Imagine que es usted un artista. No sólo eso: es el más prestigioso de su país y se dedica a dirigir orquestas sinfónicas. Ahora bien, la providencia lo pone en un dilema: dirigirá una ópera para conmemorar el 150 aniversario de la unificación de la República y estará el Primer Ministro en el palco de honor, personaje muy cuestionado que recortó severamente el presupuesto de cultura. Luego del coro más célebre de esa ópera y de una buena ronda de aplausos, usted interrumpe el acto y se dirige a la audiencia. Ha decidido levantar la voz para decir que se da a la cultura un trato vergonzoso y que, de seguir así, el más grande patrimonio de su país quedaría destruido. Usted, señor mío, es Riccardo Muti. Y adivinó: esa dura reprimenda la dirigió a Silvio Berlusconi, al terminar el coro de los esclavos hebreos que añoran su patria “hermosa y perdida”.
Sigamos con este ejercicio imaginativo y aumentemos el nivel de dificultad: sigue usted en Italia, siendo director, pero se encuentra en los tiempos más oscuros que viviera su país en el siglo XX. Esta vez es obligado a interpretar una pieza proselitista, la preferida del Duce. Su primera reacción es marcharse del teatro y romper la batuta que tenía en sus manos. Es amenazado a tal punto que debe abandonar su país en exilio voluntario, pero su convicción y sus principios no estuvieron nunca condicionados por intimidación alguna: se marcha, pero la pieza no la interpreta. Más tarde, sería usted el director de orquesta más prestigioso en ambos lados del Atlántico. Ahora usted es Arturo Toscanini.
Sirvan estos episodios para reflexionar sobre la repulsiva relación entre el arte y la política, de dependencia cruel y, al mismo tiempo, contradictoria, porque sin el patrocinio de una, no existe el otro. Creo recordar que en Biología se le llama a eso parasitismo. Lo contradictorio es que el parásito, en esta ocasión no es el arte, sino la política que, cual rémora, se nutre de una expresión humana tan noble que no se agota nunca. De manera lamentable, la música y el cine han sido las expresiones preferidas por los círculos de poder. Por ser manifestaciones colectivas, atraen al tirano como la miel a las moscas. Y es que no hay mejor medio de propaganda.
El arte y la política podrían estar en un mismo vaso, pero el tiempo pondrá a flote al primero y convertirá en sedimento al segundo. Beethoven quiso mezclarlos y se dio cuenta muy pronto de la infeliz comunión cuando dedicó a Napoleón la sinfonía “Eroica”. No podía la música servir a un autócrata. Wagner sobrevivió el vulgar manoseo del tercer Reich, pero no sin lesiones. Hasta hace pocos años, su música no se podía interpretar en el estado de Israel. Después de la caída del fascismo, Toscanini regresó a Italia como un prócer y dicen que a Muti le arrojaban papelitos y le pedían que fuera nombrado senador vitalicio.
Si a esto le añadimos el caso de un alemán, el maestro Wilhem Furtwängler, que se involucró en un banda de nazis, a quienes nunca devolvió el saludo, además de manifestar su rechazo al partido y al gobierno. Tal como ocurrió con Toscanini, se plantó frente al tirano sabiendo muy bien qué se jugaba. Cierto es que Muti en la Ópera de Roma no corrió un riesgo similar; sin embargo, necesitó coraje.
Terminemos, entonces, con el ejercicio: imagine que usted, siendo Muti o Toscanini, hubiera permanecido al margen de todo lo que tiene alrededor. Decide no hablar en el primer caso y tocar aquella marcha en el segundo —a pesar suyo—. ¿Sería usted indiferente o cómplice? Apreciado lector, temo decirle que sería ambos, porque cuando la degradación y la barbarie llegan a ciertas costas, no importa hacia dónde voltee la mirada, será imposible no verla. La indiferencia o la tibia crítica es cómplice.
Estos personajes en cuyos zapatos usted se metió, no sólo rescataron a la música de la contaminación política, sino que preservaron su integridad personal. Lo que perdieron en privilegios lo ganaron en dignidad. Estoy seguro de que usted hubiera hecho lo mismo. De otro modo, la Historia, implacable y memoriosa, le hubiera pasado costosa factura.
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La música nos ayuda a canalizar muchas de las emociones que no sabemos cómo manejar, por eso aquí te decimos cómo.
