
Y cuando la puta me miró, implacable y fuerte a los ojos, lo comprendí
En medio de la exhalación y los gemidos fingidos, sus extraños y mórbidos ojos verdes aullaron de desespero, rasgando cada trozo de su alma y yo lo supe.
No pude soportarlo, yo encima de ella, rebelde en mi dicha.
Narciso del tiempo moderno,
Inescrutable en mis deseos.
Hacedor del mal por complacencia.
Me separé, la carne volvió a separarse,
La soledad de cada uno volvió a sentirse latente.
Sudoroso, con el peso en mis brazos, viendo el animal herido bajo mi cuerpo,
Fiera que envuelve en pena todas las alegrías nebulosas del pene.
Los pensamientos ya lejanos de aquellos días de mi infancia en que me advertían sobre los peligros
De hacer el amor con una prostituta
(“Hacer el amor”, eufemismo tan ignorante de aquel acto donde no queda rastro ni de la sombra de aquel desvanecido sentimiento)
Quedaban relegados a los cuartos oscuros del cerebro.
La pasión era incoherente, actos inconexos,
El deseo me empujaba hacia aquella preciosa dama tan martillada por la vida.
Y allí, en ese momento en que nos separamos, donde se mezcló cada una de nuestras tristezas,
En el pequeño espacio que quedaba de nuestras miradas,
Carcomidas por el infierno interno;
Tan distante, tan oculto, pero a la vez tan perceptible por la envoltura diáfana del alma,
Le pregunté:
¿eres feliz?
Cuestión ridícula en medio del sexo,
Donde la alegría no cabía.
Y las ganas de llorar, de caer en aquel mundano y estúpido acto, se sentían sin siquiera expresarlo en el artificio de las palabras.
“Termina y te respondo”, contestó, intentando por medio de sus uñas largas y rojas como la sangre, que yo volviera a tener la erección perdida por los pensamientos irreflexivos, entregados enteramente a la lujuria que yo ya no tenía en ese instante.
Pero como toro en una corrida, aunque no quisiera, me levanté y nuevamente penetré, fuerte, sin pensar en nada más que en el goce negro, hasta la cumbre del orgasmo, donde el hombre vuelve a ser un animal triste, despojado de energía, pero provisto de la certeza de que la vida es una futilidad y una desgracia.
Me separé, tumbado sobre la cama, pensando en la oración que afirma que nuestra pobre humanidad está agobiada y doliente.
Esperé sin vacilación pero obstinado la respuesta que con sequedad oí:
-No lo soy.
Comprendí, en aquella soledad inmensa, en aquel mar de pesadumbres,
Que ningún ser humano ha llegado a amar.
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Las pasiones llenan el cuerpo, la mente y cada poro de los seres, ese éxtasis también se puede sentir a través de las letras, por eso te compartimos algunos Poemas eróticos que harán temblar tus piernas.
