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El artista que te hará descender a tus peores pesadillas

Por: Rodrigo Ayala Cárdenas 22 de septiembre de 2017

Fue médico antes de dedicarse a ser artista. Amoldaba cuerpos enfermos para devolverles la salud, analizaba la anatomía de un sujeto pero también su psique para hallar el epicentro de la enfermedad. Pensándolo bien, siempre fue un artista; estar de cerca con la muerte, ser testigo de enfermedades, padecimientos y sufrimientos llevaron a Olivier de Sagazan, nacido en el Congo en 1959, a explorar la parte más macabra de la muerte a través de pinturas y performances pero, sobre todo, a través de esculturas hechas en su mayor parte con arcilla. La fragilidad de este material es equiparable a la fragilidad que muestran sus personajes: seres en la antesala o ya en medio del Apocalipsis.

Cuando se observan los seres que conforman la plástica de Sagazan se transita a través de múltiples pensamientos y sensaciones: parecieran escapados de un laboratorio donde padecieron indescriptibles tormentos que les arrebataron sus condición humana para convertirlos en monstruos, en seres de una triste e infinita decadencia física y espiritual. Por otro lado, la sensación al verlos es de un intenso sufrimiento y la pérdida de toda esperanza inunda el corazón.

Adscrito a la plástica del horror que ya otros pintores y artistas como Goya, H. R. Giger o El Bosco habían explorado, Sagazan demuestra que la tendencia por lo oscuro, lo tétrico y lo grotesco son una especie de necesidad de los artistas, ya que es un sentimiento universal que persiste con el paso de los años. Sus pesadillas son las mismas que inquietan a las generaciones actuales: el dominio de la tecnología sobre el cuerpo y la mente, el miedo ante una posible devastación nuclear, la inquietud ante la pérdida de la personalidad y el sentimiento universal del temor a la muerte.

Este hombre pasó por oscuros periodos en que la falta de significado de su propia vida lo llevó a la búsqueda de un sentido de la misma: «Después de un año sufriendo de depresión, tuve un pensamiento que me salvó: sí, la vida no tiene sentido, pero voy a hacer de mi vida una búsqueda de significado. A partir de ese momento, transformé lo que me estaba causando tanta desesperación en una fuente de energía pura e independiente. La ansiedad por la vida se convirtió en una fuente infinita de posibilidades y algo para celebrar».

Olivier de Sagazan dice que «el arte se encuentra en el cuerpo de uno mismo». Eso lo ha llevado a crear un particular performance titulado Transfiguración, en el que el artista prueba sobre su propio cuerpo desnudo una transformación absoluta al momento de untarse arcilla, pintura, agua, tierra, ramas delgadas, pigmentos negros y rojos, entre otros materiales. Con ello experimenta una extraña simbiosis con la muerte, las pesadillas, los sueños rotos, la fragilidad del alma y el cuerpo al mismo tiempo.

De Sagazan provoca una profunda conmoción mediante este acto en el que muestra cómo el cuerpo es una entidad manejable que se encuentra a disposición no sólo del ciclo de la vida y la muerte sino de su mismo dueño. Con claras influencias del chamanismo o del arte tribal, el cuerpo se convierte en ese espacio en el que la experimentación permite probar los límites y las ideas más transgresoras para emitir un juicio acerca de la vida. En este caso, el artista radicado actualmente en Francia, desea demostrar que el horror invade la existencia en todos sus rincones y que el ser humano está a merced de él mediante sus acciones, sus ideas y sus pecados.

Por otro lado, hay algo de luminoso en sus intenciones que deja de lado esta faceta grotesca que inunda cada detalle de su obra: «En esencia mi trabajo es un himno a la vida, un intento de comprender lo que significa estar vivo… Estoy interesado en ver hasta qué punto la gente piensa que es normal, o incluso trivial, estar vivo», dice el artista.

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El arte de este hombre demuestra que el paso de la luz a la oscuridad y viceversa es un elemento rector de la existencia. Sabemos que los opuestos en el corazón de todo ser humano es una constante que se repite día con día: experimenta cómo la tristeza se combina con la alegría y ésta con una profunda angustia que después es capaz de convertirse en motivo de celebración.


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