
El origen de esta parte de su biografía es su propia descripción en Mi lucha. Habiendo abandonado la secundaria, Hitler intentó entrar dos veces en la Academia de Bellas Artes de Viena, en 1907 y 1908, pero ambas veces falló y aunque algunos de los profesores le recomendaron probar con la arquitectura, para acceder a tal escuela necesitaba terminar sus estudios académicos.
Pintada entre 1908 y 1913, esta obra por años estuvo en manos de una dueña anónima que lo heredó. Según un reportaje de El País, la obra llegó a su familia cuando su padre la adquirió por 75 céntimos de florín —es decir, menos que 50 centavos de dólar— sin saber que se trataba de una expresión artística plasmada por la mano de Hitler.
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Años después, la dueña decidió vender la obra, queriendo deshacerse del legado artístico de Hitler, que según los reportes le “quemaba en las manos”, no obstante, ninguna casa de subastas estaba interesada, por lo que decidió donarlo al Instituto Holandés para la Investigación de la Guerra, el Holocausto y el Genocidio. Ellos fueron los encargados de comprobar que se trataba de un Hitler original.
A pesar que tal Instituto es el actual dueño de la obra, ni siquiera ellos la quieren en su posesión, pues no tienen problemas en cederla a otro museo que realice algún tipo de exhibición en torno a la Segunda Guerra Mundial o cualquier tema relacionado; siempre y cuando, eso permita que se mantenga fuera de la subasta de objetos de índole nazi que a ojos del director del Instituto le resta valor como objeto histórico.
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