
Las Meninas es considerada la obra maestra del talentoso pintor Diego Velázquez. Ha sido objeto de múltiples análisis e interpretaciones, gracias al dominio de la técnica del pintor además de los múltiples elementos y su conjugación en el gran lienzo. Debido a los constantes estudios, continuamente se descubren nuevos elementos, en el caso de uno de los más recientes, se encontró una influencia mexicana que había pasado desapercibida durante algunos siglos.
Las meninas de Diego Velázquez
Esta es una composición muy sofisticada, con nueve personas, un perro, reflejos en el espejo del Rey y la Reina, pinturas en la pared, etc. Sin embargo, hay un sentido de organización y cohesión en todo.
Velázquez se incluyó con valentía en la pintura del extremo izquierdo, de pie, pincel en mano, frente a un gran lienzo. Su inclusión entre la realeza encarna sus logros como artista. En el momento en que creó Las Meninas, había pintado para la casa real durante unos 33 años.
La infanta Margaret Theresa
En cuanto al punto focal, parece ser la joven infanta Margaret Theresa de cinco años, hija del rey Felipe IV de España y Mariana de Austria, acompañada por sus asistentes. Velázquez usó algunas técnicas inteligentes y sutiles para llamar la atención sobre ella en medio de una escena tan ajetreada: ella está iluminada mientras mira hacia la fuente de luz principal en el lado derecho de la pintura.
En el lado derecho de la pintura, se puede observar cómo la mayoría de las personas y el perro miran hacia adentro. La infanta Margaret Theresa es la primera en romper este tema, creando un punto de conflicto o impacto. En su mayor parte, la luz dicta dónde se dibujan sus ojos.
La influencia mexicana en Las Meninas
En general, los colores son moderados, principalmente grises, marrones, negros y otros colores débiles. Pero hay varios acentos rojos vivos esparcidos por toda la pintura. Estas pequeñas ráfagas de color ayudan a dirigir la mirada alrededor de la pintura hacia puntos clave de interés. Hay una sensación de calidez en toda la pintura, en la que se utilizan principalmente tonos rojos, naranjas y amarillos, reflejados en la paleta de la mano de Velázquez y en un elemento en particular: un búcaro, un pequeño jarrón de barro que le ofrece una asistente a la infanta.
Aunque ante la vista de mucho este elemento ha pasado desapercibido en la mayoría de las lecturas, Kelly Grobvier, analista de la obra, ha confirmado en la BBC que esta imagen puede ser una interpretación de esta artesanía popular de Guadalajara México. Y más intrigante aún, podría tener un significado alucinógeno dentro y fuera de la obra.
Según la interpretación de Grobvier, ese jarrón es ofrecido en bandeja de plata a la infanta para beber un poco de líquido perfumado por la arcilla. Sin embargo, en ese momento también se acostumbraba que las mujeres que bebían de esos búcaros dieran un pequeño mordisco a los jarrones para masticar un poco de arcilla y gozar de un efecto de blanqueamiento de piel y en algunos casos, alucinaciones. Tal cual se puede leer en la autobiografía de Estefanía de la Encarnación, en donde se declaró adicta a la arcilla de los búcaros y sus efectos alucinógenos.
