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7 pinturas de Edvard Munch que te acompañarán en tus momentos de tristeza y desesperación

14 de diciembre de 2017

Andrea Fischer

Las obras de Edvard Munch logran hacer que no te sientas tan solo en la tristeza...

"Mi mente es como un vaso de agua turbia. Estoy dejándolo asentarse para que se aclare nuevamente. Me pregunto qué pasará cuando las heces se estabilicen en el fondo".

Edvard Munch


Como pasa con muchas obras maestras de la Historia del Arte, El grito se ha trivializado. Está tan presente en el imaginario colectivo que muchas veces ni siquiera sabemos que lo hemos visto: pasa desapercibido como una imagen más, como otra pintura, como algo que se puede olvidar con facilidad, porque seguro volverá a aparecer de manera eventual; sin embargo, hay algo en la obra que atrapa: el personaje parece consumirse, como si intentara disolverse en el paisaje turbio que lo acompaña.


Mucho de esto tiene que ver con la tendencia de Edvard Munch por generar personajes desgarrados por la circunstancia, víctimas de la vida, que no pueden con la realidad que cargan consigo. Por esas crisis existenciales que alguna vez hemos atravesado, te compartimos siete obras de este artista que reflejan la angustia de estar vivo.



El grito (1893)



Esta pintura es un drama en sí: los colores se aplastan unos a otros, el pavimento parece quererse fundir con las montañas, el cielo amenaza con caerse a pedazos, como estalactitas de fuego. Todo esto no es fortuito: Edvard Munch es uno de los exponentes del impresionismo tardío, pero se tiende a decir que es uno de los precursores del expresionismo alemán del siglo XX. El hecho de que el personaje esté tan acongojado —o sorprendido— tiene que ver con esa fuerza expresiva que caracteriza a los artistas nórdicos: había una especie de pánico por el fin de su siglo y por las promesas tan fatales que las fricciones entre los países auguraban para los próximos años. Se trata, entonces, de un movimiento que no está de acuerdo con la realidad que enfrenta, y se manifiesta en contra de ésta distorsionándola en un afán de hacerla propia. 


Mujer mirando a través de la ventana (1893)



Así como Munch domina el momento pasional —casi catártico— de la experiencia humana, también logra desenvolverse bien en los momentos de recogimiento emocional. La paleta parece acallarse para permitir la entrada a la añoranza de alguien que se fue, de un corazón partido, de ilusiones vueltas polvo. Pareciera que la mujer en esta pintura se agarrara el pecho para que los suspiros no le saquen el alma, mientras sus lágrimas se vuelven parte del cuarto oscuro que la rodea. El dolor se sobreentiende: la posición del personaje —ligeramente encorvada sobre sí misma— representa muy bien una congoja adquirida, que promete quedarse por mucho tiempo.


Melancolía (1894-96)



Además de ser uno de los pioneros de este movimiento —ya de por sí turbulento en conflictos internos—, la vida de Munch estuvo siempre arrasada por la muerte. Su madre murió cuando él era todavía muy joven y la sucedió su hermana más cercana. Esta serie de golpes emocionales marcaron de por vida la obra del artista, que siempre tendió por personajes que parecen derretirse en lágrimas, cuando no se deshacen en gritos de angustia. En este caso, el personaje parece estar sumido en una meditación triste: no se encuentra en la desesperación apasionada del Romanticismo, sino que permite que la melancolía lo envuelva, como en un aura consoladora.


Cenizas (1895)



En esta obra se contraponen los dos extremos de la tristeza: en la mujer, la sorpresa desagradable del evento fatídico; en el hombre, la asimilación dolorosa de una realidad que no se quiere —pero se debe— aceptar. Es así como el artista genera, en una misma escena, el panorama más amplio del sentimiento: la reacción primera que se tiene al enfrentarse con el dolor —como un golpe—, y el paulatino desmoronamiento anímico que genera después, una vez que tiene que aceptarse.



Separación (1896)



En este caso, vemos la partida del ser amado. El personaje masculino se agarra el corazón —que parece habérsele salido del pecho— con una mano vigorosa en dolor. La figura femenina —casi fantasmagórica— parece haber tomado el primer paso para irse, y ya se difumina entre el cielo y la carretera, como en una promesa de no volver jamás, como un alma que no regresa. La escena captura muy bien ese momento después de la despedida, en el que una vez que se han dado la espalda, dos personas pierden la presencia de la otra para siempre con el corazón hecho ceniza.


Mujer en la playa (1896)



De nuevo Munch retoma la vastedad atemorizante del mar para generar un sentido de vacío en el espectador. La composición es, en su mayoría, azul, pero no se necesita más: es evidente que la tristeza de la mujer representada la ha consumido por completo, y es tan grande que se ha salido de sus límites humanos para tomar el paisaje que la rodea. Abrumada y sólida en su sentimiento, mira a la inmensidad de un horizonte sin luz, que parece apropiársela de manera lenta, como un túnel oscuro sin salida.


El beso (1897)



La paleta lo dice todo: la oscuridad del momento ha recubierto a los amantes que parecen despedirse, en un beso que logró que los rostros se hicieran uno. El abrazo en el que se contienen parece impedir que se caigan, derramados. Pareciera que el sentimiento los extralimita en volutas moradas, como moretones de un sentimiento que no pueden guardar para sí mismos, y que se les expande por todo el cuerpo, por toda la cara, por todo el momento. Pareciera que son una misma figura, preparándose para ser cortada, de tajo, en dos.



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Estas pinturas te enseñarán que la melancolía se cura sólo a través de la soledad.


TAGS: Arte moderno Historia del arte Expresionismo
REFERENCIAS: El expresionismo alemán Edvard Munch Most Famous Paintings 7 Things You Didn`t Know about Edvard Munch

Andrea Fischer


Colaboradora

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