Fotografías de la fascinación por la piel y el olor a deseo

Fotografías de la fascinación por la piel y el olor a deseo

Fotografías de la fascinación por la piel y el olor a deseo

Todo comienza como cualquier encuentro estúpido suele hacerlo: con una mirada. Me sentí incómodo al inicio. No me siento lógico ni de pie en este universo. En un momento estaba caminando de forma adecuada y al siguiente sentí un vacío donde se supone que está mi espina dorsal. Tengo comezón de mi piel y deseo escapar, pero estoy quieto, con el aire de la ventana vecina en mi rostro, esperando a que Jacobo se dé cuenta que he quedado paralizado.

Creo que hay algo mal. El resto de las personas parece estar suspendido en el tiempo. O quizá mis ojos y su percepción son los que están en pausa. Nadie ve en mi dirección. Lo único que vislumbro son nucas y la abrumadora blancura de las paredes de este sitio. ¿Por qué vinimos? Veo que el cabello de Jacobo está alargándose demasiado de la parte trasera y aún tiene la mancha de aquel chicle que quedó pegado en su pantalón hace dos semanas. No sé qué hace conmigo.

Me esfuerzo por mirar de nuevo hacia el punto donde comenzó todo. Es lo mismo que miré hace un segundo. Nucas. Figuras solitarias atadas en dos capas. Mujeres y hombres sin rostro que nos permiten sentir su dolor. Siento las ligas, fibras, espumas, células y residuos de cada uno de mis fantasmas. Esta belleza perturbadora me está matando. ¿Es una lección? ¿Hay algo que deba aprender? Quizás estoy destinada a quedarme de esta forma por siempre. Continúo mirando las imágenes, pero ya no tengo nada. Ya no estoy aquí. Ya no estoy en mi piel. Sólo espero que cuando vuelva –si es que lo hago– pueda decirle a Jacobo que lo siento. Y quizá pueda agradecerle a Evelyn Bencicova que me haya causado ese daño aquella tarde de octubre, justo antes de que el sol se fuera y las luces del museo se apagaran.

La serie de fotografías titulada “Faceless” que veo con Jacobo hacen justicia a su nombre y presenta sujetos sin rostro, como yo en este momento. ¿Estoy ahí dentro? Podría estarlo en todos los sentidos. Un efecto minimalista captura mi complejo sentido de la existencia, una carga ligera que vive pegada a mi piel, donde no quiero estar. Evelyn tiene 23 años, mi edad exacta. Es de Slovakia, Jacobo me dijo que debíamos ver su obra. Probablemente él sabe algo que yo no y su cabello largo parece molestarme cada vez más.

Trato de contactar mi inconsciente filosófico que –se supone– debe estar alerta en todo momento. Me avergüenzo porque sé que mi profesor estaría molesto si me mirara perderme de esta forma dentro de las imágenes de Evelyn, quien alguna vez quiso estudiar lo mismo que yo. Debo decir que leí sobre ella antes de venir. Suelo ser escéptico cuando Jacobo me dice que algo es bueno. Debería decírselo, pero seguramente lastimaría sus sentimientos y –aún más importante para él– su ego.

Evelyn dijo alguna vez que sus fascinaciones eran “la intensidad, velocidad, arte, locura e ilusión. La belleza está en todas sus formas, en una cantidad interminable de cosas”. Al recordar eso creo saber hacia dónde mira Jacobo. Es la otra serie que vinimos a ver. Se titula “An organic (still life)” que se traduce como “Una orgánica (naturaleza muerta)”. A diferencia del resto de su trabajo, no presenta humanos, sino animales. Las imágenes logran darme una especie de calma. Comienzo a sentir de nuevo mi espina dorsal.

Alcanzo a oler a Jacobo. El pegajoso sudor huele hasta donde estoy y quiero tomarlo y no soltarlo. Quiero inhalar hasta la última partícula de su cuerpo. Soy como los animales en las fotografías. Quiero ensuciarme en la comida, quiero dejarme ser libre y comer lo que es mío por derecho. Aunque sea demasiado.

La composición de las imágenes y la decadencia del comportamiento animal, me hace percibirme como una bestia en mi hábitat natural. Estoy rodeado de idiotas como yo. Soy todos estos idiotas. Envuelto en mi propia maraña, mi prisión personal. Mi interacción con el mundo me define, como a ellos. Tan quietos y eternos. Probablemente yo sea una fotografía, estoy regresando a mi ser.

Mis oídos comienzan a perturbarse. El silencioso bullicio del museo vuelve. Todos actúan con normalidad. No sé si hayan pasado por lo mismo que yo. Tienen rostro de nuevo pero yo aún no logro recordar el mío. Jacobo se dirige hacia la serie de los animales mientras trato de encontrar el ritmo de mi corazón y recordar que alguna vez había mirado otra serie de Evelyn, pondero sobre deseo. Pienso en mi familia y en que Jacobo hará de cenar.

Las fotografías de Evelyn Bencicova (amo ese nombre) en su complejidad y su detalle suelen acercarse a las pinturas clásicas en la manera de presentar la forma humana. Los elementos minimalistas que integra junto con sus sujetos -los cuales están libres de toda prenda para situarlos en un contexto general- emanan una gran cantidad de ruido a pesar de mostrar muy poco o no tener una relación clara. El talento de la artista, que se basa en el conocimiento absoluto, es de admirarse tanto como su obra. Desde aquel día, me he sentido incompleto.

Para ver más de su trabajo basta con entrar a EvelynBencicova.com.

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