¿Qué tan enferma y podrida podría estar nuestra mente si al escuchar algunas historias sobre pedofilia o incesto nos mostramos indiferentes?
Aunque no lo parezca, nuestros pensamientos han evolucionado hasta llegar a un punto en el que lo que en otros tiempos se consideraba como una aberración hoy es abordado con una naturalidad que aterrorizaría a cualquiera. Basta con decir que en 2016 las búsquedas que se hacían con mayor frecuencia en los principales sitios pornográficos tenían que ver directamente con categorías como Mom, Step Mom, MILF, Teen y Step Sister, para darnos cuenta de que los miembros de la sociedad actual tienen una marcada tendencia a fantasear con relaciones domésticas o con cuerpos virginales cuyas características atienden más a las de una infante que a las de una mujer madura.
Incluso el hecho de que nadie se sorprenda del matrimonio de Edgar Allan Poe con su prima Virginia o de la relación que sostuvo Paul Gauguin y una niña de 13 años –a la que el pintor tomó como esposa cuando éste tenía 44, nos habla de cierta normalización o aún peor, que el renombre que la historia le ha dado a estos personajes, ha hecho que nos importen poco o casi nada las anécdotas como aquella en la que Neruda confiesa haber abusado de una joven.
Teniendo esta transgresión moral que poco a poco encuentra la manera de justificarse de las formas más extrañas, resulta imperioso que alguien se ocupe de reunirlos y criticarlos como un conjunto. Una tarea difícil, en efecto, pero pensando en que por sí solas las tortuosas relaciones antes citadas —además el parricidio y el abuso sexual hacia los hijos— no parecen tener tanto impacto.
Aunque suponen una especie de ficción, los cuentos del libro No aceptes caramelos de extraños de Andrea Jeftanovic son justo ese golpe de realidad que todo mundo necesita para entender que hay algo dentro de la sensibilidad moderna que parece haber regresado a los instintos primitivos que definieron al hombre en sus inicios.
«Reconozco que son temas difíciles y desagradables, pero pienso que el arte es un espacio interesante para la experimentación moral, si todo el tiempo estamos siendo bombardeados con noticias sobre estos temas, en el plano ficcional, porque no escribir de eso como una posible explicación […] Desde la tragedia griega se habla de esos temas».
—Andrea Jeftanovic para Revista Ñ
Tras ver la prohibición de No aceptes caramelos… en países como Alemania y Estados Unidos, queda claro que aún hay un poco de alarma alrededor de temas como la pedofilia o el incesto. Sin embargo, que una línea como «No sé en qué momento me comenzaron a interesar las nalgas de los niños» tenga más peso que el siguiente fragmento, es garantía de que algunos deberían revalorar urgentemente sus prioridades.
«Los noticieros mostraban cómo el poder judicial anunciaba sobreseídos al senador, al empresario, al cura. Todos pidiendo libertad provisional, dejando sus causas amparadas bajo la inercia estival. Todos apelando a su inocencia, a la confusión de sus gestos cariñosos. Porque el político defensor de los menores, el cura consagrado al cuidado de los niños y el empresario caritativo habían hecho tanto por los niños en riesgo social. Entonces cómo explicarse lo de los niños con los genitales desfigurados».
— “Árbol genealógico”, de Andrea Jeftanovic
Es precisamente “Árbol genealógico” uno de los cuentos que más alarma a los lectores por la naturaleza de sus argumento. Pensar que alguien es capaz de regresar sobre sí hacia la época en la que la única manera de preservar una especie o clan era apareándose con los miembros del mismo, no importando los lazos sanguíneos que los unieran. En otras palabras, el relato trata sobre una niña sosteniendo relaciones sexuales con su padre para crear un clan “alejado de las perversiones del mundo”.
«― ¿Qué significa esto?
― Nuestro clan. Nosotros estamos en la base.
Miré su nombre y el mío en la figura correspondiente. Después la escuché. Teresa me sermoneaba citando la Biblia, afirmando que en un principio de todo fue el incesto. La sociedad comienza en una pareja fundante que procrea y que para dar paso a la sociedad debe transgredirse. El padre o la madre, según sea hijo o hija, deberán dormir con su procreado y engendrar un nuevo hijo o hija. Es un gesto necesario para que nazca una nueva sociedad».
Como críticas, los cuentos que conforman el libro no reparan en los castigos que sus protagonistas podrían recibir tras haber pecado de una manera tan grave, simplemente sus vidas transcurren con la normalidad que implica su transgresión a las normas sociales. Esto posiblemente alerte a los lectores acerca de los problemas que, aunque se nieguen a verlo, continúan presentes ante nuestros ojos como una realidad que, en efecto, debería indignar aún más que una ficción escrita por alguien que trata de denunciar la todavía impune bestialidad humana.
