
Largas fueron las noches cuando mi mundo giraba conforme lo hacía el tuyo, te di mis mejores años y todo lo que tenía de mí. Te apoyé durante los días tristes y aquellas madrugadas de ansiedad y depresión que no te dejaban dormir, y aún así destrozaste mi corazón.
¿Recuerdas que estuve contigo cuando nadie más lo hacía? Cuando alejaste a todo el mundo por tu mal carácter y etapas depresivas, yo estuve ahí, haciendo todo por verte sonreír, limpiando tus lágrimas y tratando de entenderte, pensando que el mundo no se imaginaba la gran persona que eras y te juzgaban mal… siempre te justificaba.
Pero el límite llegó cuando estuviste bien y me diste la espalda, te olvidaste de todo el apoyo que te brindé, de cómo nos complementábamos tan bien y éramos uno solo frente al mundo. Me ridiculizaste con tal de quedar bien con los demás y pusiste por delante tu ego, en lugar de nosotros… de nuestra familia.
¿Qué se suponía que debía hacer yo? ¿Solaparte? En el momento que confesaste al mundo que en algún momento pensamos en abortar a nuestra primera hija, fue cuando me di cuenta que no te importaba nada más que tú y siempre tú. Y entonces, por eso decidí irme, por más que te amara y te admirara, no eras una buena persona en tu afán por ser un “Dios”.
¿Por qué no me dejas ir?
Tú no sabes lo difícil que fue la decisión de divorciarme de ti y cómo fue decirle a nuestros hijos que ya no estaríamos juntos, y es que no solo fueron tus indiscreciones sino muchas otras cosas que prefiero no recordar. De verdad, me heriste.
Mi afán nunca fue sustituirte ni encontrar consuelo en alguien más, lloré tantas noches pensando en ti porque de verdad te amaba y no me imaginaba la vida sin ti. Y tú todo lo que hacías era pasarme por delante a tus nuevas conquistas y decirle al mundo que si no era conmigo, podías estar con quien quisieras.
Qué vueltas da la vida, cuando me viste plena y feliz con alguien que me hace reír, se te ocurrió pedirme regresar. “Necesito que corras de vuelta a mí”, dijiste, como si yo fuera un objeto sin sentimientos, como si yo no te hubiera dicho tantas veces lo mucho que te amaba y que quería que no se terminara, como si yo no hubiera llorado tantos días por ti, encontrando una solución para no firmar los papeles del divorcio.
Después de decirle a todos lo mucho que me necesitabas, de estar al pendiente de mis movimientos y de la nueva vida que comencé sin ti, se te ocurrió una nueva gran idea… ¿Mudarte enfrente de mi casa fuera como fuera? Aunque tu pretexto es que así estarás más cerca de nuestros hijos, ¿a quién quieres mentir? ¿Qué quieres de mí?
Me enteré que pagaste más de lo que costaba esa casa con tal de quedarte con ella porque así estarías más cerca de mí y de nuestros hijos, pues ahora que nos ves perdidos y cada vez más cerca del divorcio definitivo, es cuando más nos amas… más me amas, ¿no crees que ya fuiste lo suficientemente egoísta conmigo para que otra vez quieras poner mi mundo de cabeza? No eres “Dios”, deja de creer en eso.

