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Paul Muguet, el artista de los objetos cotidianos que seducen con la mirada

12 de marzo de 2018

Melisa Arzate Amaro

Los materiales, para Paul Muguet, no limitan lo que de suyo tienen a la mera función constitutiva del arte, sino que poseen toda una dimensión poética.


Una vibrante luz neon atraviesa un lienzo cubierto por un patrón barroco en negativo. Es elegante y disruptivo. Cautiva al espectador al tiempo que lo reta a acercarse y averiguar si se trata de una tela adherida al lienzo, un esténcil o algún recurso tecnológico efectista. El ojo cercano queda, finalmente, cautivado por la trama y la urdimbre con un potente magnetismo visual y una sutil afectación y gravedad; lo que ve, irremediablemente lo conecta con la textura de algo que vio en el pasado, acaso en la niñez: un tapiz, una tela o una taza de cerámica, objetos afrancesados que migraron a la vida cotidiana de clases medias aspiracionales. Esa huella, por tanto, se conecta, con experiencias, memorias, olores, presencias, vivencias. Paul Muguet logra su objetivo. La pieza que sesudamente diseñó y disciplinadamente ejecutó, se convierte en un signo que apunta hacia el interior del espectador: el patrón que sedujo su mirada, lo guió hacia la memoria y la reflexión conceptual y emotiva. Seducción que conduce a la sensación y meditación semiótica. Paul convierte el arte en un signo de elegante belleza e incontenible poder de remisión, que detona una semiosis infinita y completa estéticamente un círculo hermenéutico perfecto. Se trata de piezas en el borde de lo conceptual, que jamás pierden la belleza en la factura sin por ello recaer en lo decorativo o superficial. Su cuidadoso diseño, en cambio, se convierte en una lazada envolvente donde la sensualidad del arte se “acepta y seduce al juicio estético con elegancia”, como afirma el artista.



En un sábado a mediodía, el solar que alberga el taller de Paul Muguet, habitado por un restirador, decenas de pinturas, rollos de distintas telas que se confunden entre sí, y huellas del arduo trabajo a piso, es casi abrumador por la luz y el calor. Él, sin embargo, no abandona la jornada y convierte cada objeto a su alrededor en un referente que devora, para transmutarlo en un signo con poderes referenciales y conceptuales incalculables. De los muros cuelgan lienzos con múltiples texturas, algunos más emparentados con el patrón cromático de los sarapes, pero también maderas convertidas en palabras con la pulcritud y brillantez de un auto último modelo, que obligan a pensar en el significado que tiene una palabra: la inmanencia del sentido que radica en el signo. Así es, una sola palabra como
Loss
que, pintada en un enlucido y centelleante negro azabache, con todo y su elegancia y belleza, es capaz de conectar con el duelo, el dolor, la pérdida y la propia muerte. El miedo al vacío. Es potente. Es brutal.


En otro muro, la mirada aguzada descubre la presencia de una palabra disfrazada de arte y una pieza artística disfrazada de soporte para aire acondicionado: se trata de lo que Paul llamó
Cajas de aire
(el propio título de la serie es poesía pura), donde la herrería “contiene” el significado de la palabra (siempre de naturaleza fugaz) y lo proyecta dinámica, pero efímeramente, hacia la sombra que baña el muro y revela la verdadera identidad del objeto estético mimetizado con lo cotidiano. Y es que es ahí, en la cotidianeidad, donde se esconden los significados y los procesos semióticos que dan sentido al arte: la vida queda atrapada en objetos inmutables (que Paul sublima en obras de arte) que, aleatoriamente, resguardan todas las memorias y referentes, de carácter invariablemente transitorio, pero que son la esencia de la vida.



