni siquiera era con dinero real, sino —en el mejor de los casos— con monedas hechas por la propia hacienda o por una especie de vales que canjeaban en los lugares. Naturalmente, los engaños y fraudes eran cosa de todos los días, pues les pagaban mucho menos de lo que les prometían.


 


Algunos estudiosos han sostenido que las tiendas de raya también servían como centro de esparcimiento y una manera en la que los trabajadores se relacionaban; sin embargo, otros encuentran esto inverosímil, debido a las atroces circunstancias en las que vivían. Incluso hay quienes aseguran que los propietarios de las tiendas incitaban a que los peones consumieran alcohol y la deuda siguiera creciendo.


Además de ello, hay diversos registros que prueban la violencia ejercida por los encargados de las haciendas. Mientras los propietarios sólo iban de vez en cuando —pues vivían en lugares sumamente lujosos de la Ciudad de México— a cerciorarse que todo marchara “bien", los trabajadores eran agredidos física y emocionalmente. Sumado a todas estas injusticias, la edad laborar comprendía desde los 6 o 7 años hasta los 90.


 

Porfirio Díaz dio a los hacendados las armas para que este sistema de riqueza desigualitaria imperara, dando amplias concesiones a los empresarios para apropiarse de los territorios y, con la mano de obra sumamente malbaratada, explotar todos los recursos. Fue hasta la llegada de la Revolución Mexicana que estas prácticas fueron abolidas. Es importante saber que no se trató de un hecho aislado que ocurriera sólo en México; en Europa y Norteamérica este injusto sistema se impuso a finales del siglo XIX. Sin embargo, en nuestro país se extendió por todo el territorio, causando millones de historias de horror y sufrimiento.


Si bien el porfiriato ha concluido, aún persisten vicios sumamente arraigados que se niegan a desaparecer. La explotación laboral sigue existiendo —aunque de manera velada— y las condiciones de trabajo no se acercan tanto como se piensa a una justicia real.

TAGS: Historia mundial Datos curiosos historia de méxico
REFERENCIAS: UAMEX La servidumbre agraria en México I.I. Jurídicas UNAM Forbes

Carolina Romero


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