Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña; o por lo menos eso pensó el artista francés
Casabianca hizo una reproducción para darla a conocer, para darle ese público que ya no tenía en el museo; cientos o incluso miles de transeúntes, de camino a casa, a clase, al trabajo o incluso al supermercado, pueden aunque sea de reojo, notar ahora su presencia, y con un poco más de suerte, conocerla, detallarla; apreciar el virtuosismo con que su creador la trajo al mundo; la dulzura de sus gestos, la belleza de sus ropajes y telas.
Ella fue el principio de un gran trabajo que busca rescatar esas joyas que han sido dejadas al olvido, que forman parte de ese acervo histórico reservado en las esquinas, llenas de polvo y del que sólo un par o tres aficionados las acompañan cada tanto. El artista buscó darles una nueva vida, la posibilidad de empezar de nuevo, y de sacarlas de su marco y aura de antigüedad que las envuelve, ambientándoles con ese fresco respiro que envuelve el arte callejero y que los jóvenes identifican por ser actos de rebeldía y euforia; por esa ilegalidad que atrae pero que desconcierta al no traer mensajes controversiales o políticos: es arte puro, arte por el arte, retratos de personajes que ya no existen o que nunca existieron, pero que son legado de una época anterior: que son parte de nuestra historia.
Fuente de las imágenes:
Bored Panda