Así, en la obra de Muguet el vacío es tan importante como el espacio matérico. No hay una profusión decorativa barroca ni una limpieza quirúrgica neominimalista, sino un equilibrio perfecto entre presencia y ausencia, forma y contenido, material y hueco. Las
Cajas de aire
contienen palabras y se divorcian de su función original como soportes de ventilación, para adquirir una nueva misión: la de contener significados “prestados” que no pertenecen a su mundo utilitario, pero se han mudado a él para a hacerle una seña al espectador y confrontarlo/cautivarlo. Algo similar ocurre en
Última cena sobre esta mesa
(2010) donde lo importante del objeto no es lo que posee o sostiene, sino lo que ha perdido en materia pero recupera en las sombras proyectadas y su contacto con el suelo. Otra vez, las sombras son la obra consecuente de Paul: trabaja con el objeto, para que el efecto radique en su proyección física y mental. Una más: en la
Serie Origen
(2012) las cucharas intervenidas en el asa, su huella y su ausencia, no sirven más para alimentar una boca, sino para ser metáfora del inicio de la vida, de la fecundación. Son cucharas, mesas y cajas subversivas, que renuncian a su fin inicial para elegir, en cambio, ser metáforas de algo más y potenciar su significado y, con ello, poner en crisis su propia denominación y esencia.


De herencia europeo-mexicana, formado en la tradición francesa e insaciablemente autodidacta, Paul Muguet comenzó a dibujar siendo niño. Siempre supo que la imagen era su pasión. Que con el dibujo lograba capturar aquello que lo fascinaba. En Europa, entró en contacto con trabajos como los de Gerhard Richter y, curiosamente, con la obra de Gabriel Orozco, revisada por la crítica europea; desde antes admiraba la intensidad de David Alfaro Siqueiros. Se sentía afín a las soluciones visuales del minimalismo y retomó mucho de éste. Sin embargo, en los distintos trabajos de Paul Muguet, la forma no se supedita al contenido para potenciar el significado, sino que funciona como un vehículo para la seducción: es el resultado formal lo que ejerce un poder de atracción sensorial para, entonces, dar paso al juicio epistemológico y la reflexión ontológica. Incluso en las obras más intelectuales como
Dead chair
(2012), donde la silla no abandona su esencia (desde el título) pero remite invariablemente a los entierros y osamentas paleolíticas, Paul obliga a replantearse la esencia de los objetos a partir de su función para así redefinir al lenguaje desde la dis-funcionalidad del objeto, versus su capacidad de mutar de esencia y transformarse en algo distinto: en arte.




Desde que conocí su obra hace más de diez años, Paul Muguet no ha cesado de buscar(se) y evolucionar, tanto la práctica plástica, como la problematización subyacente que le da gravedad y sentido. Los materiales, para Paul Muguet, no limitan lo que de suyo tienen a la mera función constitutiva del arte, sino que poseen toda una dimensión poética. Esa dimensión, empero, no se encuentra únicamente en la obra terminada, sino en el proceso mismo: muy a la manera de Joseph Beuys, Paul Muguet ve en el acto de vivir y por ende, de crear, una dimensión poética. El ser en el mundo es poesía. El azar (acaso como en el Fluxus) de la vida es creación artística, Es así como las telas que Paul pinta en la serie
Urdimbres
(2017)
,
se
conecta con otra denominada
Cells
(1999-2008): son “hilar cosas dispares sin saber cuál va a ser el resultado. Como en la vida. Lo que busco son objetos que hagan señas simbólicas sobre la vida”, comenta.  



Y así podría continuar, porque Paul Muguet ha producido tanta obra como se lo han exigido sus meditaciones sobre la vida, el lenguaje, el sentido y el arte. La yuxtaposición de búsquedas y tensión de sentidos, sin embargo, no proviene de inaccesibles reflexiones, sino de una intuición creativa que constantemente se plantea lo que implica ser en el mundo. Su presencia se diferencia en la escena nacional e internacional por la profundidad del planteamiento semiótico y por la puesta en tensión de los límites del arte, del lenguaje y de la concepción racional-social del mundo. No queda, entonces, más que dejarse cautivar por la elegancia de sus piezas tan
cutting edge,
escuchar sus cuestionamientos y rendirse ante su poderosa pero delicada afrenta discursiva.


***


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Raúl Anguiano, el 
pintor
 nacido en Guadalajara que retrató el verdadero rostro de esta nación.

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Melisa Arzate Amaro


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