-Traigan otro misil de cinco litros, pero de chela oscura cabrón…Esa es la última frase que recuerdo de la noche del sábado diez y seis de enero del 2010, festejaba mi vigésimo cumpleaños con bombo y platillo en un bar en la calle de Venustiano Carranza en el centro que, por cierto, después clausuraron por vender alcohol a menores.Salí con los que entonces eran mis mejores amigos: Mónica y César, me amaban y odiaban en la misma medida, esa era la diferencia, las demás personas sólo podían sentir una de las dos por mí y generalmente era la segunda.Amaban mi personalidad racional y mis consejos de abuela, pero odiaban mi amargura y falta de eso que llaman humanidad hacia los semejantes.Recuerdo como si no tuviera mucho tiempo de haber pasado el día en que Mónica susurró en medio de la cocina
– Vieja… mi mamá tiene cáncer y es un nivel muy alto -, respire hondo, cargué mi charola y conteste:
– Dale gracias a tu Dios.Terminó la larga jornada de doce horas de cargar charolas, soportar gente alzada, escupir unos cuantos platillos y disfrutar ese delicioso momento en que le dices al comensal más engreído: “Es una pena señor (o señorita, aunque no me conste) pero su tarjeta ha sido declinada, ¿tiene otra forma de pago?”
Encendí mi tradicional cigarrillo y la abracé, sentí sus lagrimones en mi camisa.
– Mona, a diferencia mía y de estos inútiles, tú ya sabes cuándo y cómo va a morir, disfrútala. La mía no está enferma pero eso no quiere decir que no se puede morir en cualquier momento; es lo único seguro que tenemos en la vida: la muerte – se limpio la nariz con una servilleta .
– Eres una cabrona, pero tienes razón, no se que haría sin alguien que me recordara ese tipo de detalles, pero por favor cumple tu palabra y nunca tengas hijos, pobres de ellos con una mujer como tú – se echó a reír mientras yo ponía los ojos en blanco.
– Lo prometo, jamás tendré hijos, esas son cursilerías como las bodas y los quince años, ya hay demasiados niños en el mundo.Para César yo era su mejor amigo y confidente, un varón más con el que podía hablar de todo y de todas.
-¿Será buena idea regresar con mi ex?
-¿Por qué? Porque te pintó el cuerno en una fiesta familiar con el amigo de tu primo, se puso muy ebria, vomitó en casa de tu familia y además según tú, no coge bien.
-Jajajajaja Sí, eso me encanta de ti. Eres todo un niño pero con memoria femenina, al carajo no regresaré con ella. Vamos a ver el partido en el billar, ¿verdad?
-Exacto ¿qué vamos apostar esta vez?Él nunca supo que en verdad me encantaba.Ella nunca supo que moría de envidia.Yo era un mal ser humano en toda la expresión de la palabra.
El sonido de las turbinas siempre me había parecido hermoso, pero ese día era detestable gracias a mi dolor de cabeza, la primera lección del día fue: ponte el chaleco para que no te aplaste un avión, ponte los tapones para que el ruido no te altere y camina por la línea amarilla, no importa hacia donde vayas.Aquel era un mundo de hombres -bien me lo había dicho mi padre- pero cuando él lo decía yo me imaginaba a hombres de su edad, sudorosos, bigotones, cansados e indeseables… estaba muy equivocada.
Estaba en eso cuando mi cuerpo se sintió extrañamente observado, voltee y me topé con sus enormes ojos verdes, una gorra roja, un chaleco naranja lleno de escudos de aviación y la afirmación:-Llevo todo el día esperándote y tratando de coincidir en los vuelos, eres la cara de tu papá en bonito- sonrió y sus pómulos se pusieron de un rojo manzana – bienvenida a bordo, princesa – y esa última palabra sonó diferente en sus labios.Dos de la tarde y mi mundo había cambiado, no podía pensar más que en sus ojos, recrear sus palabras y toda la escena mentalmente me provocaba placer, emoción, angustia y una enorme sonrisa que confirmaba mi más temido miedo: estaba enamorada.
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