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Acuarelas para comprender el sexo y la triste realidad en la que vivimos

Por: Rodrigo Ayala Cárdenas 20 de septiembre de 2017

No basta ver las noticias para saber que ciertas cosas en el mundo están olvidadas, perdidas, naufragando a la deriva del odio y la tristeza. Aquí, ante esta pantalla de computadora o celular, frente a la mirada de un ser vivo que come y respira para vivir tan sólo un día más, están las acuarelas que denuncian el vacío ante el que la vida se lapida día con día. Y es en este preciso instante en que las palabras del autor checo Milan Kundera cobran vida y sentido cuando dicen: «El hombre desdichado busca un consuelo en la amalgama de su pena con la pena de otro». Estas acuarelas son el testimonio sagrado de que la pena de artista y público provienen de la misma fuente: el corazón oscuro del destino. Cada dolor se alimenta un poco más del otro y es en ese instante en que una obra cobra su más profundo sentido y el espectador se ve reflejado en ello.

Elly Smallwood es una chica delgada, de piel muy blanca y con el cabello pintado de colores (a veces rosa, otras morado). Es el mismo tono que se observa en algunas de sus acuarelas, como si la artista quisiera llevar en ella misma parte de la filosofía y estética de sus obras que deslumbran y hacen sentir una penetrante tristeza. Como el artista de Nueva York, Jean-Michel Basquiat, Smallwood tiene una fijación por la extravagancia en las combinaciones de la ropa. Viste con pantalones amplios y botas adornadas con agujetas de diferentes colores. Es una chica que no sólo lleva el arte en las venas sino también en cada pieza que porta. Su personalidad, en apariencia frágil, es resaltada por tatuajes en antebrazos y muslos, mismos que le confieren una sensualidad que va acorde a las características de su obra.

Smallwood es una artista de estilo y creatividad libres. Es cierto que su fama se basa en acuarelas de primeros planos de rostros llenos de color y expresiones de dolor, pena y alienación. El gran formato de sus acuarelas (algunas sobrepasan los 2 metros de altura) hace que estas expresiones sean mucho más vívidas y fuertes. Al observar su arte nos damos cuenta de una espontaneidad salvaje en cada trazo, en esos delicados contornos que se combinan con detalles fuertes. Ella define de la siguiente manera su trabajo: «Nunca soy capaz de explicar el concepto detrás de una pieza porque no es algo que pueda comprender a través de las palabras, es una exploración de algo a través de la pintura, que es un lenguaje en sí mismo. Quiero que mi trabajo llegue a la gente en un instante».

Ese instante del que habla la artista es una honda tristeza en los colores, en las miradas, en las posturas de los modelos que alzan la vista implorando misericordia o que hunden la mirada en la parte más baja de su ser anhelando a una persona que ya no existe. Cada gesto es una historia erótica de silencios y recuerdos intensos que Smallwood desarrolla con tremendo talento y fuerza. Cierta deformidad se adivina en sus pinturas, un desprecio por los convencionalismos de la estética y una sutil agresividad. Pareciera que cada acuarela sangra con diferentes tonos.

Los seres aquí mostrados son criaturas que han perdido su propia identidad y se revuelcan en remolinos de tonos rojos, verdes y grises, los colores del vacío emocional. Cada gesto es el mismo que los seres humanos del mundo real han experimentado en esta triste realidad que habitan. El erotismo de Elly Smallwood se funde con la muerte; hay un instante en que se ignora si ese ser que yace está en éxtasis o en agonía. Quizá un poco de uno y algo más del otro; tal vez los dos en combinación perfecta. Smallwood tiene esa capacidad de mezclar el mundo de la ficción pictórica con la realidad en la que habita, por ello es que sus acuarelas parecen incluso respirar aunque haya una muerte implícita en ellas.

Quizá la acuarela donde haya una cara sexual más evidente sea en la que una mujer yace con el rostro difuminado a merced de un ave que explora su cuello y que parece sentir deseos de internarse en lo profundo de la piel de la mujer. «Es imposible no ser influenciado por el mundo en el que vives y por la cultura de la que eres parte, pero no son cosas de las que estoy tratando de hablar», explica la artista. «Mi trabajo a menudo se ocupa de temas como la sexualidad femenina, el sexo LGBTQ, fetiches, etc., y creo que son muy relevantes en este momento, pero yo trato con esos temas porque son una parte de mi vida».

Posando una atenta mirada en los ojos, en las bocas y en cada detalle de los rostros que se presentan en este vacío existencial se observa que la mayoría portan la enfermedad del hastío pero también algo que les ha carcomido la piel comenzando desde el alma. Smallwood ha tenido la certeza y el atrevimiento de explorar los grandes males que hay en la fragilidad y vulnerabilidad de la sexualidad. Los seres sin voluntad nacidos con estas acuarelas nos recuerdan que, aunque haya sol, la luz no es suficiente para iluminar las vidas; aunque hay color éste no es suficiente para llevar un poco de alegría a los corazones que la necesitan.

Toda la tristeza que esta artista plasma en sus obras tiene su origen en una plena libertad creativa que desarrolla en su estudio ubicado en Toronto, aunque Smallwood es originaria de Ottawa. Su obra completa la encuentras en su cuenta de Instagram o en su página oficial.

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El ser humano nunca dejará de sentir una especie de vacío pese a estar rodeado de amor o amistades. Es una condición natural que la vida tiene como parte sustancial de sí misma y que forma parte del verdadero significado del erotismo en la vida real y en el arte.


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