Existir sin nada más que el pesimismo de enfrentarse todos los días a una cruda realidad. Tal vez en ese enunciado se centre el miserabilismo. Porque a partir de él podemos aseverar que es imposible ser felices. La vida, después de todo, no vale nada, el presente es estático, sin un futuro mejor, el gobierno ha golpeado tanto a los de abajo que no hay nada qué disfrutar… peleamos con estos postulados para intentar sobrevivir y seguir adelante, para no dejarnos vencer y considerar que la esperanza es una posibilidad latente que se presentará en cualquier momento.
Para los miserabilistas no hay un punto medio entre el dolor y lo bello de la vida. Todo está lleno de inmundicia y el pesimismo domina el derredor. El pensamiento humano carece de su verdadera complejidad optando por caer sin manos, sin ningún tipo de cuidado, directo al pavimento para recibir el golpe que tanto ha esperado. Durante la guerra mundial, el espíritu del mundo se encontraba en un estado cada vez más decadente.
El modernismo catalán se centró en el Miserabilismo y el Clasicismo como dos corrientes poderosas que cambiarían la manera de ver el mundo y el arte de esta región. La corriente miserabilista la comenzó Isidre Nonell en 1894, cuando realizó personajes deformes de una de las colonias más pobres. Esta corriente surgió gracias a la tensión entre el Naturalismo y el Simbolismo, mismas que reflejaban paisajes sombríos de una vida que parecía no tener rumbo. Las armonías tonales características del Simbolismo y los valores plásticos del Naturalismo.
“El sujeto, lleno de inmundicias y pesimismo, no tiene nada que lo justifique y, en realidad, no lo quiere”.
Esos individuos marginales que sufrían las desventuras del peor presente que pudieran imaginar, eran plasmados por grandes maestros del lienzo. Los miembros de “Quatre Gats”, como Pablo Picasso, retrataron a los individuos marginales como músicos, prostitutas, locos, criminales… sin entusiasmo por la vida.
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“Nacido para la muerte, listo para pudrirse”.
El mundo reflejaba el sentir de los más débiles, aquellas personas que sin ninguna relación, debían sufrir los estragos económicos, políticos y sociales de una guerra que muchos ni siquiera sabían por qué se llevaba a cabo. La literatura moderna lo reflejó con maestría y sobre todo, los franceses. Los acontecimientos llenos de miseria parecían no tener cambio. No llamaban a la rebeldía sino a la desesperación y más pura angustia de aquel que cree vivir en el absurdo: nacido para la muerte, listo para pudrirse.
No había esperanza, los individuos podían compararse con la escoria más grande sobre la Tierra, sin fuerza secreta, sin pasión ni voluntad de mejorar. No hay complejidad en el ser humano, simplemente la futilidad de no ser útil y la imposibilidad de crear su destino. El sujeto, lleno de inmundicias y pesimismo, no tiene nada que lo justifique y, en realidad, no lo quiere.
En el Salon d’Automne (más tarde llamado Salón de la Liberación), en 1944, después de la ocupación alemana, un hombre expuso la cumbre del miserabilismo: Francis Gruber, quien con su cuadro “Job” logró plasmar la represión del pueblo y la supervivencia del mismo gracias a la ocupación. Gruber nació en Nancy y sus influencias principales fueron pintores como El Bosco, Grunewald, Durero y Giacometti.
Ese era el momento cumbre para celebrar la resistencia; sin embargo, el cuadro de Gruber representaba la total y terrorífica derrota. Un hombre desnudo, cuya pesadumbre es evidente con sólo ver los trazos, arrepentido, triste, lleno de la nostalgia del pasado. Amargamente sumiso que medita sobre su desesperación. “Todavía hoy mi queja es una rebelión, sin embargo, mi mano comprime mis suspiros”, aparece en la hoja de papel que yace en el suelo.
Algunos también agrupan a Gruber con el grupo expresionista en Francia. Tenía sólo 36 años cuando murió debido a una tuberculosis que lo azotaba, pero su obra aún marcaba a esa generación sumida en el tremendo caos de lograr salir adelante sin ningún objetivo. En 1947 fue galardonado con el Premio Nacional de Pintura. De muy joven recibió los consejos de Braque y de Bissière, más tarde lo hizo en la Académie Scandinave por Dufresne Friesz.
Gruber nació el 15 de marzo de 1912 con problemas graves de asma, es por eso que toda la educación básica la pasó con profesores privados que no alteraran su entorno. Siempre fue un hombre reservado y tímido. Desde los 12 años trabajaba en el taller de diseño de su padre y gracias a que su hogar se convirtió en el mejor lugar para aprender, su carrera artística comenzó con gran fuerza en 1930, cuando participó en el Salons des Tuileries et d’Automne. Dos años después, Gruber ya era un artista bastante reconocido, codeándose con los grandes pintores de esa época.
Siempre cuestionándose las ideologías fascistas y los valores de la época, experimenta con algunas vanguardias como el Cubismo, el Fauvismo, pero nunca el Surrealismo, hacia el que expresó su desprecio en una publicación de 1938, en la que aseguraba que los verdaderos ídolos que las personas debían observar eran pintores como El Bosco o Brueghel.
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Estos artistas retrataron en el lienzo la más terrible soledad, miseria y desilusión acerca del mundo. Giacometti, profesor de Gruber, también lo hizo pero con esculturas. En este link puedes ver su historia. También te presentamos una serie de pinturas impactantes hechas por el artista Ilya Repin… da click aquí.
