Texto escrito por: Victoria Roisman
“Llamamos a los pasajeros del vuelo 110 para que comiencen a embarcar, el vuelo saldrá dentro de unos minutos”. Las palabras de invitación a subir pronto al avión revoloteaban a mi alrededor, desesperadas, chocando unas contra otras como una bandada de pájaros hambrientos. Tal vez traían el aroma de un pasado certero, los anhelos aún inciertos; melodías de desconocidas, todo o nada. Yo, sin embargo, permanecía inmóvil.
Pensarme fuera de mi realidad reconfortante y dulce no hace más que despertar una incertidumbre nunca antes saboreada, como si de repente me encontrara sola envuelta en una multitud de personas que me impide moverme o saber siquiera dónde estoy parada. Pero, por alguna extraña razón, siento en mi interior que es aquí precisamente donde tengo que estar: necesito encontrarme en una habitación sin muros, en una escalera sin escalones, en una ruta sin dirección. Necesito sentir el silencio de mis pensamientos.
Alguna vez leí que el miedo y sus secuaces (dudas, carencias, enfermedades y muerte) se alimentan de una realidad que no existe: la dimensión conocida como futuro. Respiro; elijo elegir salir del miedo. Si elijo salir del camino frecuentado es porque también cuento con la valentía para afrontar lo que ese rumbo alterno me disponga a encontrar; a veces la única alternativa es lanzarnos a lo desconocido porque sabemos que allí yace un nuevo mundo de posibilidades. Además, la valentía no es la ausencia de miedos sino el coraje a conquistarlos.
Seguramente, lo que genera mi incertidumbre es no saber a dónde voy, por más que intente adivinar lo que el nuevo escenario dispone, no puedo especular acerca de esa nueva realidad.
Cuestionar la realidad en la que vivimos de alguna manera atenta contra uno mismo: perdemos el tan seguro sentido de lo que está bien, de lo que debería de hacerse. Todo lo que nos han recomendado, contado y mostrado ya no está escrito en piedra; entendemos que si estamos donde estamos, es porque beneficia a alguien más, fuera de nosotros. Las instituciones y las otras personas cuentan con que llevemos una vida ordenada y con gran disciplina para que permanezcamos cómodos, contenidos; silenciamos nuestra voz interior, que muchas veces ni siquiera conocemos.
Nos gusta lo que le gusta a la mayoría, vivimos historias repetidas; las reproducimos. Poner en tela de juicio esa cotidianeidad comienza con dos simples pasos: revisar, mirar hacia atrás, identificar en detenimiento los caminos a los que nos hemos acostumbrado, para después analizar por qué tomamos unos roles y dejamos otros.
Una vez que visualizamos nuestro recorrido, sólo falta el salto de fe: elegir producir uno nuevo, esta vez sin precedentes ni parámetros.
Permanezco en silencio en esa sala de abordaje, mientras poco a poco mi cuerpo comienza a articularse, como si durante unos minutos, el organismo hubiera necesitado resetearse. Cualquier comienzo necesita una reconfiguración completa. Aún en silencio y entre aquella multitud, entendí que había algo que sí estaba claro: Yo soy la que traza las coordenadas de ese nuevo lugar.
Al parecer llegó el día. Mi búsqueda consciente se estaba abriéndose ante mí; el primer paso del camino estaba empezando
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